Pereira, Colombia - Edición: 13.411-991

Fecha: Martes 04-02-2025

 

 COLUMNISTA

 

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Una mujer de 007 en conducta

Por: Jotamario Arbeláez

 

“Ella quería ser enfermera en un país asiático donde reinara el hambre. Yo quería ser un espía famoso.” Esta frase de Vladimir Nabokov en las primeras páginas de Lolita siempre me han perseguido. Un espía famoso, a pesar de la incongruencia en los términos, debería ser el súmmum de la aspiración colombiana. En este país de sapos donde nos toca croar, el espía debe ser rey. Desde la escuela el niño es aleccionado para que acuse, y cuando grande es recompensado con millones por solo señalar con el dedo, y en ocasiones aun con la inocencia si delata a su cómplice en un delito. Por otra parte, la mujer chic colombiana debe de estar cansada de ser espiada, de que se mande al hermanito a la sala donde debe de estar picando con el novio el perico, se le intercepte el inalámbrico para asegurarse de que no se está citando con el amigo de la mamá o se

 

 

 

la mande con el chofer para que averigüe si el peluquero superó el sida.

Una mujer de las nuestras, con un coeficiente intelectual de excepción, doctorada en filosofía en la Universidad de los Andes, laureada por su tesis sobre Los paraísos artificiales de Baudelaire, de apellidos que ni de nombre requieren, colocada en la honorífica posición de agregada cultural de una importante embajada, actividad de la cual nunca se encargaría a Baudelaire, se topa con la oportunidad de su vida: casarse con un espía de la CIA (valga la redundancia rimada) e instalarse en Washington.

 

Una vez Ames Aldrich, jefe de contraespionaje soviético de la CIA, se casa con María del Rosario Casas Dupuy, ésta se convierte para él en la espía que me amó, y tal vez ella, en un comprensible afán de superación capitalista, resuelve que él se vuelva espía doble. Para comenzar, traicionando a su patria, que es Estados Unidos, con informes tan fútiles como que el hombre fuerte de Panamá ya no dará un brinco, o que la localidad de Juanchaco va a ser tomada.
 

El guión, que hasta aquí iba todavía rosa, se complica no solo porque comienzan a

 

 

 

 

vender información de la buena a la Unión Soviética y a la Rusia de Yeltsin, sino porque con el oro de Moscú (que al fin sale a flote) montan en Jaguar y adquieren propiedades pomposas no solo en Washington sino en Cartagena de Indias. Es otra manera de mostrar actitudes revolucionarias en contra del establecimiento, de esta adelantada discípula del profesor poeta Manuel Hernández.

 

Según las informaciones de las agencias de noticias, a las que no hay por qué creerles pero que de todas maneras lo dicen, el siniestro se constituye porque Ames entrenaba pichones de espías gringos para colocar en Moscú, y una vez establecidos en la antigua ciudad de los zares, los delataba a sus colegas de la antigua KGB, que ahora se llama SVRR. Y, según los despachos, entre dos y diez agentes secretos habrían sido ejecutados por los tenebrosos moscovitas.

 

Mata Hari por lo menos bailaba para extraer los secretos de Estado de los herméticos oficiales que la cortejaban. Seguramente nuestra coterránea filósofa, a falta de argumentos físicos más contundentes, apelaba a seducir con videocasetes de Azúcar y poemas de Roca. Algo va en sutileza de los sapos de la Calle del Cartucho a los sofisticados espías de La Perseverancia Alta.

 

 

 

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