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Somos
corruptos por aprobación del establecimiento

Por: Zahur Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
A comienzos del siglo pasado el
país se movía bajo un dinamismo que hoy ya no existe. A pesar de haber perdido
Panamá por la mala administración del establecimiento la sociedad siguió
creciendo económicamente.
El establecimiento es paquidérmico y por esta razón las cosas nunca salen bien.
La parte económica se mueve en diferentes parámetros a la gubernamental. El uno
produce y el otro consume y se endeuda. No hay la agilidad que se requiere para
que la gente dinámica pueda producir sin irse en contravía al sistema y
convertirse en un enemigo social. Este es el fenómeno más marcado en la historia
del país.
Las leyes comerciales y laborales impiden una mayor inversión, esto hace que la
corrupción este en todas partes siendo una cosa normal en el mundo de los
negocios. El mayor infractor y generador de desconfianza entre los ciudadanos es
el establecimiento porque criminaliza a través de leyes. Todos somos criminales
ante el Estado, ¿quién no ha eludido pagar
impuestos o el vendedor haberlo
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sobornado diciéndole que si le paga en efectivo y
no genera factura le rebaja los impuestos?
Esto es lo más corriente en la vida comercial.
Todos estamos untados de esta práctica hasta el presidente y toda la
plana mayor del establecimiento ha incurrido en este delito. Nadie
ha tomado en serio como evitar que esto pase. Si le pregunta a los
candidatos a la presidencia, les aseguro que ninguno tiene la
respuesta.
La dinámica comercial del país se mantiene interna y la corrupción
en los estrados gubernamentales. El pueblo hace lo que hacen los de
arriba. Los de abajo, los de estrato cero y uno sobreviven, pagan
impuestos por todo lo que consumen y no están enterados.
Las calles están más llenas de gente que las de New York, todos los
de abajo sobreviven en el rebusque otros invirtiendo en negocios que
solo ellos saben cómo funcionan. La empresa formal hace maravillas
para vivir pero logra ganar dividendos porque todo es un entramado
que hay que estar dentro de él para poder jugar en las grandes
ligas.
Quien salga de presidente, no tiene las herramientas para hacer el
cambio que se necesita. Podrá hacer que gobierne, pero en los
primeros cien días todos lo que lo apoyaron, exceptuando lo que
estén empleados en el sistema se lanzaran a gritar que el gobierno
de turno no está haciendo nada para que la nación salga adelante. |
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LA CADERONA
Crónica #1329

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Audio:
https://www.spreaker.com/episode/la-caderona-cronica-1329-de-gardeazabal--71207652
No se desde que edad he escuchado “La Caderona", el ritmo del
Pacífico, pero cada que lo oigo la relaciono inmediatamente en el recuerdo del
niño impresionado por el voluminoso trasero que tenían mi abuela María y su
hermana Rosita.
El paso de los años y mi estrecha relación con la mano de obra y la
cocina de los negros en un Tuluá, que se adelantó a la mezcla afro que
subsumiría años después a Cali, me puso también a menudo frente a mujeres negras
de crecidísimo nalgatorio.
Todavía me parece ver moverse como culo de elefante el rabo inmenso de
Pioquinta, mi queridísima negra que cocinaba un sancocho de pescado que ni
preparado por los ángeles.
Todavía no se valorar si cuando iba a casa de la hermana de mi abuela me
llenaba de satisfacción visual contemplar asombrado ese gigantesco trasero o si
lo que sentía al verla de perfil era un espanto igual al que me causaban algunas
de las películas de Drácula que nos pasaba en su mamotrético proyector Kodak de
16 milímetros que solo ella y sus hijos tenían en Tuluá.
Ganas infantiles de preguntarle por qué lo tenía tan grande nunca me
faltaron, pero como ella combinaba su queridura con una distancia respetuosa que
imponía a quien le dirigiera la palabra, tuve que esperar que la confianza con
mi abuela María creciera con la complicidad que terminé brindándole para
llevarla a ver salir las novias de los matrimonios prominentes y ayudarle a
echar el arroz que mi padre le regalaba.
En esas circunstancias le pregunté un día por la cadera excesiva de la
tia Rosita y con la alegría pícara que la desbordaba me dijo que tanto el de
ella como el de su hermana les servían como mesitas para tomar café.
Así eran de grandes sus sentaderos. En todas esas caderonas he estado
pensando por estos días viendo la bellísima cara de Paloma Valencia y atisbando
con mirada de niño travieso su perfil de cuerpo entero.
El Porce, abril 09 del 2026.

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El Veneno
Silencioso en el Corazón del Eje Cafetero
En las
pintorescas postales de Colombia, los municipios del Eje Cafetero suelen
aparecer como remansos de paz, envueltos en el aroma de los cafetales y la
amabilidad de su gente. Sin embargo, tras esa fachada de tranquilidad,
localidades como Chinchiná, Dosquebradas y Calarcá libran hoy una batalla
invisible pero devastadora. El microtráfico, ese veneno silencioso que se
infiltra en las esquinas de los barrios populares y los parques principales, ha
dejado de ser un problema marginal para convertirse en la mayor amenaza contra
el tejido social de nuestra región.
No estamos hablando simplemente de una cifra más en los boletines de policía;
hablamos de una transformación agresiva de la vida cotidiana. El consumo interno
y el control territorial por parte de redes locales de delincuencia están
robando la paz a las familias y, lo que es más grave, están reclutando la
esperanza de nuestros jóvenes. Mientras el país centra su atención en los
grandes cargamentos que salen hacia los puertos, estos municipios intermedios
sufren el impacto directo de un mercado minorista que se alimenta de la
vulnerabilidad y la falta de oportunidades.
La respuesta de las autoridades, aunque constante en capturas y operativos de
control, parece atacar solo las ramas de un árbol cuyas raíces son profundas y
complejas. No basta con derribar una "olla" si las condiciones de exclusión
social que la permitieron siguen intactas. El editorial de hoy en El Imparcial
invita a una reflexión profunda: la seguridad no puede ser solo una cuestión de
fuerza pública. Necesitamos una intervención integral que combine la
inteligencia policial con la inversión social agresiva.
Es imperativo que los gobiernos locales y departamentales entiendan que
Chinchiná o Calarcá no son solo puntos de paso. Son núcleos de vida que
requieren centros de rehabilitación reales, espacios culturales que compitan con
la oferta delictiva y una red de empleo que ofrezca una salida digna a quienes
hoy ven en el expendio su única opción. El microtráfico se nutre del abandono, y
solo la presencia activa del Estado y la solidaridad comunitaria podrán
recuperar los espacios que hoy le pertenecen al miedo. El futuro de nuestra
juventud en el Eje Cafetero no puede ser la resignación frente al consumo; es
hora de actuar con decisión antes de que el aroma a café sea desplazado por el
humo de la tragedia.
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The Silent
Poison in the Heart of the Coffee Axis
In the
picturesque postcards of Colombia, the municipalities of the Coffee Axis usually
appear as havens of peace, wrapped in the aroma of coffee plantations and the
kindness of their people. However, behind that facade of tranquility, towns like
Chinchiná, Dosquebradas, and Calarcá are today fighting an invisible but
devastating battle. Micro-trafficking, that silent poison that infiltrates the
corners of popular neighborhoods and main parks, has ceased to be a marginal
problem to become the greatest threat against the social fabric of our region.
We are not simply talking about another figure in police bulletins; we are
talking about an aggressive transformation of daily life. Internal consumption
and territorial control by local crime networks are stealing peace from families
and, more seriously, are recruiting the hope of our young people. While the
country focuses its attention on the large shipments leaving for the ports,
these intermediate municipalities suffer the direct impact of a retail market
that feeds on vulnerability and lack of opportunities.
The response from
the authorities, although constant in arrests and control operations, seems to
attack only the branches of a tree whose roots are deep and complex. It is not
enough to tear down a drug den if the conditions of social exclusion that
allowed it remain intact. Today's editorial in El Imparcial invites a deep
reflection: security cannot only be a matter of public force. We need a
comprehensive intervention that combines police intelligence with aggressive
social investment. It is essential to recognize that this is a systemic crisis.
It is imperative
that local and departmental governments understand that Chinchiná or Calarcá are
not just transit points. They are hubs of life that require real rehabilitation
centers, cultural spaces that compete with the criminal offer, and an employment
network that offers a dignified way out to those who today see drug distribution
as their only option. Micro-trafficking thrives on neglect, and only the active
presence of the State and community solidarity can recover the spaces that today
belong to fear. We must demand more than just tactical reports; we need a vision
that protects the human dignity of our citizens.
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Pulisher
Zahur Klemath Zapata
Director
Gongpa Rabsel Rinpoché
Gerente
Laurie Agront
Gerente Operativo
Alba Lucia Arenas V.
Editor
Janier Ándres Aristizábal Calle
Jefe de Redacción
Brahian Stiven Castaño Navales
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Consejeros
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Cecilia Caicedo Jurado
Soporte Tecnológico
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Colaboradores
Jotamario Arbeláez
Gustavo Álvarez Gardeazábal
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Guillermo Navarrete Hernández
Iván Pulido
Agustin Perozo
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