Pereira, Colombia - Edición: 13.405-985 Fecha: Sábado 25-01-2025 |
COLUMNISTA |
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DESPEDIDAS DE CASADAS
Por: Jotamario Arbeláez
No sé por qué las mujeres siguen sufriendo tanto por
casarse –o por enmozarse–, cuando a la corta o a la larga van a
sufrir más buscando la separación, o el divorcio. Todo el mundo
acepta que el amor es eterno mientras dura –y no sólo mientras dura
dura- pero ahora se ha comprobado que dura más el edredón que lo que
cobija. Mala pata para la iglesia, que se sigue nutriendo de uniones
conyugales y de sepelios. Las parejas heterosexuales cada vez acuden
menos a los altares y los homosexuales han conquistado con sus besos
al señor juez. Estamos ante una nueva consigna matrimoniosa: ¡Que se
casen los maricas! Porque ya las parejas tradicionales, nanay.
Mujeres liberadas, pues, es lo que estamos viendo en pleno trasteo. Con hijos o sin
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hijos, según la urgencia y el arrebato. Dejando con un palmo de
narices a su intrascendental compañero, a quien suponen dejarán ardiendo en las
llamas del sufrimiento eterno por no ser más condescendiente. Y esperando desde
luego la manutención obligada, mientras renuevan el casorio, porque si no allí
estarán los chepitos de Bienestar Familar.
Pero mientras llegan de nuevo a la casa de su mamá, en el mejor
de los casos, o a la del galán del bosque o de la pequeña amiga celeste, se ha
impuesto como la última moda hacer una fiesta de despedida de la unión –libre o
sagrada- en la casa de la que sale, que esa noche tirará esa casa por la
ventana, por lo menos en lo que a ella le pertenece. Peroles, escobas, ceniceros
de lujo, edredones, hebillas, aspirinetas, y el espíritu del compañero
sacrificado. Ante todo nada de lágrimas, que eso de llorar ya no se usa ni en la
postiza hora de la desvirgada. La que se separa va en busca de un mundo nuevo,
como Colón en su carabela. De modo que todos los asistentes, familiares
expectativos, compañeras
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solidarias y solitarias, exnovios separados, primos carnales, fotógrafo social, mariachis, y de pronto un yogui contorsionista por cuenta de sus amigas, harán una fiesta del putas a la que no estará invitado el parejo, naturalmente. Al que de peores fiestas lo habrán corrido.
La fiesta, ahora de moda en Estados Unidos y Europa, puede ser tan costosa como la boda, que a diferencia de ésta, paga la novia. Para poder proclamar que comienza una nueva vida. Que se libera del yugo. Que va a poder disfrutar de todo aquello de lo que se había perdido.
Y como ya no sufre la que se va, mucho menos sufre el que se aviene a que ella se vaya. Con semejante fiesta en la que por primera vez él no estuvo -y donde quemaron la alfombra los puchos de los rumberos, y mancharon la hamaca con esperma del candelero-, se supone que la huidiza estará conforme.
En otros sitios se hacen fiestas cuando alguien muere. En estas
circunstancias sólo el amor es el finado, por lo menos de parte de la que parte.
Los amigos deben traer regalos, para compensar los electrodomésticos que por
pura decencia debe dejar ocupando su sitio la que trastea.
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