|
-Cree usted que nos hemos olvidado de mirar en algún sitio? -le
preguntó Charmian a la señorita Marple.
-Me parece que ya lo han mirado todo, querida -dijo la solterona
moviendo la cabeza-. Tal vez si me permiten decirlo, han mirado
demasiado. Siempre he pensado que hay que tener un plan. Es como mi
amiga la señorita Eldritch, que tenía una doncella estupenda que
enceraba el linóleo a las mil maravillas, pero era tan concienzuda
que incluso enceró el suelo del cuarto de baño, y cuando la señora
Eldritch salía de la ducha, la alfombrita se escurrió bajo sus pies,
y tuvo tan mala caída que se rompió una pierna. Fue muy
desagradable, pues naturalmente la puerta del cuarto de baño estaba
cerrada y el jardinero tuvo que coger una escalera y entrar por la
ventana... con gran disgusto de la señora Eldritch, que era una
mujer muy pudorosa.
Eduardo
se removió, inquieto.
-Por favor, perdóneme -apresuró a decir la señorita Marple-. Siempre
tengo tendencia a salirme por la tangente. Pero es que una cosa me
recuerda otra, y algunas veces me resulta provechoso. Lo que quise
decir es que tal vez si intentáramos aguzar nuestro ingenio y pensar
en un lugar apropiado...
-Piénselo usted, señorita Marple -dijo Eduardo, contrariado-.
Charmian y yo tenemos el cerebro en blanco.
-Vamos,
vamos. Claro... es una dura prueba para ustedes. Si no les importa
voy a repasar bien estos papales. Es decir, si no hay nada
personal... no me gustaría que pensaran ustedes que me meto en lo
que no me importa.
-Oh,
puede hacerlo. Pero me temo que no va a encontrar nada.
Se sentó
a la mesa y metódicamente fue mirando el fajo de documentos... y
clasificándolos en varios montoncitos. Cuando hubo concluido se
quedó mirando al vacío durante varios minutos.
Eduardo
le preguntó, no sin cierta malicia:
-¿Y bien,
señorita Marple?
Miss
Marple se rehizo con un ligero sobresalto.
-Le ruego
me perdone. Estos documentos me han servido de gran ayuda.
-¿Ha
descubierto algo importante?
-¡Oh!,
no, nada de eso. Pero creo que ya sé qué clase de hombre era su tío
Mathew... bastante parecido a mi tío Enrique, que era muy aficionado
a las bromas. Un solterón sin duda... me pregunto por qué... ¿tal
vez a causa de un desengaño prematuro? Metódico hasta cierto punto,
pero poco amigo de sentirse atado..., como casi todos los
solterones.
A
espaldas de la señorita Marple, Charmian hizo un gesto a Eduardo que
significaba: «Está loca del todo.»
Miss
Marple seguía hablando de su difunto tío Enrique.
-Era muy
aficionado a las charadas -explicaba-. Para algunas personas las
charadas resultan muy difíciles y les molestan. Un mero juego de
palabras puede irritarles. También era un hombre receloso. Siempre
pensaba que los criados le robaban. Y algunas veces era verdad,
aunque no siempre. Se convirtió en su obsesión. Hacia el fin de su
vida pensó que envenenaban su comida, y se negó a comer otra cosa
que huevos pasados por agua. Decía que nadie podía alterar el
contenido de un huevo. Pobre tío Enrique, ¡era tan alegre en otros
tiempos! Le gustaba mucho tomar café después de cenar. Solía decir:
«Este café es muy negro», y con ello quería significar que deseaba
otra taza.
Eduardo pensó que si oía algo más sobre el tío Enrique se volvería
loco.
-Le gustaban mucho las personas jóvenes -proseguía la señorita
Marple-, pero se sentía inclinado a atormentarlos un poco... no sé
si me entenderán... Solía poner bolsas de caramelos donde los niños
no pudieran alcanzarlas.
Dejando los cumplidos a un lado, Charmian exclamó:
-¡Me parece horrible!
-¡Oh, no,
querida!, sólo era un viejo solterón, y no estaba acostumbrado a los
pequeños. Y la
|
|
UNA BROMA EXTRAÑA
(II Y FINAL)
Por
Agatha Christie:
verdad es que no era nada tonto. Acostumbraba a guardar mucho dinero
en la casa, y tenía un escondite seguro. Armaba mucho alboroto por
ello... diciendo lo bien escondido que estaba. Y por hablar
demasiado, una noche entraron los ladrones y abrieron un boquete en
el escondrijo.
-Le estuvo muy bien empleado -exclamó Eduardo.
-Pero no encontraron nada -replicó la señorita Marple-. La verdad es
que guardaba su dinero en otra parte... detrás de unos libros de
sermones, en la biblioteca. ¡Decía que nadie los sacaba nunca de
aquel estante!
-Oiga, es una idea -interrumpió Eduardo, excitado-. ¿Qué le parece
si miráramos en la biblioteca?
Charmian meneó la cabeza.
-¿Crees que no he pensado en eso? El martes pasado miré todos los
libros cuando tú fuiste a Portsmouth. Los saqué uno por uno y los
sacudí. Tampoco en la biblioteca hay nada.
Eduardo exhaló un suspiro. Levantándose de su asiento se dispuso a
deshacerse con tacto de su insoportable visitante.
-Ha sido usted muy amable al intentar ayudarnos. Siento que no haya
servido de nada. Comprendo que hemos abusado de su tiempo. No
obstante... sacaré el coche y podrá alcanzar el tren de las tres
treinta...
-¡Oh! -repuso la señorita Marple-, pero antes tenemos que encontrar
el dinero, ¿verdad? No debe darse por vencido, señor Rossiter. Si la
primera vez no tiene éxito, hay que intentarlo otra y otra, y otra
vez.
-¿Quiere decir que va a continuar intentándolo?
-Pues para hablar con exactitud -replicó la solterona- todavía no he
empezado. Primero se coge la liebre... como dice la señora Beeton en
su libro de cocina... un libro estupendo, pero terriblemente
imposible... la mayoría de sus recetas empiezan diciendo: «Se toma
una docena de huevos y una libra de mantequilla.» Déjeme pensar...,
¿por dónde iba? Oh, sí. Bien, ya tenemos, por así decirlo, nuestra
liebre, que es, naturalmente, el tío Mathew, y ahora sólo nos falta
decidir dónde podría haber escondido el dinero. Puede que sea bien
sencillo.
-¿Sencillo? -se extrañó Charmian.
-Oh, sí, querida. Estoy segura de que habrá utilizado el medio más
fácil. Un cajón secreto... ésa es mi solución.
Eduardo dijo con sequedad:
-No pueden guardarse muchos lingotes de oro en un cajoncito secreto.
-No, no, claro que no. Pero no hay razón para creer que el dinero
fuese convertido en oro.
|
|
-Él
siempre decía...
-¡Y mi tío Enrique siempre hablaba de su escondrijo! Por eso creo
firmemente que lo dijo para despistar. Los diamantes pueden
esconderse con facilidad en un cajón secreto.
-Pero ya lo hemos mirado todo. Hicimos venir a un técnico para que
examinase los muebles.
-¿De veras, querida? Hizo usted muy bien. Yo diría que el escritorio
de su tío es el lugar más apropiado. ¿Es aquél que está apoyado
contra la pared?
-Sí. Voy a enseñárselo.
Charmian se acercó al mueble y lo abrió. En su interior aparecieron
varios casilleros y cajoncitos. Luego, accionando una puertecita que
había en el centro, tocó un resorte situado en el interior del cajón
de la izquierda, El fondo de la caja del centro se adelantó y la
joven la sacó dejando un hueco descubierto. Estaba vacío.
-¿No es casualidad? -exclamó la señorita Marple-. Mi tío Enrique
tenía un escritorio igual que éste sólo que era de madera de nogal y
éste es de caoba.
-De todas maneras -dijo Charmian-, como puede usted ver, aquí no hay
nada.
-Me imagino -replicó la señorita Marple- que ese experto que
trajeron ustedes sería joven..., y no lo sabía todo. La gente era
muy mañosa para construir sus escondrijos en aquellos tiempos. A
veces hay un secreto dentro de otro secreto.
Y quitándose una horquilla de entre sus cuidados cabellos grises, la
enderezó y apretó con ella un punto de la caja secreta en el que
parecía haber un diminuto agujero tal vez producido por la carcoma,
y sin grandes dificultades sacó un cajón pequeñito. En él apareció
un fajo de cartas descoloridas y un papel doblado.
Eduardo y Charmian se apoderaron del hallazgo. Eduardo desplegó el
papel con dedos temblorosos, mas lo dejó caer con una exclamación de
disgusto.
-¡Una receta de cocina! ¡Jamón al horno! ¡Bah!
Charmian estaba desatando la cinta que sujetaba el fajo de cartas. Y
sacando una exclamó:
-¡Cartas de amor!
-¡Qué interesante! -exclamó la señorita Marple-. Tal vez nos
explique la razón de que no se casara su tío.
Charmian leyó:
«Mi querido Mathew, debo confesarte que el tiempo se me ha hecho muy
largo desde que recibí tu última carta. Trato de ocuparme en las
distintas tareas que me fueron encomendadas, y me digo a menudo lo
afortunada que soy al poder ver tantas partes del globo, aunque bien
poco pensaba, cuando me fui a América, que iba a viajar hasta estas
lejanas islas.»
Charmian hizo una pausa.
-¿Dónde está fechado esto? ¡Oh, en Hawai!
«Cielos, estos nativos están todavía muy lejos de ver la luz. Viven
semidesnudos y en un estado completamente salvaje; pasan la mayor
parte del tiempo nadando o bailando, y adornándose con guirnaldas de
flores. El señor Gray ha conseguido convertir a algunos, pero es una
tarea difícil y él y su esposa se sienten muy descorazonados. Yo
procuro hacer lo que puedo para animarlo, mas yo también me siento
triste a menudo por la razón que puedes adivinar, querido Mathew. La
ausencia es una dura prueba para un corazón enamorado. Tus renovadas
promesas de amor me causaron gran alegría. Ahora y siempre te
pertenecerá mi corazón, querido Mathew, y seré siempre tuya, betty
martin
P. D.: Dirijo mi carta a nuestra mutua amiga Matilde Graves, como de
costumbre. Espero que el Cielo perdone este subterfugio.»
Eduardo lanzó un silbido.
-¡Una misionera! Conque ése fue el amor de tío Mathew. Me pregunto
por qué no se casaron.
-Al parecer recorrió casi todo el mundo -dijo Charmian examinando
las misivas-. Mauricio... toda clase de sitios. Probablemente
moriría víctima de la fiebre amarilla o algo así.
|
|