Pereira, Colombia - Edición: 13.400-980 Fecha: Jueves 16-01-2025 |
COLUMNISTAS |
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La domadora en la boca del león
Por: Jotamario Arbeláez
A Tatiana Arango
En los
13 años que llevaban juntos, Cézar, el dueño del circo, Cézar, el
león, y Elena, la esposa del primero y domadora del segundo, nunca
se había presentado el menor incidente desagradable entre ellos, ni
en las funciones de miércoles a domingo ni en la intimidad de la
vida bajo el cielo carpado. El empresario y su esposa vivían en una
furgoneta vecina de la jaula, y no era extraño en las medianoches de
luna llena escuchar los gemidos lastimeros del león respondiendo a
los gemidos de gozo de la domadora.
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cada vez más ríspido en las carnes de la fiera, y en sus respuestas pesadas y lentas dejaba ver el león el intenso amor por su dueña.
El león había nacido en Birmania y la pareja lo recibió cachorro como presente agradecido de los niños de una escuelita del golfo de Bengala, por donde pasó Sakyamuni. Prácticamente no había conocido a su madre, aplastada por la pata de un elefante ciego, y se alimentó a base de unos colosales teteros de leche que Elena le daba con no fingida ternura, pues la pareja no tenía hijos. Una vez adulto, a partir de los once meses, el carnívoro félido seguía una dieta balanceada de antílopes tiernos y cebras nonatas, que Cézar le procuraba de la nómina del circo. En una ceremonia solemne a la que asistió todo el personal humano e irracional del circo y el
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alcalde de Kuwait, y que consistió en lanzar desde el trampolín al león en un cubo de agua, Cézar el empresario bautizó con su nombre a la fiera, que se volvió un reflejo fiel de su amo arrevolverado.
La luna llena pasada fue especialmente sofocante en el Asia.
Terminada la función final del sábado, Cézar se tendió con su esposa que olía
penetrantemente a mascota, pues estrenaban un nuevo número en el que ella metía
la cabeza en la boca del felino y la sacaba con la cabellera húmeda de vaho de
saliva. Una pasión extraña inflamó a Cézar esposo, quien tenía por costumbre
apañarse la parte del león, y los ramalazos de placer de Elena se expandieron
por el circo dormido.
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