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Pereira, Colombia - Edición: 13.406-986 Fecha: Domingo 26-01-2025 |
COLUMNISTA |
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Desayuno en el hotel
Por: Jotamario Arbeláez
Habría que permitir
La mesera del restaurante del hotel donde estoy hospedado es tan
bella que no sé qué voy a hacer con ella. Cuando ayer madrugué a
desayunar la contemplé de espaldas y me fascinó su menuda cintura
que daba paso a un bien formado caderamen, nalgatorio acorazonado,
el tierno nudo de la cinta del delantal a la altura del hueso sacro
y su cabellera en cascada sobre la espalda sedosa. Al mirarla de
frente desde mi asiento me pareció tan atractiva que me hizo pasar
saliva y despertó mi pensar lascivo, a mí, que en estas cosas del
sexo suelo limitarme a los placeres íngrimos sustentados en la
narrativa rijosa y las láminas de Penthouse. Sólo pienso en mi
profesión de ingeniero de las basuras, especializado en rellenos.
Sin otro encanto que mi recato invencible. Pero por algo llegué a
esta ciudad donde me trataré de reponer de mis represiones. Con una
actitud entre pizpireta y coqueta, me enumeró los bocados
disponibles en el buffet, que se ofreció a traerme ella misma a la
mesa. Cuando le manifesté de mis preferencias, la limonada rosa con
miel, el parfait de frutos rojos, los huevos benedictinos con lomo
canadiense, los molletes con queso de cabra y el chocolate belga
caliente me susurró que también me podía prestar el servicio de
subirme el desayuno a la habitación. Le pedí que lo hiciera a partir
de mañana.
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suroeste antioqueño con nombre de
pájaro y de cacique, Allí había tenido sacrílegos amores,
a los 17, con el sacristán de la iglesia, tres años mayor que ella, quien le
voló el virgo en la sacristía. Luego del aborto, costeado por el padre, huyó de
la casa y en Medellín le dio refugio un tío, quien luego de ofertarla por todas
partes la colocó en el hotel donde lleva desempeñándose un año y medio. “¿Se le
ofrece algo más al señor?”, me dice, obsequiosa, sin dejar de mirármela.
Entiendo perfectamente.
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seguramente lo mantiene a pan y agua pero sin pan—, quien fue expulsado del cargo y juzgado porque violentó a la camarera Nafissatou Diallo, poniéndola a succionar arriesgándose al tarascazo y quien con su denuncia le hizo pagar una escandalosa indemnización por el lánguido polvorete? Yo en este caso sí no me dejaría interpretar por el hipócrita de Gerard Depardieu en ninguna película. Hizo un papel de maravilla y salió a declarar por la prensa que el personaje era despreciable. La diferencia es que uno debe saber hacer bien las cosas, no estoy violentando a nadie, empezando porque quien comenzó con el acoso fue ella, la camarera. Además, es la primera y será la última vez que me embarco en un rollo de estos.
“¿Con quién tuve el honor?”, le pregunto. Me dice el nombre de una linda flor que me reservo porque lo cachondo no quita lo caballero. “¿Y usted?” “Llámeme Dapardieu”, le respondo. Hay que cuidarse. Están de moda las denuncias por acoso sexual, así sea por un piropo, una picada de ojo o una simple palmeada de culo. El hombre acosa y la mujer acusa. Y así la cosa haya sido al revés el hombre lleva las de perder, pues las féminas se le vendrán en gavilla con toda la resonancia en las redes enredadoras.
Apenas voy
terminando le suena el walkie talkie para anunciarle que la esperan en el cuarto
contiguo para que retire la loza. Cuando más tarde retorna a retirar la mía me
dice, mientras sigo haciendo lo posible por reponerme, y por conjurar el
aterrador complejo por haber incurrido en la sodomía, que como se trataba de
buffet podía repetir, cariñito. “¿No tienes más ganas?” Me dan ganas de
denunciarla. Pero, ¿quién va a creerme?
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