Las artes en la hora de la verdad

Por: Jotamario Arbeláez
Unos
libros, unos cuadros, unos discos, unos senos, ¿de qué más o qué
menos puede uno llenar el ámbito de su vida? Y si entre los libros
hay uno de Borges, entre los cuadros un Botero, entre los discos un
Beethoven y entre los senos una cucharita de plata. ¿a qué más puede
aspirar un poeta que nació negándolo todo y creció negando hasta su
nacimiento y morirá seguramente a la enemiga de su tiempo?
En la paz de su biblioteca, respirando el olor viejo y bueno de la
sabiduría, repasando con la mirada esos cuadros de los amigos y de
los grandes pintores que ponen en el alma una pátina de nostalgia,
escuchando tempestades sinfónicas, la mano sobre un seno de su
amante dormida, saca su balance el poeta de su aporte insignificante
a la sedición.
El poema con sangre entra y la palabra que no es arma es escudo que
no defiende.
Unas cuantas hojas amargas constituyen toda su obra. ¡Cuántas
rebeldías de papel se quedaron en el tintero! ¿Y qué puede pensarse
de aquel a quien si su pueblo le pide pan, le da un poema?
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Poner el pie de
plomo sobre la tierra blanda es consigna de combatientes.
Pero andar en
puntillas sobre el asfalto de la realidad, es divisa de sabios.
A la luz de la chimenea termina la vida rodeado de arte siendo más rica de
vivirse que a la sombra del sol de los insurgentes.
Y si el libro de Borges es la Historia universal de la infamia, el cuadro de
Botero el retrato de la persona que más amas, el disco de Beethoven es el triple
Cuarteto para cuerda Razumovsky, los senos los de una mujer que no tiene por qué
ocultarlos y hay algo qué poner en la cucharita de plata, entonces una rabiosa
felicidad asciende por su espina dorsal a manera de kundalini.
Pero a qué hablar de
felicidad en tiempos oscuros. Si mientras uno contempla la prodigiosa serenidad
de la obra de Omar Rayo y la precisión de su comba geometría una pesadilla
siniestra corre por los patios de los cuarteles pisándole los talones a la
inocencia.
Si un cóndor de Obregón hace nido en la sala de esa otra ave de rapiña que es el
águila.
Si los que buscan que esto cambie no tienen tiempo para otro arte que el de
calibrar sus artefactos marciales.
Entonces toca cerrar el libro de Borges, descolgar el Botero, apagar la sinfonía
de Beethoven, descariciar esos senos y convertir en una bala de plata la
cucharita.
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Porque el arte debe volver por sus fueros de peligroso, de
demencial y convusivo para marchar hombro con hombro con las miras del
combatiente, un arte que sin caer en el foso sin fin de la onviedad en la
denunci o la propaganda pinte con los colores de la vida el desgarramiento
visceral de la época.
En medio del silencio beethoveniano suenen unos disparos al oeste
de la casa.
Cinco minutos más tarde comienza a escucharse en una rápida sucesión el ulular
de las ambulancias heridas, las sirenas de las patrullas, el campaneo ardiente
de los bomberos, las rechiflas agudas de los estudiantes, el cotorreo gangoso de
los megáfonos, el cuerpo a tierra de la tropa, el tropel de los transeúntes, el
tráfico encabritado del parque automotor, y una piensa que la realidad es a
veces digno sustituto de la música de Beethoven.
Llegan los vespertinos y el poeta lee del operativo.
Y pasa las páginas absorbiendo una información que lo deja más estupefacto que
el azaroso texto de Borges, del mismo Kafka.
Y sale a ver qué pasa en el vecindario y ve ondear un pendón en la ventana que
proporciona el emocionante estremecimiento de algunos cuadros de Botero, o de
Cuevas, o mejor aun de Pedro Alcántara.
Y al caer de la medianoche, la ciudad patrullada, el área sitiada, de regreso a
los senos amados, con un “gramófono” sobre la Historia del Arte, no le queda más
remedio al poeta que desvelarse de propósito haciendo estas consideraciones, y
atusarse el bigote.
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