Pereira, Colombia - Edición: 13.428-1008

Fecha: Miércoles 05-03-2025

 

 COLUMNISTA

 

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Brazos de Reina II

 

Por: Jotamario Arbeláez

 

Un Naufragio En La Banalidad

 

12 de noviembre

Si Francis Drake o don Pablo Morillo hubieran arribado a Cartagena en pleno reinado de belleza, con toda seguridad que se hubieran devuelto. No eran gente de humor para dedicarle una larga semana a la contemplación de una pierna pretensiosa de implantar la monarquía criolla. Afortunadamente Cartagena sobrevivió a todo tipo de asedios, y el título de La Heroica le sirve para seguir resistiendo.

Y no me refiero a la invasión de las 20 piernonas aspirantes al título de la más hermosa mujer colombiana con jugosos contratos y la posibilidad de coronarse la más bella del universo. Hablo de la invasión desaforada, entre los 812 comunicadores acreditados, en su mayoría periodistas de carné laminado, de los comentaristas de nuevo cuño, reclutados por los medios de comunicación entre las reinas de ayer, desde aquella elegida cuando el universo estaba recién creado, hasta las despampanantes posmodernas Paola Turbay, Carolina Gómez y Paula Andrea Betancur, la imponderable María José Barraza, la inmarchitable Soraya Grisales y la inigualable vecina Astrid Carolina Herrera. Y entre ellas colocamos a la modelo Liana Grethel, una incitación al pecado en ropa interior.

Pero hasta allí no se limitaron los medios. También desmantelaron el plantel de actores de la televisión, y otorgaron el papel de comentaristas, a la suculenta Patricia Ercole, a la turbulenta Ana María Hoyos, a la toda pureza todo candor Danna García, y a los bigotes galantes de Omar Fierro y Braulio Castillo.

Pero los medios tampoco acabaron allí. Para mortificar a las candidatas al reinado, despacharon a las murallas a los cómicos de la lengua Jaime Garzón, Diego León Hoyos y su señora María Leona Domingo Santo, y al par de ancianos también travestidos Tola y Maruja. Porque en Colombia el humor ha terminado en consistir en que los chistosos se pongan senos postizos.

 

Pero allí no se quedan los medios, y el más importante periódico del país dispuso que viajara a hacer también de comentarista un poeta nadaísta que también posa de humorista.

Los periodistas de verdad nos miran de reojo como si a pesar de nuestras lociones oliéramos a apestados. Y hasta razón tendrán. La revolución que no hizo la guerrilla ni los estudiantes de la Nacional se operó en los medios de comunicación sustituyendo periodistas por advenedizos. Son los gajes de la posmodernidad.

 

Por mi parte me he sentido a mis anchas. Un escritor contestatario con gorra de capitán en un yate (“Ya te tengo”) rumbo a las islas del Rosario al amanecer repugna al espíritu de los intelectuales del otro bando. La función del intelectual debe ser, se dice, denunciar hasta que le tapen la boca con cal o tierra, los oprobios contra los infelices condenados de la tierra. Cómo no! A ese paso vamos a terminar más bizcos que Sartre y sin Nobel qué rechazar.

 

Poeta sin pelos. Se me está criticando que cambie la nave de la poesía por el submarino de la superficialidad, al sentarme a manteles con los rostros más bellos que de otra manera juntos no se contemplarían sino en las revistas. Pero la poesía no se deja nunca, como no se deja el vestido, así uno se lo quite todos los días.

 

 

 

No sé qué contradicción pueda verse en que un poeta sin pelos en la lengua y unos pocos en la cabeza se vaya a Cartagena como comentarista fatuo de EL TIEMPO, a codearse con la crema más dental del país y a jugar a ponerle la cola al burro del reinado, con el objeto sexual de escribir algunas notículas para los devoradores de mitos.

 

En virtud de este viaje a los claustros de Santa Clara, al Centro de Convenciones y a la oficina del Alcalde Guillo Paniza, se me han subido como leche los humos y las acciones. A partir de este naufragio en la banalidad comienzan a reaccionar como debían las otrora beldades inconquistables. Si no paga el pecado, ahora tampoco hay que pagar por pecar. No hay tentación en que no caiga y de la que no me levante cada mañana más feliz a la ducha. Las mil y una noches son pocas y más pocas las once mil.

 

Con la grabadora ocupando el bolsillo de los cigarros, una canción de Police tenuemente silbada bajo la lluvia y un llaverito de plata girando en el índice, me hundo en la noche del Laguito pensando cuál será la próxima beldad que me alargue una copa de lo que sea, mientras sondeo su pensamiento. Porque las bellezas también piensan, así sea en su sapo o príncipe azul. Aunque a cientos de kilómetros, en el Café, amigos y enemigos censuren los extremos de liviandad mental a que ha descendido el poeta coronado por Colcultura, al dedicarse a interviuvar las nalgas que mejoran la imagen de Colombia en las descontaminadas playas de Cartagena.

13 de noviembre de 1995

En Cartagena nadie se baña en el mar. Prefieren el cloro de las piscinas al mercurio oceánico. O sea que tengo el agua del Caribe para mí solo, para mis baños medicinales contra la gota y el estrés. Con mayor razón ayer todo el mundo se agolpó alrededor de las recién estrenadas piscinas del Hilton, donde las 20 beldades desfilaron en traje de Eva después de haberse comido la manzana, es decir en traje de baño. No sé qué ojos bailan más, si los de los miembros del jurado, los del alcalde Paniza o los del comentarista apócrifo.

Definitivamente Córdoba, y después morir. Esta niña Fhara porta el pararrayos de todas las miradas eléctricas. Dios le conserve largo tiempo tan alentado glutamen, para satisfacción de los colombianos, a quienes tan pocas atracciones de bulto nos quedan por contemplar.

Angela Franchesca, la palma del Chocó, con la belleza singular de su raza, produce una conmoción molecular bajita a quien se encuentra con sus ojos profundos y se decide a ascender en la sedosa contemplación de su piel ahumada.

 

María Fernanda de Bolívar, con la seguridad de quien reina en su casa, exhibe sus seguros atributos, de los cuales los que toma más a pecho son la belleza de su ídem y de su rostro. La otra María Fernanda, la del Cauca, haría bien en encomendarse a la niña de Piendamó. Norte de Santander, Claudia Inés, desfila con toda seguridad hacia el trono de la belleza, portando como edecanes incuestionables sus dos ojos, sus dos pechos, sus dos nalgas y sus dos novios.

 

Me toca suspender la contemplación del festival de la carne fina, la carne perfumada y la carne amada, porque debo enviar este informe antes de que me cierren la página. Coitus interruptus.

Antenor, el jefe de botones del Hilton, me informa que en una playa de Puerto Colombia encontraron el libro de un tal Cioran, marcado con mi nombre, y con una frase subrayada: Perecer. Esta palabra que amo entre todas y que, curiosamente, no me sugiere nada irreparable. Se supone que el portador del libro se tiró al mar. Para no causar preocupaciones innecesarias, callo que el portador del libro era el botones al que se lo presté trasantier.

 

 

 

 

Adiós Tatiana. Hoy una nueva reina de la belleza estrenará par de lágrimas sobre sus ojos triunfadores. Una nueva Teresa de Calcuta se encargará de nuestros pobres, en los espacios que le dejen sus compromisos comerciales. Caerá la cortina sobre el Reinado. Y que continúen los cueros al sol en el proceso 8000.

 

 

14 de noviembre de 1995

Hoy hace diez años un alud de lodo procedente de un volcán derretido sepultó a Armero con todos sus laboriosos habitantes y numerosos animales. Algunos de los sobrevivientes de esa tragedia aún no tienen dónde reclinar la cabeza. Lo siento por ellos. No puede haber algo más triste que ver desaparecer un pueblo de la faz de la tierra bajo la misma tierra. Se me presenta en la memoria la imagen de la niña Omaira Sánchez esperando la muerte agarrada a un neumático inflado. Pero como estamos en el país donde es flaco el recuerdo y poderosos los medios de comunicación, esa imagen me es transformada por una disolvencia lenta, en el Centro de Convenciones de la Ciudad Heróica, en la de la ganadora del Concurso Nacional de la Belleza, a quien la publicidad se encargará de sepultar en un alud de dólares.

 

Hubo otra reina, la popular Soledad Esther García Ospín, cuya belleza conocí en el desfile de carrozas, pero que no clasificó para el de balleneras ni para las reuniones en clubes -el contentillo para el pueblo a falta de buscaniguas-, quien a pesar de no acceder a ningún contrato publicitario con Jolie de Vogue, recibió de su pueblo y de mi corazón populista las máximas manifestaciones de emoción a su paso.

 

Nunca tuve candidata favorita ni traté de forzar al jurado con sugerencias. Como dice sabiamente el presidente Samper, me atengo al fallo de los jueces.

E.M. Cioran, hijo de un pope ortodoxo, nació en Rumania en 1911 y murió este año en París. Todos sus libros son una incitación a perder la vida. El mismo decía que sobrevivir a un libro destructor es tan penoso para el lector como para el autor. Tengo susto de que el botones a quien le presté el tomo de El inconveniente de haber nacido, haya corrido la peor de las suertes. Es intolerable un suicidio en pleno carnaval de la vida y de la belleza. Espero que mi querido botones del Hotel, antes de tomar la fatal determinación que le conduciría mar afuera, haya leído esta frase: “Desembarazarse de la vida es privarse de la satisfacción de reírse de ella”.

Hoy comienzan a desalojar el Hilton cientos de nalgas perfumadas, contando modistos, novios de reinas y maquilladores. Se despiden periodistas y sustitutos. Los camarógrafos de televisión con sus ex-reinas, actores y hazmerreires, graduados de super periodistas del espectáculo. Dejamos la ciudad prácticamente deshabitada, y en ella a Raimundo Angulo contando las ganancias y al alcalde Guillo Paniza esperando que al fin reviente el presupuesto. Felicitaciones a él, el alcalde del país en quien tengo todas mis complacencias, no por lo que ha hecho por Cartagena, tal vez menos de lo esperado por sí mismo, sino por lo que le tocará hacer a partir de ahora.

 

 

 

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