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Pereira, Colombia - Edición: 13.374-954 Fecha: Sábado 30-11-2024 |
COLUMNISTA |
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El beso en los labios
Por: Jotamario Arbeláez
El último beso me lo dieron ayer
Cuando era todavía niño, tímido e inexperto, entre los 11 y los 13, aún sin largarme los pantalones, se acostumbraba entre los vecinos del barrio de esas edades, por los tiempos de Navidad, apostar unos aguinaldos a lo que se llamaba El beso robado, consistente en sorprender a la chica, o ella a uno, en descuido, y chantarle en cualquier parte del rostro, comenzando por las orejas, los cachetes, la nariz o la propia boca, un beso en que se refregaban ansiosamente los labios. Casi siempre se hacían las ofendidas por el asalto y, malas perdedoras, después no regalaban nada. Pero así fui perdiendo la timidez y me fui preparando para lo que a todo hombre lo está esperando.
Me inicié de verdad en las prácticas del baboseo en las salas cinematográficas que en ese tiempo se llamaban teatros, en el San Nicolás, el Sucre, el Belalcázar, el Avenida y el Rialto que no tenía techo, en la chasqueante ciudad de Cali, mirando con la pareja, desde las últimas butacas de palco porque nadie mira para atrás en una película, cómo lo hacían los protagonistas y tratando de emularlos. Mis chupatrompas preferidos del celuloide eran Clark Gable, Víctor Mature, Humprey Bogard, Burt Lancaster, Tyron Power, y Tony Curtis, que era más bien mordelón.
Claro que primero había que mirar a la chica en la oscuridad, al amparo del oscilante chorro del proyector, y si ella al mismo tiempo miraba, era imperioso el choque labiodental. Primero suave, sola la pose de labio sobre labio, luego el refriegue, más adelante la apertura y la introducción de la lengua, el refregamiento bífido, el paseo por el cielo del paladar y un ligero roce de esmaltes. La mano al pecho, primero al seno izquierdo con la derecha, luego al derecho y, si el escote lo permitía, sacar uno tras otro el seno del brasier complaciente, acariciarlo suavemente con la palma de la mano y con el pulgar y el índice cada pezón antes de besarlo a su vez. Entretanto la mano al muslo que va subiendo lenta desde el borde de la rodilla para ver de terminar, si no había la protesta de la mano de ella poniendo el freno –lo que implicaba volver a empezar con más tacto–, hacia esa cálida franja que iba del borde de la media de seda hacia la boca de sombra de la entrepierna. Cuando se lograba llegar al encaje de los cucos que salvaguardaban la cuca, estaba la batalla ganada, dependiendo de la destreza de las yemas del pulgar y del corazón. Hablo de cuando las medias se sujetaban con un par de ligas, antes de la
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invención del
liguero, que todavía era permisivo, y de la más fatal para el masturbador
silencioso de la media pantalón que acabó con todo. Para evitar la atención
defensiva antes de la toma de posesión de la zona, que una vez alcanzada no
tenía pie atrás antes del momento culminante de la película, había que mantener
los besos continuos con desplazamientos de la lengua puntuda a la oreja hasta
casi alcanzar el tímpano y la parte lateral del cuello perfumado que en la
oscuridad es más sensitiva.
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amantes latinos en
lugares arrabaleros pero no frecuentados por hampones de categoría, que asistían
a lugares más cotizados. Y quienes sí sabían hacer respetar a las damas, así no
fueran las de su consumo particular. Los bailarines cancheros se entregaban a la
destreza de sus piruetas como la caída de la hoja y la tijereta, a la manera de
los actores mexicanos Resortes y Clavillazo, hasta poner a la audiencia de pie
celebrándolos con hurras y risotadas.
Diany se llamaba y
me llevaba diez años y al cine y al hospedaje. Me inicio saludándome con un
pico, o piquito, que era el contacto sin lengua, solo de labios proyectados
sobre otros de igual figura, pero no por ello menos alborotador. Y pasó al beso
mordelón, ya ad portas de la encamada, que fue su forma agresiva de tomar
posesión, pues lo dejaba a uno con el labio partido para que no se le ocurriera
besar a otra. Y de allí pasamos al beso francés donde, más que los labios, las
lenguas de los besucones interactúan. También me instruyo en el beso en la
oreja, que despierta zonas erógenas de todas partes del cuerpo, eriza,
petrifica, electriza.
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