EDITORIAL
Un cambio de
esquema
Colombia enfrenta un punto de
inflexión histórico en su modelo económico y social. Durante tres
décadas, el Estado Social de Derecho se subordinó a los intereses
corporativos, consolidando un modelo extractivista que privilegió la
ganancia privada sobre el bienestar colectivo. Este periodo dejó a
Colombia con una economía dependiente, desigual y con uno de los
índices de productividad más bajos del mundo.
El gobierno actual propone una transición hacia un Estado inversor
fuerte, una idea que promete transformar la relación entre lo
público y lo privado. Bajo este enfoque, el Estado busca asumir un
rol activo en la economía, promoviendo la inclusión de las economías
solidarias, populares y circulares. Este cambio no es menor: implica
desmantelar un esquema de privilegios para el sector privado que,
amparado en la confianza inversionista, ha dependido del erario
público mientras perpetúa desigualdades estructurales.
El Estado inversor tiene el
potencial de cerrar brechas, garantizar trabajo digno y promover
justicia social y ambiental. Pero este modelo enfrenta desafíos
importantes. Primero, la eliminación de beneficios a grandes
empresas privadas debe ir acompañada de una reestructuración
profunda que evite que las nuevas políticas terminen replicando las
prácticas de corrupción y despilfarro del pasado. Segundo, la
coordinación y efectividad de las políticas públicas será clave para
garantizar que la inversión estatal llegue a todos los municipios de
forma equitativa y sostenible.
La transición hacia este modelo también requiere un enfoque integral
que priorice la erradicación de la pobreza, la universalidad de
servicios esenciales como la salud y la educación, y la ordenación
del territorio basada en principios de sostenibilidad. No se trata
de un simple cambio administrativo, sino de una transformación
estructural que necesita del compromiso de todos los actores
económicos y sociales.
El éxito del Estado inversor dependerá de su capacidad para
equilibrar la autosuficiencia del sector privado con la inversión en
el bienestar colectivo. Si se implementa con transparencia y
eficiencia, este modelo puede convertirse en el motor de un
desarrollo más justo, sostenible y humano para Colombia.
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El yo-yo y el
cómo voy yo

Por: Zahur Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Los colombianos han desarrollado
una personalidad muy particular en el mundo del habla español que
donde llegan cuando hablan se distingue que son colombianos. Las
historias que se han tejido sobre ciertos personajes nacionales ha
dado para hacer más de un largometraje, cortometraje y documentales
que han informado a quienes los ven sobre la idiosincrasia lo que es
esta gran nación.
No se puede ocultar estos detalles
de una nación y ellos hacen que ella sobresalga sobre las demás y
entre en la lista de importantes a nivel mundial. Sin querer
queriendo, como decía el Chavo del 8, Colombia es una potencia
humana que está mal dirigida y que una minoría de oligarcas
pobretones la han controlado y no han podido avanzar en el concierto
de la prosperidad y el bienestar social.
Esa sociedad pobretona ha desarrollado una serie de eslogan que hace
que la base social que son todos sigan pensando que es correcto,
pero es más una distracción que lo que realmente debería ser.
El Yo-Yo prima porque desplaza al verbo nosotros y todos creen que
siendo individual van a prosperar y ser grandes en lo que hagan,
pero la realidad esto crea una envidia por ese individualismo y todo
lo que el otro pretenda hacer no lo dejan avanzar. Es normal que
alguien abra un negocio y sus más cercanos vengan a la inauguración,
y por allá entre ellos conversen y hagan cábalas de duración del
negocio. Es corriente que algunos pasen a ver si el negocio está
abierto aún.
Lo que debería ser es que todos alrededor del negocio acudan a él a
comprar y a que prospere y la economía local también se lleve su
parte.
Dentro del sistema gubernamental es otro flagelo. Las negociaciones
dependen de cómo voy yo. (CVY). La corrupción aquí es mayor porque
el mismo sistema gubernamental alimenta esta podredumbre. No la
detienen porque todos los políticos y empleados hacen parte de este
acto de corrupción. Se necesitan palancas para alcanzar cualquier
puesto y los políticos pagan sus favores con puestos o contratos que
al final pagan los electores con sus impuestos.
Aunque se haga lo que se quiera hacer no es posible desmontar este
sistema, porque está afincado por la presunción que es una
democracia, pero la democracia es la base de la corrupción porque si
no hay negociación entre quienes apoyan a los candidatos y los
contratistas no hay dinero para hacer la campaña y comprar los
votos.
Son tantas las anomalías que se presentan en un establecimiento
administrado por políticos que es imposible administrar bien
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los bienes ciudadanos. Porque a la vez ellos
no entienden que esos bienes son sociales y no de un partido o grupo político y
a su vez el pueblo es más ignorante que no sabe reconocer qué es lo de todos y
que se debe proteger.
EL SOLDADO TERRORISTA
Crónica 1031

Gustavo Alvarez Gardeazabal
Audio:
https://youtu.be/lA5rOtAECZc
Perdida en la bullaranga y la resaca de la noche de año nuevo, amanecimos
el 2025 con una noticia demasiado significativa, aunque sin permitirnos la
digestión.
Un negro norteamericano, apellidado Dim Jabbar, que había servido como
soldado en el ejército gringo durante más de trece años y que trabajaba en la
prestigiosa firma internacional Deloitte con un sueldo nada despreciable de 10
mil dólares mensuales por desempeñarse como analista senior de soluciones, era
el responsable del atropello con su camioneta de una multitud que celebraba en
las calles de Newe Orleans la llegada del año nuevo.
Al menos 14 muertos y casi un centenar de heridos. En el diario The New
York Times, asombrados, se dedicaron a investigar qué pudo haber convertido en
terrorista a un soldado.
En extenso pero admirable reportaje de un equipo coordinado por los
periodistas Callimachi, Sandoval y Medina desde Texas, se descubre que el
proceso de radicalización del soldado Jabbar no comenzó en Afganistán, donde
acudió en su calidad de sargento del US Army sino tal vez desde el momento en
que su padre se cambió el apellido Young por el de Jabbar y él fue uno de los
pocos hijos y nietos que se modificaron oficialmente el nombre.
Lo que no entienden es cómo pudo evolucionar hasta el yihadismo islámico
quien fuera estudiante de las universidades de Houston y de Georgia aunque
advierten que llevaba tres divorcios y la madre de dos de sus hijas había
conseguido una orden judicial de alejamiento para que el padre no las visitara.
Jabbar estaba endeudado, como tantos otros gringos, pero como nadie sabe
cuantos miles más, era un fanático convencido del islam y de los militantes de
Isis aunque no iba a ninguna de las mezquitas de su barrio donde vivió.
Difícil panorama para los norteamericanos acercándose al futuro en la
carroza del extremismo que empujan Trump de presidente, sus exsoldados
amargados, los bien pagados profesionales como los de Deloitte y hasta los
chirrinches del fentanilo, guiados todos por la brújula de la venganza.
El Porce, enero 11 de 2025 |