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NOSOTROS Y LAS
PLANTAS

Por: Iván Roberto Pulido
G.
Existe una pregunta que la ciencia tardó en formular con seriedad,
quizás porque su respuesta desafía los límites que trazamos entre lo
vivo y lo consciente, ¿Son las plantas tan distintas de nosotros?
La biología contemporánea responde con una incomodidad hermosa, no
tanto, bajo la aparente quietud de una hoja ocurren procesos que
resuenan con asombrosa familiaridad, respiran, producen hormonas,
perciben, se comunican, se reproducen y mueren.
No como nosotros, pero sí bajo una lógica paralela, caminos
distintos resolviendo los mismos desafíos fundamentales y en esa
convergencia silenciosa se revela algo mayor que la biología, el
universo entero parece organizado en torno a un solo impulso, tenaz
y antiguo, la persistencia de la vida en equilibrio.
Respiramos lo mismo, pero en direcciones opuestas, humanos y
plantas comparten la misma maquinaria molecular, glucólisis, ciclo
de Krebs, transporte de electrones, misma ruta, misma química, misma
finalidad, la diferencia está solo en el intercambio visible,
nosotros inhalamos oxígeno y exhalamos carbono sin pausa; las
plantas, con la luz, invierten el flujo, no somos opuestos, somos
complemento.
Durante millones de años nos hemos estado respirando
mutuamente, tejiendo entre todos los seres vivos una respiración
colectiva, un equilibrio que ninguno sostiene solo, las estomas
poros diminutos en las hojas se abren y se cierran según el entorno,
regulando ese intercambio con una precisión que ningún ingenio
humano ha igualado, no son pulmones, pero cumplen su función de
adaptarse para permanecer.
Los humanos segregamos hormonas en glándulas; las plantas las
producen en cada tejido, sin órganos especializados, pero con una
precisión que asombra, las auxinas orientan el crecimiento hacia la
luz, las citoquininas sostienen la división celular y retrasan el
envejecimiento, el ácido abscísico emerge en la adversidad sequía,
frío, daño e induce reposo y defensa, el etileno, invisible y
gaseoso, marca el paso del tiempo, madura frutos, acelera el
declive, anuncia la caída, es la hormona del destino.
En ambos reinos, la vida se regula con señales químicas que
ordenan el crecimiento, la pausa y el final, cambian los nombres; no
la función, más aún, plantas y humanos comparten moléculas
funcionalmente equivalentes a neurotransmisores como la serotonina o
la dopamina, la evolución por rutas distintas, llegó a soluciones
semejantes.
Sentir, al parecer, no requiere nervios, la planta dormidera
Mimosa púdica se retrae al contacto, la venus atrapamoscas distingue
estímulos y decide cuándo cerrarse, el girasol sigue al sol con
precisión silenciosa, ninguna piensa, pero todas responden.
Cuando una planta es dañada, señales eléctricas recorren sus
tejidos y activan defensas a distancia, no hay cerebro, pero hay
coordinación, no hay dolor consciente tal como lo concebimos, pero
sí una respuesta organizada, proporcionada, inteligente en su forma
más esencial.
Lo que esto revela es filosóficamente incómodo, quizás la
conciencia no es condición de la experiencia, sino apenas una de sus
versiones, la planta siente el mundo sin nombrarlo, lo procesa sin
interpretarlo, y responde sin deliberar.
Experimentos rigurosos demuestran que algunas plantas dejan
de reaccionar ante estímulos repetidos que no representan peligro
real, sin neuronas, sin sinapsis, sin mente como la concebimos… pero
con memoria.
Su sensibilidad no está centralizada: está distribuida en
cada célula, extendida por cada tejido, es otra forma de conciencia,
acaso más sabia en su silencio.
Las plantas no guardan silencio, hablan en química, en
electricidad, en intercambio invisible, cuando un árbol es atacado,
libera compuestos volátiles que alertan a sus vecinos; y estos, sin
haber sido tocados, se
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preparan para su defensa, un lenguaje sin palabras, pero con significado
preciso.
Bajo tierra, los hongos micorrícicos tejen redes que conectan raíces
de distintas especies; por ellas circulan nutrientes e información,
y los árboles viejos alimentan a los jóvenes con una generosidad que
no pide nombre, el bosque no es un conjunto de individuos, es un
sistema que conversa, que cuida, que se sostiene a sí mismo, y en
esa imagen está, quizás, la metáfora más honesta de lo que somos, no
organismos aislados compitiendo por sobrevivir, sino nodos de una
red que solo funciona entera.
La reproducción es el impulso más profundo de la vida, y aquí la
similitud esencial entre plantas y humanos, a través de flores y
polinización, las plantas combinan material genético para generar
variabilidad, el principio es idéntico al nuestro, dos aportes, una
nueva vida, las flores seducen con colores y aromas no por estética,
sino estrategia de negociación simbiótica perfecta con insectos,
aves y viento, alimento a cambio de transporte genético.
La semilla es promesa: un organismo en pausa, protegido,
aguardando el momento exacto para comenzar. La vida, también,
aprende a esperar.
Las plantas envejecen como nosotros, acumulación de daño, pérdida de
eficiencia, desgaste gradual, las hojas viejas no caen por abandono;
la planta recupera lo valioso antes de soltarlas, el declive no es
su rendición, es una sabia administración.
La muerte celular programada existe en ambos reinos, en
nosotros protege; en las plantas construye, los vasos conductores
nacen de células que se sacrifican para que fluya la vida por sus
canales, morir para ellas también es servir.
Y cuando la planta completa su ciclo, no desaparece, se
transforma, regresa al suelo, nutre nuevas vidas, la muerte no es
ruptura, es la forma de su continuidad, la naturaleza no derrocha:
recicla, transforma y perpetua.
Existe la creencia casi instintiva de que las plantas
responden al afecto humano, que florecen con más generosidad si las
habitamos con ternura, la verdad es más sutil, y más inquietante,
las plantas no reconocen palabras ni intenciones, pero perciben
vibraciones, contacto, luz, equilibrio, cuando alguien las cuida con
dedicación, algo real ocurre el agua llega a tiempo, el ambiente se
ordena, y la planta responde, lo que llamamos gratitud no es más que
coherencia biológica, el universo, indiferente al nombre que le
damos, simplemente obedece.
Y sin embargo, algo se transforma, no en ellas, sino en quien
cuida, porque atender la vida con constancia y presencia es,
también, un acto filosófico, obliga a salir de uno mismo, a percibir
al otro en su silencio, a reconocer que existe un mundo que no nos
necesita para vivir, pero que responde cuando nos acercamos con
equilibrio.
Tal vez por eso cuidar enseña lo que pocas palabras logran, que la
vida no se conquista ni se posee, solo se acompaña, y aprendemos,
sin saberlo, la lección más antigua del universo, todo lo que
persiste, es porque se cuida.
Comparar plantas y humanos no es una curiosidad científica, es una
invitación a ver con más amplitud, que respiramos con la misma
química, nos regulamos con señales similares, respondemos al
entorno, nos comunicamos, nos reproducimos, envejecemos y morimos
bajo principios compartidos.
Y lo mismo con variaciones incontables, puede decirse de las
bacterias, los hongos, los animales, los océanos, los ciclos del
clima, el movimiento de los astros que regulan las mareas y las
estaciones, todo converge hacia el mismo punto, la persistencia de
la vida en equilibrio, no es metáfora, sino una lógica profunda del
universo.
Cada organismo que respira, cada red que se forma bajo tierra, cada
semilla que espera, cada célula que se sacrifica para que otras
florezcan, obedece a ese único imperativo que la evolución ha
ensayado durante miles de millones de años sin descanso, la vida no
compite contra sí misma, se sostiene.
Cuando una planta nos resulta familiar, no es imaginación, es
memoria biológica, es el reconocimiento, profundo y antiguo, de que
compartimos origen, propósito y destino con todo lo que existe, en
cada hoja que respira, en cada raíz que busca, en cada árbol que
envejece con dignidad.
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Hay un espejo verde y si sabemos mirarlo, comprendemos algo que
ninguna filosofía ha podido mejorar, somos vida cuidando vida, en un
universo que aprendió a persistir a través de nosotros.
DE AQUÍ Y DE ALLÁ.

Por: Otoniel Parra Arias.
LA NAVE “MI POBRE COLOMBIA”,
LANZA DRAMÁTICO S.O.S.
Con tantos errores
garrafales, algunos de consecuencias mortales para centenares de personas por
acciones mal encausadas o por omisión maliciosa, el presidente Gustavo Petro,
máximo comandante de esta averiada y encallada nave que yace al vaivén de las
olas, bajo el apodo de “Mi pobre Colombia.”, ya fuera tiempo de que él, como
máximo responsable del triste destino de esta nao, hubiera izado la banderita de
pedido internacional de auxilio para el socorro de algunos bergantines que se
hubieran acercado barcos amigos con elementos de ayuda para el resto de la
tripulación sedienta, y víctima del escorbuto que aún se arrastran por la borda
principal que en un pasado no tan lejano albergara momentos más felices y dignos
de enmarcar en el álbum de los gratos recuerdos.
En efecto incluso el experto comandante tuvo la oportunidad de subir a ese
sitial de honor a principios de su gobierno donde pudo dedicarse acompañado de
varios brujos de la costa norte a exorcisar demonios de los gobiernos de Derecha
que habían contaminado hasta los rincones más desconocidos del fenomenal barco
con sus sucios manejos y tejemanejes arrebatados a las ínsulas más satánicas y
perversas del mundo esotérico, según su relato.
Esos “baños” de agua y lociones místicas sin embargo se le fueron en demasiados
años, siendo que tenía solo cuatro de plazo para esta clase de brebajes y
creencias místicas que algunos calificaron como exagerados y fruto de antiguas
leyendas que ya los más sabios indígenas sabían que tenían poca utilidad para
estos tiempos rebeldes del Chat GPT., y la Inteligencia Artificial.

Sin embargo el
capitán de la averiada nave “Mi pobre Colombia”., seguía en su mundo onírico del
pasado hablando a veces con un malgeniado García Márquez entre mariposas
amarillas en su mundo extasiado de “Cien Años de Soledad”, con un Aureliano
Buendía poco dispuesto a perder el tiempo con visitantes del futuro tan
desnortados como el difícil señor Petro.
Por eso decidió en mala hora creemos nosotros tomar espada en mano hacia otra
nave que trataba de sostenerse en medio de las dificultades del mar picado del
norte colombiano, con el espíritu del Almirante José Vicente Padilla a quien
trató de convencer de una reivindicación histórica a su egregio nombre, pero
ahora sí, con el éxito asegurado, pues el ilustre capitán Petro, tomaría en
cuerpo y alma una representación actoral nada menos que del presidente de
Colombia convertido por efectos de su poderío como dueño de todo en este país,
en actor protagónico en una cinta destinada a dejar como pálido recuerdos a “El
Padrino” y “Lo que el viento se llevó.”
Al asunto como que no llegó a mayores, pero parece que le esperan éxitos un
tanto lejanos.
Por lo pronto los oficiales que aún conservan su idoneidad y señorío, en la
destartalada nave “Mi pobre Colombia”, le han recordado a su comandane, que por
favor recuerde su importancia como capitán de este ente marino para que trate de
frenar el despelote que hay en materia de pasaportes y en general los
desaciertos y dislates en los tratos con otros personajes del nivel
internacional como la Banca Internacional.
Jueves 09 de Abril de 2026.
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