EDITORIAL
Catatumbo: Una
tragedia humanitaria
La crisis que sacude al Catatumbo
no es solo una tragedia local, sino una herida abierta en el corazón
de Colombia. Más de 40.000 personas desplazadas en una semana son el
reflejo de un conflicto que, lejos de resolverse, se reinventa con
nuevos actores y dinámicas de violencia. Esta región, históricamente
marcada por el abandono estatal, vive hoy uno de los episodios más
oscuros de su historia reciente, mientras el resto del país parece
mirar hacia otro lado.
La magnitud de la emergencia es devastadora. Familias enteras han
dejado atrás sus hogares y cultivos, huyendo del fuego cruzado entre
el ELN y las disidencias de las FARC. Lo han dejado todo, incluso su
sentido de pertenencia, para buscar refugio en albergues
improvisados que, aunque esenciales, son insuficientes frente a la
magnitud de la tragedia. El estadio General Santander en Cúcuta,
convertido en centro de acopio humanitario, es un símbolo de la
precariedad con la que enfrentamos esta crisis: toneladas de ayuda
llegan, pero no logran reparar el dolor ni la incertidumbre de
quienes lo han perdido todo.
El gobierno ha desplegado más de
5.500 efectivos para intentar controlar la situación, pero la
respuesta militar no es suficiente. No lo ha sido nunca. El
Catatumbo es una región que exige algo más que helicópteros y
soldados; demanda una intervención integral que aborde las causas
estructurales de su abandono. Los desplazamientos masivos, las
muertes de civiles y el confinamiento de miles de personas no son
eventos aislados, sino el síntoma de un sistema que ha fallado
históricamente en proteger a sus ciudadanos.
La violación de derechos humanos
en la región es alarmante. Los asesinatos de excombatientes de las
FARC y el aumento de los desaparecidos son pruebas dolorosas de que
el acuerdo de paz sigue siendo una deuda pendiente. A esto se suma
el desafío de brindar justicia y atención a las víctimas, en medio
de un contexto donde la seguridad jurídica y psicológica es más un
anhelo que una realidad.
Esta crisis no puede quedar relegada a los titulares de una semana.
El Catatumbo clama por atención, no solo en forma de ayudas
temporales, sino como un llamado a la acción para construir un país
que no deje atrás a los más vulnerables. Es hora de mirar al
Catatumbo con la urgencia y humanidad que merece.
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La corrupción,
un virus al que hay que vacunar

Por: Zahur Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Hay una sola clase que se mueve
por el planeta y que está representada por el ser humano. La
diferencia entre unos y otros es su quehacer diario y sus ambiciones
futuras. Desde principio a fin todos tenemos un comienzo y un final
donde los dos extremos vienen sin nada material. Solo su intelecto
que los hace distintos los unos de los otros.
Si una sociedad es primitiva, ella se mueve al ritmo de sus
necesidades y sobreviven según la fuerza de su naturaleza
individual. Aquí no hay un dios salvador o una vida eterna después
del final. Todos somos iguales al final del ciclo vital.
En la estela de la evolución unos están adelante, otros en el mismo
lugar, otros en proceso de aprendizaje y acumulación de experiencias
y los más avanzados viviendo de ese conocimiento y observando al
resto del mundo en su lucha por alcanzar lo que creen que carecen
para llenar ese vacío interior y vivir cómodamente.
La ambición de unos, estos que no tienen capacidad de entender lo
que es la vida, se lanzan al encuentro con otros como ellos a
fastidiar al resto de la humanidad en la adquisición de bienes que
creen que los harán felices. Pero así no funciona la naturaleza
humana.
Las grandes riquezas existentes en estos días en el mundo se han
logrado por golpes de suerte y el manejo de la tecnología. Ahora
ellos no saben qué hacer con esas fortunas y tratan de repartirlas
dentro de sociedades en desigualdad de calidad de vida.
Con la corrupción no se hacen grandes fortunas, ella hace más daño a
su alrededor y afecta la vida de cientos de personas. La ignorancia
promueve estos actos corruptivos y por eso las cárceles están
ocupadas por estos criminales sociales.
La corrupción en los Estados nace por el mal manejo de las leyes
sobre la cotidianidad de la vida. La gente no quiere pagar por algo
que consideran que debe estar exenta de impuestos o que el precio es
elevado. Las aduanas son los mayores generadores de corrupción,
Además los impuestos establecidos son otro dolor de cabeza para los
usuarios y dueños de empresas. Siempre están evadiendo el pago de
ellos y recibiendo en efectivo los pagos.
Otra de las modalidades es el porcentaje que cobren los políticos
por sus servicios y el pago a quienes financiaron sus campañas
políticas. Todo esto es un círculo vicioso que jamás va a parar.
Al final del día, todos somos corruptos sin haberlo pensado dos
veces.
Hay que revisar nuestra agenda de
sobrevivencia y madurar intelectualmente para poder
hacer los correctivos necesarios
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que permitan que nuestra vida esté un poco
limpia de tanta suciedad que nos rodea.
Hay sociedades que han logrado avanzar lentamente en su integración hacia una
calidad de vida libre de sobresaltos, desconfianzas entre unos y otros y vivir
con las puertas abiertas porque no hay temor de ser asaltados por un desubicado
social.
EL POGROM DE TRUMP
Crónica #1041

Por: Gustavo Alvarez Gardeazábal
Audio:
https://youtu.be/dLMePpU0TNw
La miserable persecución que Trump ha decretado contra los
inmigrantes sin papeles en los Estados Unidos, en su gran mayoría
latinoamericanos, resulta cruel y despiadada.
Una muy buena parte de los 10 millones que en su atorrancia pretende
expulsar del territorio norteamericano llegaron allá uno a uno, atravesando
selvas y desiertos o ingresando con visa de turistas.
El 99.9 por ciento de ellos, aunque su perseguidor diga lo contrario,
fueron a hacer parte de la fuerza de trabajo que los gringos requieren para ser
cada vez más ricos y no a ejercer de hampones o criminales, como lo predica a
modo de disculpa el oligarca que gobierna en Washington.
Es tan específica esta persecución que nos obliga a pensar que tal vez
estemos presenciando algo igual a los pogrom contra los judíos en la Europa de
los zares o la Alemania de Hitler y con las mismas disculpas que aquellos
usaron. Y, lo que es más peligroso, amparados en la noción de que el imperio
gringo se conservará en la medida que no se mezcle con los pobretones que
entraron desde América Latina.
Se les acusa a los inmigrantes de ser promotores con su sudor y su
trabajo de la ruina de la enhiesta sociedad blanca anglosajona que en 200 años
ha construido el imperio que hoy domina al mundo.
Por eso se los busca donde sea, se les detiene en las calles o en los
parques, en los teatros o en los centros comerciales y se les expulsará como a
ratas por la frontera mexicana o en aviones y buques fletados.
No se les llevará a campos de concentración. No se los matará en cámaras
de gas como las de Auschwitz ni a bala como hicieron los turcos en Armenia. Y
como todo el mundo calla y como todos los europeos también creen que es la
inmigración la que les destruye su comodidad, no hay quien proteste ni apele a
lo que llamaban derechos humanos.
Por donde se le mire es una tragedia, desde individual hasta colectiva,
desde anecdótica hasta novelesca. Es el pogrom de Trump, 80 años después de
Hitler.
El Porce, enero 25 del 2025
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