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Especial

 

Pereira, Colombia - Edición: 13.416-996

Fecha: Jueves 13-02-2025

 

MURALES

  

 

Por: Ana María Gómez

 

Últimamente he visto muchos murales. Grandes paredes pintadas. Fachadas de casas y edificios. Avenidas.


Parece existir un horror vacui muy acentuado. Los temas tratados son por lo común ecológicos y feministas. Me aburren un poco, la verdad.


Es evidente que los pintores saben lo que hacen. Hay buena proporción en el dibujo, buena técnica del color, aplicación adecuada de la pintura... pero no se arriesgan a hacer algo propio y diferente.


Puedo estar equivocada claro, y lo que sucede es que estos murales respetan el gusto de quien los contrata. Se nota poca libertad de expresión. Una lástima.


Hay un mural que me gusta mucho en Santa Rosa de Cabal. Está medio escondido en la pared trasera de una trilladora o algo así, a la salida hacia Pereira por la carrera 17. Es un ser con características antropoides, de miembros largos y delgados. Un monstruo mitológico. No logro encontrar ninguna reseña de esta obra entre el registro de murales de Santa Rosa.


En los años 80, en Manizales se hicieron dos pares de murales que dieron mucho de qué hablar. Hablar bien.


En la Plaza de Bolívar, el maestro Guillermo Botero creó en 1.987 dos murales: Preludio de lanzas llaneras y Vientos de libertad sobre el 20 de Julio, en cerámica vidriada de vivos colores sobre un fondo color ladrillo. Las figuras encarnan personajes del drama histórico de la independencia y la lucha que siguió. A mí me agradan particularmente los caballos encabritados que confieren dramatismo.

 


Me gusta el conjunto porque no es 

panfletario.

 

Solía pasar por la plaza y ver desde la gobernación los dos murales como

 

 

 

protagonistas, teniendo al fondo la Catedral y a un lado el Bolívar Condor de Arenas Betancourt.

 

Por la misma época, en el Parque de los Enamorados (Avenida Santander, Barrio San Jorge) hoy llamado Parque de la Mujer, el maestro manizaleño Luis Guillermo Vallejo pintó otro par de murales hiperrealistas. Cada uno mostraba una casa antigua de dos pisos, con chambranas, como las que se veían en Manizales cuando estaba construida de bahareque. En los corredores, adornados con materas y puertas y ventanas de madera calada, se asomaban mujeres espiando la llegada del novio. Eran tan realistas que daba placer caminar por la carrera 23 y ver a cierta distancia ese escenario del pasado. Mi mamá decía que se sentía en la Salamina de los 50 cuando charlaba con mi papá desde la ventana. Y eso es muy importante. Una obra que le habla a la gente. Una obra que permite a quien la contempla, una conexión emocional y/o intelectual. Desafortunadamente, los dos murales del maestro Vallejo estaban muy deteriorados la última vez que los vi.

 


Los murales existen desde hace milenios y en prácticamente todo el mundo. Las pinturas rupestres son los murales más antiguos, de hace 40.000 años. Son obras elaboradas en paredes y a veces techos de cuevas en ocasiones profundas y difíciles de acceder.


En esos tiempos la preocupación del hombre era la cacería y ese es el tema regular de sus pinturas: siervos, bisontes, caballos, mamuts. Una forma de propiciar y atraer la captura de estas presas.

 
Tanto los egipcios, como los pueblos mesopotámicos - Asiria,  Babilonia- desarrollaron el arte mural en gran escala. En el caso de Egipto los murales solían situarse en los templos o en las tumbas.


Las paredes de las cámaras funerarias egipcias cumplían con el deber de cubrir por medio de la representación pictórica, las necesidades del difunto en el más allá: alimentos, muebles, jardines con estanques llenos de peces, ganado, campos de trigo y

por supuesto siervos que hagan el trabajo. También se cubrían las paredes de escritura

jeroglífica con textos importantes en el más allá. Es interesante porque estos murales no fueron hechos para que los viera un público. Eran imágenes privadas. Solo el difunto disfrutaría de ellas.


En los templos también aparecen

representaciones heroicas y monumentales de dioses y faraones, con profusión de color. Todo rodeado de jeroglíficos.

 

Otro tanto en muros de murallas en Babilonia y Asiria. Estos muros con animales mitológicos, dioses y reyes vencedores, tenían que producir temor, sumisión y veneración.

 

 

 

Desde el siglo IV, la Iglesia pudo por fin, construir sus edificios de culto, con murales trabajados en mosaico de influencia bizantina.

 


Y a lo largo del románico los murales de las iglesias, hechos al fresco tenían una motivación pedagógica. Los fieles, en su mayoría analfabetos, podían entender las Escrituras por las historias representadas en los muros de las iglesias.


Y doy un salto en el tiempo para llegar a México a principios del siglo XX. El muralismo mexicano revistió de reivindicaciones sociales y políticas la técnica del mural. Artistas como Rivera, Siqueiros y Orosco.

 


En Colombia Pedro Nel Gómez creó murales con una gran influencia mexicana. Indigenismo, luchas laborales, etc.


Y vuelvo al presente. Murales por todos lados. Y eso es bueno porque nos llenamos de color, y recordamos qué bonita es nuestra fauna.


Pero me encantaría volver a ver un mural diferente, que me asombre y me cuente una historia. Un mural que hable de su creador.


O tal vez debo mirar mejor.

 

 

 

 

  

 

 

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