Pereira, Colombia - Edición: 13.410-990

Fecha: Domingo 02-02-2025

 

 COLUMNISTA

 

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Los viejóvenes

Por: Jotamario Arbeláez

 

Niños que éramos en el barrio San Nicolás, sin dinero aún para comprar un balón, un vecino del pasaje nos regaló el primero, al que un policía que nos tenía bronca le pegó un tiro. Levemente traumatizados, después de que jugábamos en el parque a las canicas, a la Lleva, Rayuela o La libertad, que era la de policías y bandidos en la que la mayoría pedíamos ser de los últimos para liberar a los otros, nos sentábamos en el pasto a comer las pepitas rojas de las matas de coca sembradas por la Alcaldía, y a especular acerca de lo que nos gustaría ser cuando grandes. Víctor Mario se pedía ser aviador, como llegó a serlo, el “negro” Mañosca quería ser timbalero y lo sigue siendo, Luis Alfonso Ramírez caballero de la alegre figura en camino hacia la cima de la montaña, Ramiro Montoya viajero impenitente en todos los trenes a estaciones desconocidas, mi primo Fabio Ramos sastre y a la vez picaflor y aún sigue pica que pica, Humberto Pérsico decidió ejercer como fetichista, Julio Jaramillo ayudante de ginecólogo, pero pronto se aburrió de ver entrepiernas, Julio Portocarrero norteamericanizarse y lo consiguió y Dimitri boxeador hasta que le hicieron tirar la toalla a coñazos.

 

Yo quería ser presidente de la república, pero de una manera empírica porque en casa no había dinero para ponerme a estudiar derecho. Me tocaría coger fama de atarbán y de puñetero, de irreverente, de procaz y de mientamadres a ver sí así alguna vez –como vimos que sucediera– esos fueran valores que me valdrían para proponerme como candidato en este país del desangrado corazón de Jesús. Mi tío padrino Picuenigua, que además de liberal quiebra “pájaros” era pertinaz tumbalocas, me sopló que me iría bien si me resolvía a ser poeta como Amado Nervo, Porfirio Barba-Jacob o Manuel Acuña, y a la vez amante latino o macho alfa como Rodolfo Valentino, Porfirio Rubirosa, Anthony Quinn y Carlos Gardel. Y para empezar me regaló El arte de amar de Ovidio y el de Erich Fromm, El tapiz del amor celeste de Li-yun y El yate del amor perverso de Nathan Ashburton. Con eso tuve. Para que no me olvidara de la política, La técnica del golpe de estado, La Violencia en Colombia y El Cristo de espaldas me los regaló el tío Emilio, Mi mamá una edición preciosa de la Biblia de Cipriano de Valera revisada por Casiodoro de Reina que es mi tesoro, Y para completar la carrera pícara Pérsico me inició con Cáncer de Miller y en la Plaza de Santa Rosa encontré un ejemplar subrayado de La filosofía del tocador del Marqués de

 

 

 

Sade, El coño de Irene de Louis Aragón y Las once mil vergas de Apollinaire. Pero a decir verdad solo vine a graduarme con Mi vida y mis amores de Frank Harris y con La novela de la lujuria de Anónimo. De esa manera comenzó a armarse mi biblioteca, y de paso yo.

Para adquirir un algo de presencia seguí por correspondencia el Método de tensión dinámica de Charles Atlas que me proporcionaría fuerza interior desdeñando la musculatura, y aprendí a mover la pelvis como Elvis Presley de quien además le copié el copete y el arte de manipular el micrófono, pero no para cantar sino para leer mis poemas al compás del reloj. Algo me picaba por todo el cuerpo y no lo podía contrarrestar con sólo rascarme. Me dediqué por tanto a bailar pegadito y amacizado en discotecas pecaminosas y en los quioscos de Juanchito y así comenzó la cura que terminaba en el nocturno refriegue. Desde que estaba adolescente mis compañeros pensaban que alardeaba. Por ejemplo, si les decía que antes de la cita con una chica me pajeaba imaginando lo que iría a pasar y después de que ella se iba volvía a hacerlo recordando lo que había sucedido. Pues bien, ya empezaba a gozar de las maravillas del mundo, como eran las hojas de los libros y los lomos de las mujeres por deshojar. Qué necesidad había de desear ir al cielo con la angelología por disfrutar en este valle de lágrimas espermáticas. Y eso que en cierta forma el seducido era yo, que por entonces de inexperto me las tiraba. Me faltaba el toque de gracia para perder la timidez y fue la botella, que me permitiría mantenerme firme en mi sitio. Resulté bueno para todos los alcoholes, de acuerdo con las preferencias del anfitrión. Y tuve la fortuna de que nunca me dio guayabo, tal vez porque nunca solté la copa. Qué fácil era hacer el levante de cualquier hembra ya fuera peso pesado, peso mosca, peso pluma o peso gallo, con tres tragos en cada buche, escuchando en los bares Tomo y obligo. Así mi padre dijera por defenderme ante los vecinos que yo era “buchipluma no más”.

Las mujeres, los libros y las botellas, la santísima trinidad que ha regido mi vida de pasionario. Hay libros espesísimos como La guerra y la paz que uno va leyendo con el pesar de que acaben, como litros de whisky que se van escanciando con el pavor de la última gota, como mujeres de quienes se teme que en algún momento no quieran o no puedan darse más y se vuelvan a calzar los calzones. Al bar de La montaña mágica lo bauticé “Qué tomas, man”; a mi espaciosa biblioteca “El jardín de senderos que se bifurcan” y a mi cama desatendida “A la sombra de las muchachas en flor”. Cuántas páginas con centenares de caracteres habrán absorbido los ojos de mi cerebro, cuántos litros etílicos habrá procesado mi hígado para convertirlos en energía, cuántos galones de semen habrá prodigado mi próstata a la cavidad insaciable. Habría que consultar a los investigadores del Record

 

 

 

 

Guinnes. Cuando a lo que debí apuntarme en consciencia desde el principio sería a merecer el Nobel, el Cervantes o el Reina Sofía. Casi todos los otros me los gané en franca lid, como el Cid. Los libros, los licores y las mujeres, todo se agota. Recuerdo cuando pasaba por la ventana de la casa de las agujas con una carretilla de mano un comprador callejero gritando: “¡Compro frascos y botellas vacíos!”. Y más adelante: “¡Libros viejos y ya leídos!”. Pienso ahora que le quedó faltando: “¡Y mujeres usadas!”. Así como detrás de él venía un vendedor con una inmensa bandeja a voz en cuello ofreciendo: “Las panooochas calientes”, que son una especie de arepas, en el buen sentido de la palabra.

 

Para evitar a mi madre el espectáculo de mis maculados pantaloncillos a expensas de la tomadera y el toma y daca tomé las de Villadiego, es decir hace 50 años las de Bogotá y ahora las de Villa de Leyva. No tenía un peso en el bolsillo y podía exclamar como Philip Roth en El lamento de Pornoy que “el pene era lo único que podía considerar realmente mío”. Otros compañeros llegaron igualmente mozuelos a la capital con una mano adelante y otra atrás. Yo me quité la delantera mientras otros lo hacían con la trasera, y todos sobrevivimos porque la poesía abarca todos los géneros.

 

Una de las mujeres de cuando decidí emparejarme –a la que le daba sopa y seco desde la hora del desayuno- consultó con un médico, un psiquiatra y hasta con un sacerdote, cómo hacer para conjurar mi ya insoportable satiriasis, y los tres le dijeron que querían tener una cita privada conmigo para que les contara lo que comía o consumía. La causa de mi priapismo equívoco, porque a mí si se me paraba para lo propio, debió haber sido la lectura de los libros prohibidos, sobre todo de la colección La sonrisa vertical que dirigía el cineísta Berlanga. Teniendo en cuenta que desde muy joven lo único exótico que me comía eran las uñas, de las que no he oído que tuvieran propiedades afrodisíacas.

Hoy miro al género femenino con la gratitud de Adán cuando devoró la manzana bajo el árbol de serpentinas y me duele que por mis sinceras confesiones de excomulgado pueda ser considerado como machista leninista por algunas feministas, como muchos machos con cachos piensan que son chicaneros embustes de un impotente.

Han pasado los años sobre la cama donde se me han cumplido todos los sueños, secos, húmedos y decididamente mojados. Me he convertido en un octogenario alejado del mundo más no de sus placeres que no desaparecen porque desaparezcan los cuerpos físicos. He entrado en la onda del amor cibernético. Todo fluye. Me visitan los ángeles invisibles pero sensibles a pedirme autógrafos en las nalgas. Lo único que espero es que no se me acabe pronto la tinta de mi estilógrafo.

 

 

 

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