Pereira, Colombia - Edición: 13.795-1375

Fecha: Viernes 10-04-2026

 

 POLÍTICA Y ECONOMÍA GLOBAL

 

-15

 

El abismo de la hegemonía: ¿Estamos preparados para el fin del orden actual?

 

 

 

are caught in a mathematical trap: lowering interest rates invites inflation; keeping them high makes the debt unpayable. There is no painless way out.

Added to this financial landscape is a self-inflicted wound: deindustrialization. In an effort to maximize corporate profits, the United States sacrificed its productive capacity, moving its factories to latitudes with cheap labor. The result is a country that went from being the world’s workshop to its largest buyer, depending on the outside even for strategic supplies such as medicines and technology. This model created a circuit where dollars sent abroad returned in the form of loans to finance the American deficit. But this equilibrium depended on a premise that is now faltering: that the rest of the world wants to continue accumulating dollar debt indefinitely.

This is where de-dollarization comes into play. The dollar, which represented more than 70% of global reserves at the beginning of the century, barely reaches 58% today. It is not a conspiracy, but a rational reaction. Seeing how the reserves of sanctioned countries can be frozen by political decisions in Washington, many nations have opted to diversify their assets into gold or local currencies. If the dollar loses its reserve status, the United States will lose its ability to print money to cover its excesses, being forced to live within its real means, which would imply an adjustment of the standard of living of historical proportions.

Internally, the social fabric that should withstand these tensions is torn. Political polarization in the United States has reached levels reminiscent of the 19th century, blocking any possibility of coordinated structural reforms. A fragmented society, where one half perceives the other as an enemy, is incapable of facing shared sacrifices. Added to this is a silent demographic crisis: the aging of the population is driving the social security and healthcare systems toward insolvency. Retirement promises face the harsh reality of a shrinking workforce against a growing dependent population, with no political plan to resolve it.

 

Even the last bastion of American prosperity, its technological leadership, is under siege. Dominance in patents and scientific talent is no longer unquestionable, and trade sanctions, far from slowing down competitors, are accelerating their self-sufficiency. The educational system, the pillar of innovation, shows signs of fatigue, while other economic blocs secure control of the critical minerals of the future.

 

 

We are not predicting a sudden collapse tomorrow; great empires do not crumble overnight, but erode from within. History teaches us that Rome or the British Empire did not succumb primarily to external enemies, but to their own internal contradictions. Recognizing that we are at a crossroads is not pessimism; it is realism. The most likely scenario is not the end of the world, but a prolonged stagnation or a transition toward a much more complex multipolar order. The coming years will be decisive, and the capacity for individual and collective adaptation will be the only valuable tool. The question that remains for Colombia and the rest of the world is not whether change will come, but whether we are willing to see the signs before the shock is inevitable.

Por: Gongpa Rabsel Rinpoché
Subdirector de El Imparcial

 

El silencio en los pasillos de las grandes instituciones financieras suele ser más elocuente que sus comunicados de prensa. Durante décadas, el mundo se ha acostumbrado a una estabilidad aparente, sostenida por la omnipotencia del dólar y la capacidad de consumo inagotable de los Estados Unidos. Sin embargo, tras cincuenta años de observar el ascenso y la caída de sistemas —desde el colapso soviético hasta la crisis de 2008—, la realidad que emerge hoy no es la de una simple recesión cíclica. Estamos ante una fractura estructural, una convergencia de tensiones que sugiere que el sistema global, tal como lo conocemos, ha entrado en una fase de deterioro irreversible.

La gravedad de la situación actual no reside en un único evento fortuito, sino en la acumulación de capas de riesgo que se han gestado durante medio siglo. La primera de estas capas, y quizás la más asfixiante, es la deuda. Con una cifra que supera los 34 billones de dólares, la economía estadounidense se asemeja a una familia de clase media que, ganando cien mil dólares al año, arrastra una deuda de ochocientos mil en tarjetas de crédito, sin activos que la respalden y gastando sistemáticamente más de lo que ingresa. Lo alarmante no es solo el capital adeudado, sino el costo de mantenerlo: el pago de intereses anuales ya supera el billón de dólares, sobrepasando presupuestos críticos como el de defensa o educación. Estamos atrapados en una trampa matemática: bajar las tasas de interés invita a la inflación; mantenerlas altas hace que la deuda sea impagable. No hay una salida indolora.

 

 

A este panorama financiero se suma una herida autoinfligida: la desindustrialización. En un afán por maximizar beneficios corporativos, Estados Unidos sacrificó su capacidad productiva, trasladando sus fábricas a latitudes con mano de obra barata. El resultado es un país que pasó de ser el taller del mundo a ser su mayor comprador, dependiendo del exterior incluso para suministros estratégicos como medicamentos y tecnología. Este modelo creó un circuito donde los dólares enviados al extranjero regresaban en forma de préstamos para financiar el déficit estadounidense. Pero este equilibrio dependía de una premisa que hoy se tambalea: que el resto del mundo quiera seguir acumulando deuda en dólares indefinidamente.

 

Aquí es donde entra en juego la desdolarización. El dólar, que representaba más del 70% de las reservas globales a principios de siglo, hoy apenas roza el 58%. No es una conspiración, sino una reacción racional. Al ver cómo las reservas de países sancionados pueden ser congeladas por decisiones políticas en Washington, muchas naciones han optado por diversificar sus activos en oro o monedas locales. Si el dólar pierde su estatus de reserva, Estados Unidos perderá su capacidad de imprimir dinero para cubrir sus excesos, viéndose obligado a vivir dentro de sus medios reales, lo que implicaría un ajuste del nivel de vida de proporciones históricas.

 

Internamente, el tejido social que debería soportar estas tensiones está desgarrado. La polarización política en Estados Unidos ha alcanzado niveles que evocan el siglo XIX, bloqueando cualquier posibilidad de reformas estructurales coordinadas. Una sociedad fragmentada, donde una mitad percibe a la otra como un enemigo, es incapaz de enfrentar sacrificios compartidos.

 

 

A esto se añade una crisis demográfica silenciosa: el envejecimiento de la población está llevando al sistema de seguridad social y de salud hacia la insolvencia. Las promesas de jubilación se enfrentan a la cruda realidad de una fuerza laboral que disminuye frente a una población dependiente que crece, sin que exista un plan político para resolverlo.

Incluso el último bastión de la prosperidad estadounidense, su liderazgo tecnológico, está bajo asedio. El dominio en patentes y talento científico ya no es incuestionable, y las sanciones comerciales, lejos de frenar a los competidores, están acelerando su autosuficiencia. El sistema educativo, pilar de la innovación, muestra signos de fatiga, mientras otros bloques económicos aseguran el control de los minerales críticos del futuro.

No estamos prediciendo un colapso repentino para mañana; los grandes imperios no se derrumban de un día para otro, sino que se erosionan desde dentro. La historia nos enseña que Roma o el Imperio Británico no sucumbieron principalmente ante enemigos externos, sino ante sus propias contradicciones internas. Reconocer que estamos en una encrucijada no es pesimismo, es realismo. El escenario más probable no es el fin del mundo, sino un estancamiento prolongado o una transición hacia un orden multipolar mucho más complejo. Los próximos años serán determinantes, y la capacidad de adaptación individual y colectiva será la única herramienta valiosa. La pregunta que queda en el aire para Colombia y el resto del mundo no es si el cambio vendrá, sino si estamos dispuestos a ver las señales antes de que el choque sea inevitable.

 

The Abyss of Hegemony: Are We Prepared for the End of the Current Order?

 

The silence in the halls of major financial institutions is often more eloquent than their press releases. For decades, the world has grown accustomed to a superficial stability, sustained by the omnipotence of the dollar and the inexhaustible consumption capacity of the United States. However, after fifty years of observing the rise and fall of systems—from the Soviet collapse to the 2008 crisis—the reality emerging today is not that of a simple cyclical recession. We are facing a structural fracture, a convergence of tensions suggesting that the global system, as we know it, has entered a phase of irreversible deterioration.
 

The gravity of the current situation does not lie in a single fortuitous event, but in the accumulation of layers of risk that have been brewing for half a century. The first of these layers, and perhaps the most suffocating, is debt. With a figure exceeding $34 trillion, the U.S. economy resembles a middle-class family that, earning $100,000 a year, carries $800,000 in credit card debt, with no assets to back it up and systematically spending more than it earns. What is alarming is not just the principal owed, but the cost of maintaining it: annual interest payments already exceed $1 trillion, surpassing critical budgets such as defense or education. We

 

 

 

 

Submit

 

 © El Imparcial Editores S.A.S  |   Contacto 57 606 347 7079 

    © 1948-2009 - 2025 - El Imparcial - La idea y concepto de este periódico fue hecho en Online Periodical Format (OPF) que es un Copyright de ZahurK.

    Queda prohibido el uso de este formato e idea (OPF) sin previa autorización escrita de ZahurK