EDITORIAL
Un horizonte
colectivo
La victoria, más que un simple
triunfo, es un estado del ser que implica libertad y reconciliación.
En un país como Colombia, fracturado por décadas de violencia,
desigualdad y corrupción, la victoria debe trascender las luchas
individuales y convertirse en un logro colectivo. Esta victoria no
se limita al fin de los conflictos armados, sino que reside en la
construcción de una sociedad que privilegie el respeto, la igualdad
y el cuidado mutuo.
La verdadera victoria comienza con la ciudadanía. Reconocer que la
diversidad étnica y cultural no es una carga, sino una riqueza que
nutre la libertad, es esencial. Cada ciudadano, al ejercer su
libertad con responsabilidad, se convierte en un constituyente
activo del cambio. Aquí, la autoridad no es un mecanismo de control,
sino un apoyo a la autodisciplina y la protección del bien común.
Sin embargo, alcanzar esta victoria requiere superar la corrupción
estructural que ha minado la confianza en las instituciones del
Estado. La impunidad, que beneficia tanto a los poderes públicos
como a los privados, debe ser erradicada. Para ello, es fundamental
un Plan Nacional de Desarrollo que priorice el bienestar y la
justicia social. Esto significa redistribuir equitativamente los
recursos naturales, proteger el ambiente y garantizar oportunidades
para todos los ciudadanos.
En este proceso, la reconciliación se presenta como un pilar
fundamental. El trato afectivo y la confianza en el vecindario no
son gestos menores; son actos revolucionarios en una sociedad
acostumbrada al desencuentro. Los festivales de ciencias y artes,
los espacios comunitarios y las acciones locales orientadas al buen
vivir son manifestaciones de una victoria que construye paz desde la
convivencia cotidiana.
La victoria es la abuela de todas las causas. Es un llamado a
transformar los errores en aprendizajes y a forjar un futuro en el
que el cambio deje de ser una promesa vacía y se convierta en una
realidad tangible. Colombia necesita una victoria que no solo ponga
fin a la guerra, sino que inaugure una era de justicia, dignidad y
esperanza para todos.
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Cada experiencia
es una aventura que se perdura

Por: Zahur Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Todos los días estamos expuestos a
situaciones que solo se viven en ese instante. Muchas veces
presentimos el futuro como algo vivido y lo ignoramos porque no le
ponemos atención a ese presentimiento que nos llega como algo
natural y desaparece igual como llega.
Desde la antigüedad siempre se han buscado explicaciones a esos
sentimientos y Freud escudriñó en el pasado y presente de las
personas y todo quedó como algo psíquico. Hoy la genética nos puede
explicar con mayor sabiduría lo que realmente nos está pasando y
transformar ese pasado en un futuro dentro de una realidad que ya se
puede palpar.
Nuestra experiencia tiene un valor que solo el que la ha vivido
puede darle el verdadero sentido de lo vivido y evitar a futuro
descalabros que los novatos viven. Nuestra experiencia social se
vuelve colectiva y esos recuerdos se van acumulando y van creando
una costra mental que se va refinando de generación a generación y
de repente sin el mayor esfuerzo como una sola unidad todos salen al
rescate del futuro social.
Los colombianos no son ajenos a su historia, y ella está ahí
cincelada de generación a generación y esas vivencias, aunque en
silencio van saliendo a debatirse frente aquellos que hacen caso
omiso a la historia nacional. Estos enfrentamientos son normales
porque cada uno está seguro de sí y lucha hasta el final hasta que
se demuestre lo contrario. El problema es que al estar atrapada la
sociedad ya no se puede hacer casi nada para salvar la situación.
Los viejos que maduraron bajo los signos de libertad, educados y
pensantes son más cautos en momentos cuando la juventud y los que
han vivido oprimidos se lanzan a la lucha para alcanzar todos esos
espacios que no han tenido y se les ha negado por todo tipo de
circunstancias. Históricamente se pueden ver ejemplos y estados
donde el proceso de crecimiento se detiene y dentro de ese estado
solo una minoría vive complacida por estar dentro del círculo de
gobierno.
La experiencia es la fuente del futuro y sin esa cadena no
estaríamos aquí como seres humanos o como un universo nacido de su
propia evolución.
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QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
El llamado del Jaguar
Martin von Hildebrand
Editado por Debate
Audio:
https://www.youtube.com/watch?v=uwZtrdTTN1k
Por estos días que se celebran los 100 años de la aparición
de La Vorágine y el país ha vuelto a mirar hacia la Amazonía, se ha publicado el
libro que durante más de 30 años esperaron antropólogos, historiadores y en
especial los indígenas de esa inmensa zona que va de Leticia a Mitú y desde La
Pedrera a Araracuara.
Se trata de las memorias del hombre que con más pasión estudió los
orígenes lingüísticos, espirituales y tradicionales de las tribus sobrevivientes
en aquellas espesas selvas: el profesor Hildebrand.
Basándose en la tradición oral primero de lo indios tanimukas y después
en las otras tribus que tenían contacto con ellos, hace una escanografía casi
que computarizada de las tragedias vividas por esas gentes, desde antes de la
Casa Arana y los caucheros, haciendo énfasis en la brutal equivocación que
tuvieron, en pleno siglo XX, la Iglesia y en especial los padres capuchinos
tratando de matarlos con sus tales internados para indígenas la cultura, las
leyendas, el espíritu de las malocas, el uso del mambeo, del yagé y de la
medicina animista con las cuales habían sobrevivido por siglos.
Las narraciones dramáticas de cómo los llaneros blancos salían de cacería
de los indios guahibos es igual de impactante que la del trato de los caucheros
que no cupieron en la inmortal novela de Jose Eustasio Rivera.
El libro entonces es un monumento continuo a la civilización de la yuca,
al calendario cultural ecológico que construyeron con el paso de los siglos,
pero en especial una reivindicación de la menospreciada cultura amazónica.
Son las memorias de quien comenzó como investigador en una canoa y llegó,
cuando Barco fue presidente, a dirección de la Oficina de los Asuntos Indígenas
del gobierno a hacer visible desde allí al resto del mundo, a través de la
Fundación Gaia que dirigió por tantos años, la imagen de unos pueblos
despreciados en sus tradiciones y comportamientos.
Leerlo sobrecoge y aunque se gasta tontamente mucho en el conteo de las
batallas libradas contra la burocracia castradora y contra los enemigos
politiqueros y mafiosos de la reivindicación indígena, termina siendo una joya
antropológica para el lector ávido o para la gran mayoría de incultos que han
desconocido ese mundo amazónico.
Es un libro que dignifica y mitifica a su autor y emociona a los
guerrilleros intelectuales bogotanos que menospreciaron toda la sapiencia
encerradas en las lejanas selvas que tributan desde Colombia al Amazonas.
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