Fundado el 9 julio de 1948 -

Por Rafael Cano Giraldo -1948-1981

Publisher: Zahur Klemath Zapata - 1981 –

 

 

 

Las opiniones expresadas por los columnista son de su exclusiva responsabilidad y no comprometen el pensamiento de El Imparcial

 
 

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EDITORIAL

 

Pereira, Colombia - Edición: 13.418-998

Fecha: Domingo 16-02-2025

 

EDITORIAL

 

Una nación que vive de milagros

 

Colombia es un país que desafía la lógica. En nuestras calles, el ritmo de la cumbia y el vallenato se mezcla con un telón de fondo de incertidumbre. Es como si, por un milagro, existiéramos en un frágil equilibrio entre la fiesta y el abismo. Sin embargo, esa celebración constante esconde una realidad que duele: un pueblo acostumbrado a la corrupción, que lo toma como una parte inevitable de la vida.

La corrupción no es un secreto, es una enfermedad que todos conocemos y aceptamos con resignación. De tanto verla, hemos desarrollado una especie de inmunidad emocional. Nos movemos por la vida con la esperanza de que la próxima gran crisis no nos toque de cerca. Y en este perpetuo estado de espera, nuestra capacidad de reacción se ha erosionado. Cuando la catástrofe llega, ya no nos queda fuerza para indignarnos. Simplemente, la aceptamos como parte del paisaje.

Lo más preocupante es cómo esta enfermedad ha contagiado a las nuevas generaciones. Los jóvenes, que deberían ser el motor de cambio, parecen cada vez más convencidos de que luchar por un futuro mejor en un país tan corroído es un esfuerzo inútil. Han visto a sus mayores batallar sin éxito, y ahora, inmersos en un ciclo de conformismo, prefieren refugiarse en la apatía. Esta resignación es una de las manifestaciones más tristes de nuestra "enfermedad colombiana".

Pero, a pesar de todo, Colombia sigue avanzando, aunque sea por milagros. Obras de infraestructura, avances culturales y éxitos deportivos surgen entre el caos, casi como si fueran bendiciones inesperadas. Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos esperando un milagro? ¿Por qué no podemos construir un país que funcione sin la necesidad de intervenciones divinas? La respuesta parece simple: no hemos conocido otra forma de hacerlo. Nuestros líderes, desconectados de la realidad del ciudadano común, ofrecen soluciones que suenan románticas pero están vacías de empatía y comprensión.

Estas propuestas exigen sacrificios desproporcionados de quienes ya viven al límite, luchando por sobrevivir con salarios precarios. Así, el país permanece atrapado en un ciclo de promesas incumplidas y esfuerzos que nunca llegan a rendir frutos tangibles.

Entonces, ¿qué nos queda? Nos queda, quizás, un último atisbo de esperanza: la posibilidad de que, al reconocernos como parte activa de este sistema corrupto, encontremos la fuerza para romper el ciclo. Pero, si seguimos esperando un milagro sin movernos, seguiremos bailando al borde del abismo, sin saber qué nos espera en el próximo compás.

 

 

¿A dónde van nuestros impuestos?

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Esta práctica milenaria que han impuesto los soberanos a sus súbditos y hoy en día el Estrado que va de la mano de los políticos, nos comprime y nos hace vomitar nuestras viseras para que el establecimiento sobreviva.

 

En el mundo primitivo siempre ha sido normal esta práctica gubernamental. Y para todos es lógico que esto se haga sin ningún cuestionamiento y sin un raciocinio sobre dónde irán esos dineros que recibe el Estado.

 

Las sociedades han evolucionado genéticamente y lo que antes era una práctica normal hoy es un hecho cuestionable, porque esos dineros salen del esfuerzo de millones de seres que trabajan y pagan impuestos y no reciben nada a cambio.

 

Nuestra sociedad se siente acorralada por la cascada de impuestos que le vienen imponiendo en nuestros días los políticos al pueblo. Esto hace que el crimen aumente y la corrupción se afinque en las instituciones de Estado y esta simbiosis impida que las ciudades crezcan saludables.

Los impuestos que recibe el Estado diariamente, son fortunas que desaparecen sin que nadie se entere a dónde fue a parar esas contribuciones. De ese erario sólo una mínima parte llega a los sitios que realmente deberían recibir esos dineros.

La ignorancia del pueblo es la base para que crezcan estas situaciones y nunca ellos reciban lo que les pertenece y por lo que han pagado.

La salud pública es una de las infraestructuras donde deben ir esas contribuciones, pero solo llega gota a gota unos dineros para que sobrevivan y la gente gravite como si ellos fueran los culpables de lo que está pasando. Si la salud falla, el sistema se desploma y eso es lo que está pasando cuando se desvían lo recaudado.

La medicina privada es uno de los más grandes negocios porque ella vive de millones de pacientes que pagan de sus bolsillos los costos de la atención médica. A su vez  hacen simbiosis con las aseguradoras para que todo funcione en beneficio de ellos y no de los pacientes.

 

Es una obligación del establecimiento velar por la salud del pueblo, porque ese pueblo es el que sostiene el establecimiento y mantiene la economía en movimiento. El pueblo paga para que todos los servicios básicos sean cubiertos con el pago de sus impuestos y no para sostener una burocracia del Estado que le paga a miles de empleados con sueldos como prestación por haber apoyado al candidato en la campaña electoral.

 

Si la sociedad tuviera un mayor conocimiento de cómo funciona la economía de un país y estuviera atenta del movimiento de esos dineros, no pasaría tantas necesidades en el transcurso de su vida. Porque los políticos ya no serían políticos corruptos sino  servidores públicos que se acogen a las leyes que

 

 

 

rigen una comunidad.

 

La gran mayoría de los países están como están, es porque los ciudadanos creen por acto de fe lo que dice un individuo en campaña y no porque realmente conocen la economía de su territorio.

 

Estudia bien al candidato, que ha hecho y en que ha triunfado, Ahí tienes la respuesta de lo que será el futuro.

 

QUÉ LEE GARDEAZÁBAL
 


Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Nexus
De Harari
Editada por Debate


Audio: https://www.youtube.com/watch?v=9JZHbf5Re4w


Leer este libro abruma hasta los tuétanos. Respira pesimismo por todas partes aunque a veces, en su cascada de terrores, plantea algunas soluciones casi todas inverosímiles.

Es el compendio de un sabio en 471 páginas de texto (y 173 de notas bibliográficas) pero en un lenguaje muy lejano del fácil y agradable de sus otros libros bestseller como Sapiens y Homodeus.

Tal vez es un libro que hay que leer y hasta releer muchos pedazos para poder entender a donde se está precipitando el mundo con la dictadura de los computadores, los algoritmos y la IA, que él llama Inteligencia Ajena.

Es la historia de la comunicación desde el punto de vista crítico, no del que tiene el otro libro de moda que pretende quizás lo mismo, (El paréntesis de Gutenberg) de Jarvis, que explica la historia del impreso desde los comienzos de la imprenta hasta la asustadora IA.

Harari plantea muchas revisiones acertadas del pasado y cuenta con lentitud como el odio lo siembran los algoritmos, como se abre paso la carrera por las puntuaciones sociales manejadas por ellos y como estamos muy cerca de la creación de mitologías intercomputacionales, que serán mucho más complejas y ajenas que cualquier dios de creación humana.

Advierte, eso sí, que los beneficios de esa red que se está construyendo aceleradamente pueden ser enormes, pero que también podrían acabar con la civilización humana.

El peligro, lo explica un poco enmarañado, es que los computadores y los algoritmos pueden reconocer emociones humanas mejor que los propios humanos, precisamente porque no tienen emociones. Tiene ejemplos abofeteadores como el del carro sin chofer que mata a un transeúnte por no matar un gato o el de considerar que si tres años de altas tasas de desempleo pudieron llevar a Hitler al poder, es inimaginable hasta dónde puede llegar el desorden mundial con la crisis interminable del desempleo laboral que los algoritmos y la IA decretarán inevitablemente.

Es un libro cargado de las comparaciones históricas del profesor de historia de Cambridge que es Harari, pero es tan pesimista en su proyección futurista que lo más barato que nos garantiza es la anarquía digital o la resurrección de la torre de Babel porque cada fabricante de ordenadores terminará hablando su propio idioma y el mundo estará dividido no por otra cortina de hierro, sino por una de silicio.

 

 

Director
Zahur Klemath Zapata

Gerente
Laurie Agront

Gerente Operativo
Alba Lucia Arenas V.


Editor

Felipe Castro

 

   

Diagramación
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Soporte Tecnológico
Aurooj Ali Khan

Nadeem Khan

Jawaad Malik

 

Colaboradores

Jotamario Arbeláez
Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

 
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Gongpa Rabsel Rinpoché

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Teresa Pardo

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