Fundado el 9 julio de 1948 -

Por Rafael Cano Giraldo -1948-1981

Publisher: Zahur Klemath Zapata - 1981 –

 

 

 

Las opiniones expresadas por los columnista son de su exclusiva responsabilidad y no comprometen el pensamiento de El Imparcial

 
 

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EDITORIAL

 

Pereira, Colombia - Edición: 13.394-974

Fecha: Domingo 05-01-2025

 

EDITORIAL

 

El país de los enamorados ciegos

 

En Colombia, el amor va más allá de las relaciones personales; se convierte en un filtro a través del cual percibimos nuestras instituciones, líderes y figuras de poder. Este amor casi devocional nos lleva a idealizar, a ver virtudes donde hay errores y a justificar conductas que, bajo un análisis objetivo, serían inaceptables. Colombia es, en efecto, el país de los amantes ciegos, donde el apego irracional a una figura política o a una ideología nubla la percepción crítica de sus errores.

La idealización, ese acto de transformar a personas ordinarias en seres infalibles, se convierte en una forma de fe, una fe que no depende de un ser divino sino de un líder al que adjudicamos una perfección inexistente. Esta devoción política se manifiesta cuando justificamos errores o defectos en nuestros “ídolos” y nos convencemos de que cada acto, incluso los reprochables, forma parte de un plan calculado. Al amarlos incondicionalmente, somos indulgentes con sus fracasos y negligencias.

En el ámbito político, esta dinámica se convierte en el mejor aliado de quienes buscan el poder. Un político amado puede errar sin temer las consecuencias, pues cuenta con un escudo de seguidores que lo defenderán, minimizando o incluso ignorando sus fallas. Así, la fe ciega de sus partidarios permite que los líderes mantengan su posición sin afrontar la debida rendición de cuentas. Este fenómeno no discrimina ideologías: tanto la derecha como la izquierda tienen fieles incondicionales que, en lugar de analizar críticamente, justifican lo injustificable.

Lo alarmante es que esta lógica nos encierra en un ciclo vicioso. En cada elección, buscamos en un nuevo líder el salvador que nos rescatará de la crisis creada por el anterior. Nos enamoramos de una solución que promete redimirnos sin reconocer que es nuestra ceguera ante los errores de nuestros “amores” lo que perpetúa los problemas. Necesitamos líderes y ciudadanos con la madurez de cuestionar a quienes admiramos, de ver las imperfecciones en aquello que amamos y, cuando sea necesario, de corregir el rumbo.

Si queremos romper este ciclo, debemos cultivar un amor crítico, uno que permita ver el error y exigir soluciones, no excusas. Sólo así podremos construir un país donde el amor no sea ceguera, sino un compromiso con un futuro mejor y más justo.

 

 

Los líderes solo velan por sus propios intereses

 

 

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Se ha tenido un buen concepto de los líderes, ellos como una fuerza defensora de los intereses de la gran mayoría. Esto venía haciendo parte de la historia de la humanidad como los personajes bíblicos y sociales que defendían los intereses de los subyugados.

Todo esto funcionó muy bien en el pasado porque la sociedad no había alcanzado el estatus que hoy tiene en su desarrollo intelectual. El proceso ha sido lento para alcanzar el individuo su propio reconocimiento y su equidad individual. En el pasado era una masa que funcionaba bajo las necesidades de techo y comida, quien ofrecía esto tenía a su merced vasallos que estarían allí confortablemente sin importar el trato que se les diera. Eran simplemente cosas que hacían parte del líder o patrón.

Hoy vivimos una era donde los niveles intelectuales permiten ser independiente y, en cierta medida, autónomos y vivir bajo las reglas que nos imponemos en nuestro propio entorno. El Estado es independiente, conformado por otros personajes que ejercen su poder porque la sociedad se los da y ellos se exceden pensando que son los amos de la cosa pública.

Aquí es donde nace la confusión entre el Estado y el individuo. Son dos entidades que conviven en el mismo territorio, como una simbiosis de partes que se necesitan para poder administrar el territorio donde se regentan. El uno sin el otro no podría existir, pero la parte que ejerce la administración se aprovecha en este caso de la ignorancia de quienes los contratan y los avasallan como mascotas de trabajo.

Un líder hoy es un elemento peligroso por el empoderamiento que él se toma y ejerce frente a quienes lo han elegido. A su alrededor crea un ejército protector que obliga a todos los estamentos civiles y estatales a que funciones según su criterio y su psicopatía.

El temor al enfrentamiento, la incapacidad de poder defenderse y la falta de poseer herramientas que puedan combatir al agresor, en este caso el líder, prefieren huir y perderlo todo antes que la vida. Hay un doble juego en que se amparan estos personajes, la constitución. Normalmente ella está elaborada como un tratado de derecho donde no permite que el pueblo y sus legisladores puedan cambiar las leyes que van en contravía al beneficio de la sociedad. Ella se ve acorralada e indefensa frente a los criminales y la corrupción que el mismo Estado ha creado bajo leyes represivas.

 

El líder o cabecilla siempre vela por sus intereses personales y sus secuaces, sus negociaciones van enfocadas a sumar apoyo de donde venga, con tal de poder

asumir el poder y luego repartir el botín, este es el principio de la democracia. Y como tal se ha visto porque no ha habido filósofos que esclarezcan estos puntos.

 

Una minoría social y que trabaja organizadamente está entendiendo que los líderes son los que se quedan con la productividad de todos o destruyen lo que ya está elaborado y que la gente viene disfrutando.

 

 

 

Derechos Humanos y responsabilidad

Por: Guillermo Navarrete Hernandez

 

La responsabilidad es un vocablo que se suele utilizar para determinar el grado de cumplimiento de un individuo u organización acerca de los compromisos, deberes, obligaciones adquiridas y de garantizar la satisfacción de necesidades de personas que hacen parte de su entorno. Su origen puede ser explícito por relaciones contractuales o legales o implícito derivado de costumbres, valores o principios. Implica asumir las consecuencias de los actos que se cometan, pero también la capacidad de discernir sobre lo justo e injusto, de crear condiciones de bienestar o de dañar al tomar decisiones. Es, en la práctica, una restricción propia o impuesta por el entorno de la libertad.

Sócrates a partir de su máxima “es mejor sufrir una injusticia que cometerla”, abre la polémica acerca de sí es mejor infligirse menoscabo, lo que de por sí es una injusticia, o evitar el sufrimiento de otra persona. Este filósofo griego que aceptó su muerte antes que renegar de sus ideas, representa la coherencia frente a sus convicciones, tanto personales como de la solidez de las instituciones democráticas helenas. Paradoja que valdría la pena plantearle a políticos, dirigentes o personas en general que anteponen sus intereses personales sobre los de sus congéneres, en especial cuando con dicha actitud generan daño y sufrimiento.

Según Immanuel Kant, la responsabilidad, como imperativo ético, es una virtud que poseen los seres humanos para acometer conductas que puedan ser aceptadas por los demás integrantes de la sociedad. Posturas que se constituyen en la posibilidad que tienen las personas de aceptar las reglas morales o legales por injustas que parezcan.

Junto a la responsabilidad, está la culpa (de la que me ocuparé en otro escrito), sentimiento de dolor que padece el ser mismo al percibir que este es justo o merecido cuando comete una falta y que puede conducir al reconocimiento de esta y su resarcimiento, pero que también puede afectar negativamente el bienestar emocional de las personas. Responsabilidad y culpa han sido objeto de desarrollos normativos desde tiempos inmemoriales, precisamente para garantizar la libertad, la dignidad, la convivencia y la resolución de conflictos, aspectos centrales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada en 1948, después de los atroces hechos acaecidos durante la Segunda Guerra Mundial y de los juicios de Núremberg en contra de los dirigentes Nazis, perpetradores de delitos contra la humanidad.

Deviene desde dicho ámbito, la responsabilidad estatal referida a la obligación de respetar, proteger y promocionar los derechos humanos, lo que implica la adopción de normas, políticas y medidas que garanticen su pleno goce, así como su cumplimiento en todos los órdenes. Por eso, los procesos de divulgación y formación en esta materia se convierten en determinantes, no solo para que los servidores y contratistas y la población en general, apropien su conocimiento y la
generación de conciencia sobre los deberes individuales y colectivos aplicados.

En términos de conflicto armado, la responsabilidad se extiende al respeto por las normas del Derecho Internacional Humanitario y por ende a evitar la comisión de delitos de lesa humanidad o crímenes de guerra tipificados por el Estatuto de Roma adoptado en el año el 1998 y que para Colombia entró en vigor a partir del 1° de noviembre de 1992.

 

 

Director
Zahur Klemath Zapata

Gerente
Laurie Agront

Gerente Operativo
Alba Lucia Arenas V.


Editor

Felipe Castro

 

   

Diagramación
María  Molina

 

Soporte Tecnológico
Aurooj Ali Khan

Nadeem Khan

Jawaad Malik

 

Colaboradores

Jotamario Arbeláez
Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

 
Edgar Cabezas

Gongpa Rabsel Rinpoché

Guillermo Navarrete Hernández
Iván Pulido

Teresa Pardo

Agustin Perozo
CONTACTO
Tel. (57) 606-347 7079
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