EDITORIAL
Futuros truncados
La juventud es un eco que se desvanece en el tiempo y
el espacio. Alguna vez, las calles y plazas eran el punto de
encuentro de quienes soñaban con cambiar el mundo. Hoy, esas voces
se han apagado o se han mudado a otros horizontes en busca de
oportunidades que, en su lugar de origen, se presentan como
espejismos inalcanzables.
El proceso de madurar en el sistema actual parece más
un laberinto sin salida que una transición natural. Durante años, se
nos ha enseñado que la vida adulta se construye sobre dos pilares:
la estabilidad económica y la propiedad. Sin embargo, la realidad
dista mucho de ese ideal. Para muchos, conseguir un empleo digno es
un desafío constante, y ni hablar de la posibilidad de acceder a una
vivienda propia. La emancipación se convierte en un privilegio y no
en un paso lógico del crecimiento personal.
Las cifras reflejan lo que ya se vive en las
conversaciones cotidianas: una generación atrapada en la
incertidumbre. Las tasas de desempleo juvenil continúan en niveles
alarmantes, y la edad de independencia económica y habitacional se
retrasa cada vez más. La juventud, en lugar de proyectar su futuro
con optimismo, enfrenta un presente que le niega oportunidades y le
impone sacrificios sin garantías.
Pero no es solo un problema económico. La reducción demográfica
juega en contra de quienes buscan hacer oír su voz. En un sistema
donde la representatividad se rige por el número, una generación con
menor peso poblacional se encuentra en desventaja estructural. Las
decisiones políticas y económicas siguen respondiendo a mayorías
envejecidas, dejando a los jóvenes fuera de los espacios donde se
decide el futuro que, irónicamente, más les afectará.
Ante este panorama, es inevitable preguntarse: ¿cómo recuperar el
espacio perdido? Tal vez la solución no radique en esperar a que las
reglas del juego cambien por sí solas, sino en forjar nuevos caminos
que permitan a la juventud tomar un rol activo en la transformación
social. La organización colectiva, la innovación y la redefinición
de prioridades pueden ser herramientas clave para reclamar el lugar
que les corresponde.
No se trata de nostalgia por lo que fue ni de resignación ante lo
que es. Se trata de exigir un presente que permita construir un
futuro. Un futuro en el que la juventud no sea un susurro en la
distancia, sino una voz fuerte y presente en cada rincón de la
sociedad.
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El poder de la
desigualdad en la sociedad moderna

Por: Zahur Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Nunca ha habido una sociedad que se precie de
igualitaria, libre y organizada, han sido sociedades jerárquicas que
siempre han manipulado al ser humano como algo que les pertenece.
Como un objeto, como una cosa. Solo ellos, los jerarcas, son los
dueños de la vida y la existencia de los individuos que gravitan en
su órbita. Esto les ha permitido gobernar a su libre albedrío hasta
el presente.
El pueblo no entiende el por qué al igual de aquellos que se precian
de cultos e informados. Sus vidas dependen de quien está empoderado
y él establece el destino de esa humanidad que vive a su alrededor.
Ser independiente y autónomo bajo estas circunstancias es casi
imposible porque quien ejerce el poder tiene a su alrededor un
ejército de esbirros que no poseen conciencia sobre su identidad y
viven como perros de brega a merced del gobernante.
Los que posiblemente tienen la capacidad de actuar y formarse como
sociedad independiente bajo reglas y leyes que les permitan vivir en
armonía no saben cómo organizarse para alcanzar ese estatus de
respeto frente a los enemigos de la autonomía.
Manipular a un ser humano que carece de evolución genética y que
está en la escala primaria con relación a la evolución en la que va
la humanidad, no es nada difícil. El miedo y las acciones violentas
son las herramientas de amaestramiento que usan quienes buscan
entronizarse en el poder y perpetuarse en él.
Estamos en una era donde la tecnología y el conocimiento gravitan a
nuestro alrededor y no permite entender la naturaleza de las cosas y
de quienes pretenden arrebatar los derechos de la libertad y la
autonomía del ser humano.
El problema radica en que existe una gran mayoría de seres humanos
incapaces de ser libres y autónomos y necesitan ser acaudillados por
personajes que ofrecen bienestar y estabilidad en un mundo
imaginario donde al final son ellos los que sostienen al gobernante
con sus diezmos.
Ser organizado y emparejarse con otros que tienen el mismo
entendimiento y objetivos, hace que se establezca una sociedad con
autonomía e independencia alejando del espacio social a estos
jerarcas que manipulan a otros que ven en ellos una salida fácil de
sus necesidades.
La sociedad no tiene conciencia individual ni de grupo si vive
dependiendo del presupuesto que da el establecimiento, ese
presupuesto se origina de los impuestos que ello recoge y reparten
una mínima parte para cubrir las necesidades básicas de esa sociedad
que los ha elegido. Por eso se apresuran a gastarlo y no generar un
superávit como lo haría una sociedad autónoma e independiente.
Frente a estos hechos nada se puede hacer, cuando una sociedad esta
entrenada y manipulada para que actúe bajo esos parámetros. El
centralismo es parte de esas
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jerarquías existentes que impiden el sano crecimiento de una
sociedad. El poder no debe de estar centrado en un individuo o grupo, El poder
debe ser una energía que abarca a toda una sociedad para moverse bajo sus
intereses individuales intercambiando lo que ella produce.
QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
ESTRICTAMENTE CONFIDENCIAL
De Eduardo Santos
Recopilado y comentado por Maryluz Vallejo Mejía
Editado por Intermedio
Audio:
https://www.youtube.com/watch?v=SvwqqoxtHkw
El mito del doctor Eduardo Santos se ha ido perdiendo con el paso de los años.
El que sus herederos hubiesen vendido El Tiempo, desde donde manejó 50 años a
Colombia, puede haber ayudado a esa desmemoria.
El cambio de valores de apreciación y comportamiento en Colombia como
consecuencia de la Revolución de los Traquetos, también. Pero sobre todo la
desaparición de la historia como pensum obligatorio de todos los colegios y
escuelas del país, hicieron el resto.
Para que no se olvide su nombre y su estela mitológica no se pierda en el
chismerío bogotano que la alimentaba, Maryluz Vallejo ha hecho un impecable y
muy aplaudible trabajo estudiando el archivo de la correspondencia que Eduardo
Santos mantuvo desde cuando estudiaba en Europa hasta cuando se retiró a su casa
de Chapinero a rumiar jubilado su poder y su gloria.
De la lectura que se hace de las pocas piezas escogidas, pero
fundamentalmente por los acertados comentarios que a las otras muchas cartas de
Santos emitidas en momentos importantes de su vida y de la vida nacional hace
Maryluz, se consigue un esbozo biográfico y político del personaje que hemos
olvidado.
En sus páginas, entonces, se verifica o nos recuerda que quien mandaba a
Colombia desde las páginas de El Tiempo era el esposo de Lorencita Villegas,
demasiado elegante para la Colombia de 1930 y que fue con ella que se paseó por
New York y por las capitales europeas gastándose con lujo y con placer la mucha
plata que el periódico le producía.
Pero no para allí esta escanografía del expresidente. El libro logra
comunicar al lector la magia de los silencios de Eduardo Santos o explicarnos la
simpleza de sus frases para resumir sapiencia y poder. Es un gran logro de la
doctora Vallejo Mejía podernos ayudar a repasar la historia que no se volvió a
enseñar pero de la que aprendimos tanto y muchos seguimos aplicando para
explicar las vacaslocas de los políticos y gobernantes de hoy.
Por supuesto no lo habría conseguido si ese personajón que fue el doctor
Santos, siempre a punto de la pausa, siempre lejos de la algarabía pueblerina,
pero nunca meloso ni populista con sus electores, no hubiese dejado la huella
escrita que este libro recorre.
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