Pereira, Colombia - Edición: 13.795-1375

Fecha: Viernes 10-04-2026

 

 COLUMNISTA

 

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NOSOTROS Y LAS PLANTAS

 

 

Por: Iván Roberto Pulido G.

 

Existe una pregunta que la ciencia tardó en formular con seriedad, quizás porque su respuesta desafía los límites que trazamos entre lo vivo y lo consciente, ¿Son las plantas tan distintas de nosotros?

 

La biología contemporánea responde con una incomodidad hermosa, no tanto, bajo la aparente quietud de una hoja ocurren procesos que resuenan con asombrosa familiaridad, respiran, producen hormonas, perciben, se comunican, se reproducen y mueren.

 

No como nosotros, pero sí bajo una lógica paralela, caminos distintos resolviendo los mismos desafíos fundamentales y en esa convergencia silenciosa se revela algo mayor que la biología, el universo entero parece organizado en torno a un solo impulso, tenaz y antiguo, la persistencia de la vida en equilibrio.

Respiramos lo mismo, pero en direcciones opuestas, humanos y plantas comparten la misma maquinaria molecular, glucólisis, ciclo de Krebs, transporte de electrones, misma ruta, misma química, misma finalidad, la diferencia está solo en el intercambio visible, nosotros inhalamos oxígeno y exhalamos carbono sin pausa; las plantas, con la luz, invierten el flujo, no somos opuestos, somos complemento.

Durante millones de años nos hemos estado respirando mutuamente, tejiendo entre todos los seres vivos una respiración colectiva, un equilibrio que ninguno sostiene solo, las estomas poros diminutos en las hojas se abren y se cierran según el entorno, regulando ese intercambio con una precisión que ningún ingenio humano ha igualado, no son pulmones, pero cumplen su función de adaptarse para permanecer.


Los humanos segregamos hormonas en glándulas; las plantas las producen en cada tejido, sin órganos especializados, pero con una precisión que asombra, las auxinas orientan el crecimiento hacia la luz, las citoquininas sostienen la división celular y retrasan el envejecimiento, el ácido abscísico emerge en la adversidad sequía, frío, daño e induce reposo y defensa, el etileno, invisible y gaseoso, marca el paso del tiempo, madura frutos, acelera el declive, anuncia la caída, es la hormona del destino.

En ambos reinos, la vida se regula con señales químicas que ordenan el crecimiento, la pausa y el final, cambian los nombres; no la función, más aún, plantas y humanos comparten moléculas funcionalmente equivalentes a neurotransmisores como la serotonina o la dopamina, la evolución por rutas distintas, llegó a soluciones semejantes.
Sentir, al parecer, no requiere nervios, la planta dormidera Mimosa púdica se retrae al contacto, la venus atrapamoscas distingue estímulos y decide cuándo cerrarse, el girasol sigue al sol con precisión silenciosa, ninguna piensa, pero todas responden.


Cuando una planta es dañada, señales eléctricas recorren sus tejidos y activan defensas a distancia, no hay cerebro, pero hay coordinación, no hay dolor consciente tal como lo concebimos, pero sí una respuesta organizada, proporcionada, inteligente en su forma más esencial.


Lo que esto revela es filosóficamente incómodo, quizás la conciencia no es condición de la experiencia, sino apenas una de sus versiones, la planta siente el mundo sin nombrarlo, lo procesa sin interpretarlo, y responde sin deliberar.


Experimentos rigurosos demuestran que algunas plantas dejan de reaccionar ante estímulos repetidos que no representan peligro real, sin neuronas, sin sinapsis, sin mente como la concebimos… pero con memoria.

Su sensibilidad no está centralizada: está distribuida en cada célula, extendida por cada tejido, es otra forma de conciencia, acaso más sabia en su silencio.

Las plantas no guardan silencio, hablan en química, en electricidad, en intercambio invisible, cuando un árbol es atacado, libera compuestos volátiles que alertan a sus vecinos; y estos, sin haber sido tocados, se

 

 

 

preparan para su defensa, un lenguaje sin palabras, pero con significado preciso.

 

Bajo tierra, los hongos micorrícicos tejen redes que conectan raíces de distintas especies; por ellas circulan nutrientes e información, y los árboles viejos alimentan a los jóvenes con una generosidad que no pide nombre, el bosque no es un conjunto de individuos, es un sistema que conversa, que cuida, que se sostiene a sí mismo, y en esa imagen está, quizás, la metáfora más honesta de lo que somos, no organismos aislados compitiendo por sobrevivir, sino nodos de una red que solo funciona entera.

 

La reproducción es el impulso más profundo de la vida, y aquí la similitud esencial entre plantas y humanos, a través de flores y polinización, las plantas combinan material genético para generar variabilidad, el principio es idéntico al nuestro, dos aportes, una nueva vida, las flores seducen con colores y aromas no por estética, sino estrategia de negociación simbiótica perfecta con insectos, aves y viento, alimento a cambio de transporte genético.

La semilla es promesa: un organismo en pausa, protegido, aguardando el momento exacto para comenzar. La vida, también, aprende a esperar.

 

Las plantas envejecen como nosotros, acumulación de daño, pérdida de eficiencia, desgaste gradual, las hojas viejas no caen por abandono; la planta recupera lo valioso antes de soltarlas, el declive no es su rendición, es una sabia administración.

La muerte celular programada existe en ambos reinos, en nosotros protege; en las plantas construye, los vasos conductores nacen de células que se sacrifican para que fluya la vida por sus canales, morir para ellas también es servir.

Y cuando la planta completa su ciclo, no desaparece, se transforma, regresa al suelo, nutre nuevas vidas, la muerte no es ruptura, es la forma de su continuidad, la naturaleza no derrocha: recicla, transforma y perpetua.


Existe la creencia casi instintiva de que las plantas responden al afecto humano, que florecen con más generosidad si las habitamos con ternura, la verdad es más sutil, y más inquietante, las plantas no reconocen palabras ni intenciones, pero perciben vibraciones, contacto, luz, equilibrio, cuando alguien las cuida con dedicación, algo real ocurre el agua llega a tiempo, el ambiente se ordena, y la planta responde, lo que llamamos gratitud no es más que coherencia biológica, el universo, indiferente al nombre que le damos, simplemente obedece.


Y sin embargo, algo se transforma, no en ellas, sino en quien cuida, porque atender la vida con constancia y presencia es, también, un acto filosófico, obliga a salir de uno mismo, a percibir al otro en su silencio, a reconocer que existe un mundo que no nos necesita para vivir, pero que responde cuando nos acercamos con equilibrio.

 

Tal vez por eso cuidar enseña lo que pocas palabras logran, que la vida no se conquista ni se posee, solo se acompaña, y aprendemos, sin saberlo, la lección más antigua del universo, todo lo que persiste, es porque se cuida.

 

Comparar plantas y humanos no es una curiosidad científica, es una invitación a ver con más amplitud, que respiramos con la misma química, nos regulamos con señales similares, respondemos al entorno, nos comunicamos, nos reproducimos, envejecemos y morimos bajo principios compartidos.

Y lo mismo con variaciones incontables, puede decirse de las bacterias, los hongos, los animales, los océanos, los ciclos del clima, el movimiento de los astros que regulan las mareas y las estaciones, todo converge hacia el mismo punto, la persistencia de la vida en equilibrio, no es metáfora, sino una lógica profunda del universo.

 

Cada organismo que respira, cada red que se forma bajo tierra, cada semilla que espera, cada célula que se sacrifica para que otras florezcan, obedece a ese único imperativo que la evolución ha ensayado durante miles de millones de años sin descanso, la vida no compite contra sí misma, se sostiene.

 

Cuando una planta nos resulta familiar, no es imaginación, es memoria biológica, es el reconocimiento, profundo y antiguo, de que compartimos origen, propósito y destino con todo lo que existe, en cada hoja que respira, en cada raíz que busca, en cada árbol que envejece con dignidad.

 

 

 

 

Hay un espejo verde y si sabemos mirarlo, comprendemos algo que ninguna filosofía ha podido mejorar, somos vida cuidando vida, en un universo que aprendió a persistir a través de nosotros.

 

DE AQUÍ Y DE ALLÁ.

 

 

Por: Otoniel Parra Arias.

 

LA NAVE “MI POBRE COLOMBIA”, LANZA DRAMÁTICO S.O.S.

 

Con tantos errores garrafales, algunos de consecuencias mortales para centenares de personas por acciones mal encausadas o por omisión maliciosa, el presidente Gustavo Petro, máximo comandante de esta averiada y encallada nave que yace al vaivén de las olas, bajo el apodo de “Mi pobre Colombia.”, ya fuera tiempo de que él, como máximo responsable del triste destino de esta nao, hubiera izado la banderita de pedido internacional de auxilio para el socorro de algunos bergantines que se hubieran acercado barcos amigos con elementos de ayuda para el resto de la tripulación sedienta, y víctima del escorbuto que aún se arrastran por la borda principal que en un pasado no tan lejano albergara momentos más felices y dignos de enmarcar en el álbum de los gratos recuerdos.

En efecto incluso el experto comandante tuvo la oportunidad de subir a ese sitial de honor a principios de su gobierno donde pudo dedicarse acompañado de varios brujos de la costa norte a exorcisar demonios de los gobiernos de Derecha que habían contaminado hasta los rincones más desconocidos del fenomenal barco con sus sucios manejos y tejemanejes arrebatados a las ínsulas más satánicas y perversas del mundo esotérico, según su relato.

Esos “baños” de agua y lociones místicas sin embargo se le fueron en demasiados años, siendo que tenía solo cuatro de plazo para esta clase de brebajes y creencias místicas que algunos calificaron como exagerados y fruto de antiguas leyendas que ya los más sabios indígenas sabían que tenían poca utilidad para estos tiempos rebeldes del Chat GPT., y la Inteligencia Artificial.

 

 

Sin embargo el capitán de la averiada nave “Mi pobre Colombia”., seguía en su mundo onírico del pasado hablando a veces con un malgeniado García Márquez entre mariposas amarillas en su mundo extasiado de “Cien Años de Soledad”, con un Aureliano Buendía poco dispuesto a perder el tiempo con visitantes del futuro tan desnortados como el difícil señor Petro.

Por eso decidió en mala hora creemos nosotros tomar espada en mano hacia otra nave que trataba de sostenerse en medio de las dificultades del mar picado del norte colombiano, con el espíritu del Almirante José Vicente Padilla a quien trató de convencer de una reivindicación histórica a su egregio nombre, pero ahora sí, con el éxito asegurado, pues el ilustre capitán Petro, tomaría en cuerpo y alma una representación actoral nada menos que del presidente de Colombia convertido por efectos de su poderío como dueño de todo en este país, en actor protagónico en una cinta destinada a dejar como pálido recuerdos a “El Padrino” y “Lo que el viento se llevó.”

Al asunto como que no llegó a mayores, pero parece que le esperan éxitos un tanto lejanos.

Por lo pronto los oficiales que aún conservan su idoneidad y señorío, en la destartalada nave “Mi pobre Colombia”, le han recordado a su comandane, que por favor recuerde su importancia como capitán de este ente marino para que trate de frenar el despelote que hay en materia de pasaportes y en general los desaciertos y dislates en los tratos con otros personajes del nivel internacional como la Banca Internacional.

Jueves 09 de Abril de 2026.

 

 

 

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