Pereira, Colombia - Edición: 13.808-1388

Fecha: Jueves 23-04-2026

 

 POLÍTICA Y ECONOMÍA GLOBAL

 

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El Fin de la Hegemonía: Cuando el Dólar Dejó de ser el Centro del Mundo

 

 

 

from Washington's guidelines is seen as economic heresy, ignoring that it is precisely this blind dependence that today exposes our economy to systemic vulnerability. The government understood that the world is no longer unipolar; the right, conversely, preferred to keep sinking with the ship of aggressive protectionism and Donald Trump's incendiary tariffs.

The crash of Wall Street is the final verdict on a management that turned economic diplomacy into a battlefield of egos. The use of the dollar as a political weapon—through sanctions, blockades, and tariff threats—eventually scared off even the closest allies. Europe, a traditional bastion of transatlantic influence, has begun to close ranks to protect its transactions, limiting its dependence on a system that has become unpredictable and "toxic." It is not a matter of ideology; it is pure survival: no one wants their financial stability to depend on the whim of a leader who uses global trade as dynamite.

 

 

Meanwhile, the BRICS bloc has moved from theory to practice. De-dollarization is no longer a slogan from international forums; it is a daily reality in the trade of oil, technology, and industry. The world has learned that depending on the greenback implies a strategic fragility they are no longer willing to assume. In this context, the insistence of Colombian conservative sectors on keeping us tied to the erratic policies of the United States is not only anachronistic but dangerous. The market does not vote, but it punishes, and it is doing so with a brutality that leaves big banks like JP Morgan on shaky ground.

 

The inflation exported by the United States, a result of its fractured supply chains and internal disorder, has eroded the credibility of its currency. When the dollar stops representing stability and becomes a risk factor, capital flees. Colombia finds itself at a historical crossroads. The government has mapped out a path of diversification and financial sovereignty, recognizing that the future is written in multiple currencies and under new rules of the game. The right, trapped in a nostalgia for subordination, continues to defend a model of hegemony that Trump himself, with his clumsy decisions, ended up raffling away. Financial leadership is no longer imposed by force; it is earned with trust, and today, that trust has evaporated among the rubble of Wall Street. As the global south seeks autonomy, Colombia must decide whether to be a protagonist in the new multipolar order or remain a mere spectator of a collapsing empire. The signs are clear, and history will judge those who chose to ignore them in favor of an obsolete loyalty.

Por: Gongpa Rabsel Rinpoché
Subdirector de El Imparcial

 

El panorama financiero global está sufriendo una metamorfosis que pocos se atrevieron a diagnosticar con la crudeza que hoy nos golpea. Durante décadas, el dólar estadounidense no fue solo una moneda; fue el eje gravitacional sobre el cual giraba la estabilidad de las naciones, el comercio de la energía y el ahorro de las familias. Sin embargo, ese monolito se está resquebrajando. Lo que hoy presenciamos en las pantallas de Wall Street, teñidas de un rojo persistente, no es un simple bache técnico o una corrección natural del mercado. Es el resultado de una demolición política ejecutada desde el corazón mismo de la potencia del norte, una implosión que ha forzado al mundo a buscar salvavidas en otros puertos.

En Colombia, este fenómeno ha desatado un choque de visiones que define el pulso del país. Mientras el gobierno nacional, con una lectura aguda y pragmática de la geopolítica actual, previó con antelación la inevitable pérdida de peso de la divisa estadounidense, los sectores de la derecha tradicional se aferraron a una narrativa de subordinación. Para estos últimos, cualquier distanciamiento de las directrices de Washington es visto como una herejía económica, ignorando que es precisamente esa dependencia ciega la que hoy expone a nuestra economía a una vulnerabilidad sistémica. El gobierno entendió que el mundo ya no es unipolar; la derecha, en cambio, prefería seguir hundiéndose con el barco del proteccionismo agresivo y los aranceles incendiarios de Donald Trump.

 

 

La caída de Wall Street es el veredicto final sobre una gestión que convirtió la diplomacia económica en un campo de batalla de egos. El uso del dólar como arma política —a través de sanciones, bloqueos y amenazas arancelarias— terminó por asustar incluso a los aliados más cercanos. Europa, tradicional bastión de la influencia transatlántica, ha comenzado a cerrar filas para proteger sus transacciones, limitando su dependencia de un sistema que se ha vuelto impredecible y "tóxico". No es una cuestión de ideología, es pura supervivencia: nadie quiere que su estabilidad financiera dependa del humor de un líder que usa el comercio global como dinamita.

 

Mientras tanto, el bloque de los BRICS ha pasado de la teoría a la práctica. La desdolarización ya no es un eslogan de foros internacionales; es una realidad cotidiana en el comercio de petróleo, tecnología e industria. El mundo ha aprendido que depender del billete verde implica una fragilidad estratégica que ya no están dispuestos a asumir. En este contexto, la insistencia de los sectores conservadores
 

 

colombianos en mantenernos atados a las políticas erráticas de Estados Unidos resulta no solo anacrónica, sino peligrosa. El mercado no vota, pero castiga, y lo está haciendo con una brutalidad que deja a los grandes bancos como JP Morgan en terrenos movedizos.

La inflación exportada por Estados Unidos, fruto de sus fracturadas cadenas de suministro y su desorden interno, ha erosionado la credibilidad de su moneda. Cuando el dólar deja de representar estabilidad para convertirse en un factor de riesgo, el capital huye. Colombia se encuentra en una encrucijada histórica. El gobierno ha trazado una ruta de diversificación y soberanía financiera, reconociendo que el futuro se escribe en múltiples monedas y bajo nuevas reglas de juego. La derecha, atrapada en una nostalgia de subordinación, sigue defendiendo un modelo de hegemonía que el propio Trump, con sus decisiones torpes, terminó por rifar. El liderazgo financiero ya no se impone por la fuerza; se gana con confianza, y hoy, esa confianza se ha evaporado entre los escombros de Wall Street.

 

The End of Hegemony: When the Dollar Ceased to be the World's Center

 

The global financial landscape is undergoing a metamorphosis that few dared to diagnose with the starkness hitting us today. For decades, the U.S. dollar was not just a currency; it was the gravitational axis upon which the stability of nations, energy trade, and family savings revolved. However, that monolith is cracking. What we witness today on Wall Street screens, tinged with a persistent red, is not a simple technical glitch or a natural market correction. It is the result of a political demolition executed from the very heart of the Northern power, an implosion that has forced the world to seek lifelines in other ports.

In Colombia, this phenomenon has sparked a clash of visions that defines the country's pulse. While the national government, with a sharp and pragmatic reading of current geopolitics, foresaw the inevitable loss of weight of the American currency, traditional right-wing sectors clung to a narrative of subordination. For the latter, any distancing

 

 

 

 

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