EDITORIAL
El país de los enamorados
ciegos
En Colombia, el amor va más allá de
las relaciones personales; se convierte en un filtro a través del cual
percibimos nuestras instituciones, líderes y figuras de poder. Este amor casi
devocional nos lleva a idealizar, a ver virtudes donde hay errores y a
justificar conductas que, bajo un análisis objetivo, serían inaceptables.
Colombia es, en efecto, el país de los amantes ciegos, donde el apego irracional
a una figura política o a una ideología nubla la percepción crítica de sus
errores.
La idealización, ese acto de transformar a personas ordinarias en seres
infalibles, se convierte en una forma de fe, una fe que no depende de un ser
divino sino de un líder al que adjudicamos una perfección inexistente. Esta
devoción política se manifiesta cuando justificamos errores o defectos en
nuestros “ídolos” y nos convencemos de que cada acto, incluso los reprochables,
forma parte de un plan calculado. Al amarlos incondicionalmente, somos
indulgentes con sus fracasos y negligencias.
En el ámbito político, esta dinámica se convierte en el mejor aliado de quienes
buscan el poder. Un político amado puede errar sin temer las consecuencias, pues
cuenta con un escudo de seguidores que lo defenderán, minimizando o incluso
ignorando sus fallas. Así, la fe ciega de sus partidarios permite que los
líderes mantengan su posición sin afrontar la debida rendición de cuentas. Este
fenómeno no discrimina ideologías: tanto la derecha como la izquierda tienen
fieles incondicionales que, en lugar de analizar críticamente, justifican lo
injustificable.
Lo alarmante es que esta lógica nos encierra en un ciclo vicioso. En cada
elección, buscamos en un nuevo líder el salvador que nos rescatará de la crisis
creada por el anterior. Nos enamoramos de una solución que promete redimirnos
sin reconocer que es nuestra ceguera ante los errores de nuestros “amores” lo
que perpetúa los problemas. Necesitamos líderes y ciudadanos con la madurez de
cuestionar a quienes admiramos, de ver las imperfecciones en aquello que amamos
y, cuando sea necesario, de corregir el rumbo.
Si queremos romper este ciclo, debemos cultivar un amor crítico, uno que permita
ver el error y exigir soluciones, no excusas. Sólo así podremos construir un
país donde el amor no sea ceguera, sino un compromiso con un futuro mejor y más
justo.
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Los líderes solo velan por sus propios intereses

Por: Zahur Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Se ha tenido un buen concepto de los líderes, ellos como una fuerza
defensora de los intereses de la gran mayoría. Esto venía haciendo
parte de la historia de la humanidad como los personajes bíblicos y
sociales que defendían los intereses de los subyugados.
Todo esto funcionó muy bien en el pasado porque la sociedad no había
alcanzado el estatus que hoy tiene en su desarrollo intelectual. El
proceso ha sido lento para alcanzar
el individuo su propio reconocimiento y su equidad individual. En el
pasado era una masa que funcionaba bajo las necesidades de techo y
comida, quien ofrecía esto tenía a su merced vasallos que estarían
allí confortablemente sin importar el trato que se les diera. Eran
simplemente cosas que hacían parte del líder o patrón.
Hoy vivimos una era donde los niveles intelectuales permiten ser
independiente y, en
cierta medida, autónomos
y vivir bajo las reglas que
nos imponemos en nuestro propio entorno. El Estado es independiente, conformado
por otros personajes que ejercen su poder porque la sociedad se los
da y ellos se exceden pensando que son los amos de la cosa pública.
Aquí es donde nace la confusión entre el Estado y el individuo. Son
dos entidades que conviven en el mismo territorio, como
una simbiosis de partes que se necesitan para poder administrar el
territorio donde se regentan. El uno sin el otro no podría existir,
pero la parte que ejerce la administración se aprovecha en este caso
de la ignorancia de quienes los contratan y los avasallan como
mascotas de trabajo.
Un líder hoy es un elemento peligroso por el empoderamiento que él
se toma y ejerce frente a quienes lo han elegido. A su alrededor
crea un ejército protector que obliga a todos los estamentos civiles
y estatales a que funciones según su criterio y su psicopatía.
El temor al enfrentamiento, la
incapacidad de poder defenderse y la falta de poseer herramientas
que puedan combatir al agresor, en este caso el líder, prefieren
huir y perderlo todo antes que la vida. Hay un doble juego en que se
amparan estos personajes, la constitución. Normalmente ella está
elaborada como un tratado de derecho donde no permite que el pueblo
y sus legisladores puedan cambiar las leyes que van en contravía al
beneficio de la sociedad. Ella se ve acorralada e indefensa frente a
los criminales y la corrupción que el mismo Estado ha creado bajo
leyes represivas.
El líder o cabecilla siempre vela por sus intereses personales y sus
secuaces, sus negociaciones van enfocadas a sumar apoyo de donde
venga, con tal de poder
asumir el poder y luego
repartir el botín, este es el principio de la democracia. Y como tal
se ha visto porque no ha habido filósofos que esclarezcan estos
puntos.
Una
minoría social y que trabaja organizadamente está entendiendo que
los líderes
son los que se quedan
con la productividad de todos o destruyen lo que ya está elaborado y
que la gente viene disfrutando.
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Derechos Humanos y responsabilidad

Por:
Guillermo Navarrete Hernandez
La
responsabilidad es un vocablo que se suele utilizar para determinar el grado de
cumplimiento de un individuo u organización acerca de los compromisos, deberes,
obligaciones adquiridas y de garantizar la satisfacción de necesidades de
personas que hacen parte de su entorno. Su origen puede ser explícito por
relaciones contractuales o legales o implícito derivado de costumbres, valores o
principios. Implica asumir las consecuencias de los actos que se cometan, pero
también la capacidad de discernir sobre lo justo e injusto, de crear condiciones
de bienestar o de dañar al tomar decisiones. Es, en la práctica, una restricción
propia o impuesta por el entorno de la libertad.
Sócrates a partir de su máxima “es mejor sufrir una injusticia que cometerla”,
abre la polémica acerca de sí es mejor infligirse menoscabo, lo que de por sí es
una injusticia, o evitar el sufrimiento de otra persona. Este filósofo griego
que aceptó su muerte antes que renegar de sus ideas, representa la coherencia
frente a sus convicciones, tanto personales como de la solidez de las
instituciones democráticas helenas. Paradoja que valdría la pena plantearle a
políticos, dirigentes o personas en general que anteponen sus intereses
personales sobre los de sus congéneres, en especial cuando con dicha actitud
generan daño y sufrimiento.
Según Immanuel Kant, la responsabilidad, como imperativo ético, es una virtud
que poseen los seres humanos para acometer conductas que puedan ser aceptadas
por los demás integrantes de la sociedad. Posturas que se constituyen en la
posibilidad que tienen las personas de aceptar las reglas morales o legales por
injustas que parezcan.
Junto a la responsabilidad, está la culpa (de la que me ocuparé en otro
escrito), sentimiento de dolor que padece el ser mismo al percibir que este es
justo o merecido cuando comete una falta y que puede conducir al reconocimiento
de esta y su resarcimiento, pero que también puede afectar negativamente el
bienestar emocional de las personas. Responsabilidad y culpa han sido objeto de
desarrollos normativos desde tiempos inmemoriales, precisamente para garantizar
la libertad, la dignidad, la convivencia y la resolución de conflictos, aspectos
centrales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada en
1948, después de los atroces hechos acaecidos durante la Segunda Guerra Mundial
y de los juicios de Núremberg en contra de los dirigentes Nazis, perpetradores
de delitos contra la humanidad.
Deviene desde dicho ámbito, la responsabilidad estatal referida a la obligación
de respetar, proteger y promocionar los derechos humanos, lo que implica la
adopción de normas, políticas y medidas que garanticen su pleno goce, así como
su cumplimiento en todos los órdenes. Por eso, los procesos de divulgación y
formación en esta materia se convierten en determinantes, no solo para que
los servidores y contratistas y la población en general, apropien su
conocimiento y la
generación de conciencia sobre los deberes individuales y colectivos aplicados.
En términos de conflicto armado, la responsabilidad se extiende al respeto por
las normas del Derecho Internacional Humanitario y por ende a evitar la comisión
de delitos de lesa humanidad o crímenes de guerra tipificados por el Estatuto de
Roma adoptado en el año el 1998 y que para Colombia entró en vigor a partir del
1° de noviembre de 1992.
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