Pereira, Colombia - Edición: 13.426-1006

Fecha: Domingo 02-03-2025

 

 ESPECIAL

 

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Momias “enmascaradas” fueron encontradas en Cundinamarca

 

 

embalsamación de los difuntos ya que creían firmemente que una perfecta vida postmortem requería la conservación del cuerpo. Este proceso artificial de preservación de los muertos se denomina embalsamación o momificación. La palabra «embalsamar» proviene de términos latinos que significan «(poner) en resinas aromáticas». La palabra «momificación» deriva del término árabe mummiya, que significa betún, y debe su razón de ser a la confusión derivada del aspecto oscuro de las momias que sugería que habían sido bañadas en betún, quedando esta idea confirmada por sus buenas cualidades crematorias.

Los orígenes de la momificación en Egipto se deben a las condiciones climáticas y orográficas de la tierra. Las primeras momias se remontan al Predinástico (finales del IV Milenio a.C.), cuando se enterraban los cuerpos en las arenas del desierto. Los cadáveres se secaban de forma natural por la acción del ardiente ambiente, que absorbía el agua de los cuerpos. Estas momias naturales, flacas, rígidas y con piel como cuero, envueltas en pieles de animales o en esteras, aparecen en el fondo de hoyos y en posición fetal.

A comienzos de la época histórica se empezó a construir tumbas y a enterrar a los difuntos en ataúdes, así que las condiciones naturales de conservación dejaron de ser efectivas y los cadáveres comenzaron a descomponerse. Los primeros intentos para preservar los cuerpos consistieron en envolverlos con vendas de lino firmemente ajustadas. Sin embargo esta burda técnica resultaba insuficiente por lo que hubo que buscar de qué forma se podía evitar la descomposición natural.

Hacia la dinastía IV los egipcios sabían ya que la putrefacción comenzaba en la caja torácica y el vientre, y que la extracción de los órganos internos era un paso absolutamente necesario para la conservación del cuerpo. Para acometer esta labor se hizo necesario cambiar la posición de los cuerpos, de contraídos a extendidos, para así poder sacar con facilidad los órganos por el abdomen. El esfuerzo por conservar el cuerpo tras la muerte lo más fielmente posible a lo que fuera en vida derivó, en las dinastías V y VI, en la costumbre de modelar órganos tales como los genitales o los pechos, así como rasgos faciales como nariz, boca y orejas, sobre el cuerpo vendado del difunto. Las capas exteriores del vendaje se conformaban a modo de prendas de vestir, en el caso de las mujeres con la forma de un vestido largo y ajustado, en el de los hombres con la de un faldellín.

Sin embargo, pese a la extracción de las vísceras y el vendado, los cuerpos seguían descomponiéndose. La humedad de los cadáveres debía ser eliminada por completo por lo que se hizo necesario un agente deshidratador que secara el cuerpo pero que a la vez lo dejara flexible. El natrón, el material empleado, es básicamente un compuesto natural de carbonato de sodio y bicarbonato sódico, y, al igual que la arena caliente, es un poderoso deshidratador. El natrón se encontraba en forma cristalizada y en grandes cantidades a lo largo de las orillas de los lagos del Wadi Natrun, a unos 40 millas al noroeste de El Cairo.

 



En el Reino Medio se dio el paso siguiente en el desarrollo de la técnica de momificación con la extracción del cerebro del cráneo. Este procedimiento sólo se aplico al principio en casos aislados y, a juzgar por el número de hallazgos, exclusivamente por los estratos sociales más altos. Para los egipcios el cerebro carecía de importancia como sede de la razón y el pensamiento pues concebían que estos residían en el corazón, y es por ello que no hicieron esfuerzo alguno por preservarlo. A partir del Reino Nuevo se generalizó extraer del cuerpo tanto el cerebro como las vísceras, rellenando las cavidades con paños de lino y resina. Así se consiguió, finalmente, conservar los tejidos del cuerpo de forma tal que han llegado intactos hasta nosotros.

 

 

Un estudio reveló que no provienen de la Serranía del Perijá, como se creía, sino del altiplano cundiboyacense. Análisis isotópicos y registros históricos confirmaron su origen y su dieta basada en maíz y legumbres. Un reciente estudio ha esclarecido el verdadero origen de 10 momias enmascaradas que forman parte de la Colección de Momias más grande del país, custodiada por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL). Estas no pertenecen a la Serranía del Perijá, como se había creído por años, sino a diversas regiones de Cundinamarca, con fechas de antigüedad que oscilan entre el 425 d. C. y el 1700 d. C.

Daniella María Betancourt Navas, magíster en Antropología de la UNAL e integrante del Laboratorio de Antropología Física, explicó que estas momias presentan un tratamiento característico en el rostro, donde se aplicaba una base moldeable que recreaba rasgos como ojos abiertos, labios y nariz. Esta técnica permitía representar a los fallecidos con una apariencia similar a la de los vivos.
Por mucho tiempo, se creyó que estos restos pertenecían a la etnia yuko-yukpa, un pueblo indígena nómada de la Costa Caribe que habita la Serranía del Perijá. Sin embargo, investigaciones recientes han determinado que su origen se encuentra en el altiplano cundiboyacense, gracias a estudios isotópicos de estroncio y oxígeno-18, herramientas utilizadas en arqueología y medicina forense para rastrear la procedencia de personas y animales.

“Llegamos a esta conclusión por las características isotópicas, que indican una altura cercana a los 1.400 msnm, y por el análisis del estroncio, que señala un origen en el altiplano”, señaló la investigadora Betancourt. Además, registros históricos de cronistas apoyan estos hallazgos. Dentro de las nuevas regiones de procedencia identificadas se encuentra Tocaima, Cundinamarca, y otras zonas de los Andes centrales y orientales.

Un rompecabezas histórico



La reconstrucción del pasado de los 34 individuos que conforman la Colección de Momias ha sido un desafío que ha requerido la colaboración de antropólogos,
odontólogos, genetistas y arqueólogos. Muchos de estos restos fueron recuperados tras procesos de guaquería y posteriormente donados al Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) y al Museo Nacional, pero sin información clara sobre su procedencia.

Mediante análisis de isotopía, un método costoso que permite conocer la dieta, el posible lugar de origen y las condiciones climáticas en las que vivieron estos individuos, se lograron avances significativos. Este proceso se llevó a cabo con la colaboración de laboratorios en Estados Unidos y México, donde se analizaron muestras óseas y se establecieron patrones en la alimentación de estas poblaciones prehispánicas.
 

Los resultados indican que todas las momias compartían una dieta basada
 

 

 

 en maíz, legumbres y zapallos, aunque la fuente de proteína variaba. En el caso de los recién nacidos e infantes, su alimentación se basaba en leche materna, mientras que los niños mayores consumían una dieta similar a la de los adultos. Además, los dos individuos más antiguos de la Colección, pertenecientes al periodo Formativo tardío (425 a. C.), mostraban consumo de proteínas de animales que no se alimentaban de maíz, lo que sugiere diferencias en los recursos disponibles a lo largo del tiempo.

Una técnica de momificación diferente a la egipcia



Los investigadores también concluyeron que la momificación en la época prehispánica era un proceso artificial e intencional, pero muy diferente al utilizado en Egipto. En lugar de envolver los cuerpos en vendajes individuales, las comunidades indígenas colombianas secaban rápidamente los cuerpos colocándolos en estructuras cercanas al fuego. El calor y el humo eliminaban los fluidos corporales y, una vez parcialmente secos, pero aún flexibles, eran ubicados en posición fetal, cubiertos con textiles, redes de algodón o cuero, y envueltos en fardos.

Esta técnica fue documentada en crónicas españolas y evidencia la importancia que estas sociedades otorgaban a la preservación de sus muertos. Los análisis realizados indican que la mayoría de estas momias datan del siglo XV en adelante, perteneciendo a los muiscas, guanes, laches y chitareros, pueblos de lengua chibcha de la cordillera Oriental.

El hallazgo de estas momias enmascaradas en Cundinamarca representa un avance significativo en la comprensión de las prácticas funerarias prehispánicas en Colombia. Gracias a la combinación de análisis arqueológicos, forenses e históricos, los investigadores han logrado reconstruir parte del pasado de estas comunidades y desmentir creencias erróneas sobre su origen. Este descubrimiento abre nuevas puertas para la investigación y preservación del patrimonio arqueológico del país.

Proceso de momificación



Una de los rasgos más característicos de la civilización egipcia antigua era la

 

 

 

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