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Colombia: una
encrucijada desde los años cincuenta

Por: Zahur Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Colombia no está en crisis. Colombia está en una
encrucijada. Y lo más grave no es estar en ella, sino no haber logrado salir en
más de setenta años.
Desde mediados del siglo XX, el país tomó una ruta institucional que, en su
momento, parecía suficiente para organizar la economía, el trabajo y la vida
social. En ese contexto nació el Código Sustantivo del Trabajo de Colombia,
junto con un conjunto de instituciones que buscaban dar estabilidad a una
sociedad que apenas comenzaba a estructurarse.
Pero el tiempo no se detuvo.
La economía cambió. La forma de trabajar cambió. La tecnología transformó la
producción. El mundo se integró. Colombia, sin embargo, mantuvo gran parte de su
arquitectura institucional anclada en esa misma lógica de origen.
Ahí está la encrucijada.
El país avanza en la realidad, pero se queda atrás en sus reglas. Y cuando la
norma no acompaña el cambio, se produce una fractura: lo formal deja de
representar lo real.
Eso es exactamente lo que ocurre hoy.
El sistema laboral protege un tipo de empleo que cada vez es menos común,
mientras millones de colombianos trabajan en condiciones que la ley no reconoce
plenamente. El empresario, por su parte, enfrenta un entorno donde contratar
implica asumir riesgos que no siempre son previsibles. Y el Estado observa una
economía que no logra ordenar ni integrar.
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No se trata de una falla aislada. Es un problema
estructural.
Durante décadas, el país ha intentado resolver esta
situación mediante reformas parciales. Ajustes aquí, modificaciones allá. Pero
ninguna de esas intervenciones ha tocado el fondo del problema: la
incompatibilidad entre el sistema vigente y la realidad contemporánea.
La consecuencia es clara: Colombia vive en una
especie de equilibrio inestable. Ni logra consolidar un modelo moderno, ni
abandona completamente el anterior.
Y en ese punto intermedio, todo se debilita.
La protección laboral pierde efectividad. La formalidad se reduce. La
productividad no despega. La desigualdad se mantiene. Y el debate público se
limita a discutir síntomas, no causas.
Mientras tanto, el mundo avanza hacia sistemas laborales más flexibles,
integrados y centrados en la persona. Modelos donde la protección no depende de
un contrato específico, sino de la trayectoria del trabajador a lo largo de su
vida.
Colombia aún no toma esa decisión.
Salir de esta encrucijada exige algo más que
voluntad política. Requiere reconocer que el problema no es de ajustes, sino de
estructura. Que no basta con reformar lo existente, sino que es necesario
repensarlo.
Porque un país no se transforma corrigiendo sus bordes, sino rediseñando su
centro.
Y ese centro, en Colombia, sigue estando en el pasado.
La verdadera pregunta no es si el país necesita cambios. Eso ya es evidente.
La pregunta es si está dispuesto a hacerlos en serio.
Porque seguir en la encrucijada también es una decisión.
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LEYENDO ENTRE LÍNEAS
Crónica #1338

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Audio:
https://www.spreaker.com/episode/leyendo-entre-lineas-cronica-1338-de-gardeazabal--71551732
No es fácil entender la verdadera motivación de las
controvertidas determinaciones de Petro. Para mi generación leer entre líneas
era una habilidad que se usaba para interpretar los pensamientos e intenciones
ocultas de quien escribía. Cuando El Tiempo estaba en manos de don Eduardo
Santos y ejercía como dueño de la voluntad de este país, muchos colombianos de
provincia aguzaron su herencia de zorros y se fueron convenciendo que una cosa
era lo que decía el ejemplar impreso que llegaba hasta sus remotas regiones, y
otra la verdadera intencionalidad de la noticia o de la columna de opinión.
En otras palabras, el país le creía a El Tiempo, pero desconfiaba de sus
verdaderas intenciones. El paso de los años, los giros que dio la política y la
masiva alfabetización de colombianos fueron difuminando esa prevención sobre el
periódico de los Santos, pero quedó la semilla y por estos días de redes, IA y
Petro, la desconfianza ha vuelto a germinar. El ejemplo es fresco y lleva a
preguntarse qué hay detrás del nombramiento del exalcalde Quintero a la
Supersalud. Parecería que a Quintero le están dando un premio por haber
desbaratado el espíritu ideal de la consulta de la izquierda y facilitado con su
halo fantasmagórico la renuncia del grupo más representativo de los zurdos que
aspiraba a esa candidatura propiciando la entronización de Cepeda, hígado y
cerebro del mamertismo estalinista, contra las opciones progresistas que
enarbolaban los que tuvieron que irse cuando Quintero llegó como ave agorera.
Los colombianos curtidos no creemos a estas horas de la vida que la
gratitud rija las conciencias de Petro o de Cepeda por lo que damos pábulo a
pensar que la verdadera razón está entre líneas y que debe haber a lo menos una
batalla que de sorda ha pasado a ardiente y que los inteligentes malabares
políticos de Petro son para que no lo llamen esquirol. ¿O será mejor preguntarle
a Roy…?

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El Grito del
Sur: ¿Para quién trabaja la ONU?
En un mundo que
parece moverse a la velocidad de la fibra óptica, las instituciones que deberían
velar por nuestra estabilidad parecen haberse quedado ancladas en el siglo
pasado. El reciente y apasionado llamado del presidente brasileño, Luiz Inácio
Lula da Silva, no es solo un discurso político más; es un síntoma de una
desconexión profunda entre el poder global y la realidad cotidiana de los
ciudadanos, especialmente en regiones como América Latina.
Lula ha puesto el dedo en la llaga: la parálisis de las Naciones Unidas ante los
conflictos internacionales no es un concepto abstracto. Cuando se toman
decisiones de guerra o se ignoran las tensiones en Oriente Medio, el efecto
mariposa no tarda en llegar a las mesas de las familias en Bogotá, Ciudad de
México o São Paulo. El aumento en los precios del maíz o la gasolina no es una
casualidad económica, es el costo directo de la inoperancia diplomática. Es,
como bien dice el mandatario, una factura que siempre terminan pagando los más
vulnerables por guerras que nadie pidió.
Desde una perspectiva tecnológica y de actualidad, resulta irónico que vivamos
en la era de la transparencia absoluta y la comunicación instantánea, mientras
que el Consejo de Seguridad de la ONU opera con una opacidad y una rigidez que
recuerdan a la Guerra Fría. La exigencia es clara: o la Carta de la ONU se
cumple y se actualiza para reflejar el mundo multipolar de hoy, o los
responsables deberían dar un paso al costado.
Para Colombia, este debate es vital. Como país que busca consolidar su
infraestructura y su economía digital, la estabilidad global es el suelo sobre
el que construimos. No podemos permitir que la gobernanza mundial siga siendo un
club exclusivo donde las reglas solo se aplican cuando conviene a los poderosos.
La invitación de Lula a leer la Carta de las Naciones Unidas es un llamado a la
alfabetización política global. Es hora de que la arquitectura internacional se
rediseñe con la misma agilidad con la que transformamos nuestras industrias. Si
las instituciones no sirven al propósito de proteger a los más débiles, entonces
su existencia pierde toda legitimidad. El cambio no es una opción, es una
necesidad de supervivencia.
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The Cry of
the South: Who Does the UN Really Work For?
In a world that
seems to move at the speed of fiber optics, the institutions that should
safeguard our stability appear to be stuck in the last century. The recent and
passionate call by Brazilian President Luiz Inácio Lula da Silva is not just
another political speech; it is a symptom of a profound disconnect between
global power and the daily reality of citizens, especially in regions like Latin
America.
Lula has hit a nerve: the paralysis of the United Nations in the face of
international conflicts is not an abstract concept. When decisions of war are
made or tensions in the Middle East are ignored, the butterfly effect quickly
reaches the tables of families in Bogota, Mexico City, or São Paulo. The rise in
prices for corn or gasoline is not an economic coincidence; it is the direct
cost of diplomatic failure. It is, as the leader rightly says, a bill that the
most vulnerable always end up paying for wars that nobody asked for.
From a
technological and current affairs perspective, it is ironic that we live in an
era of absolute transparency and instant communication, while the UN Security
Council operates with an opacity and rigidity reminiscent of the Cold War. The
demand is clear: either the UN Charter is upheld and updated to reflect today's
multipolar world, or those responsible should step aside.
For Colombia, this debate is vital. As a country seeking to consolidate its
infrastructure and digital economy, global stability is the ground upon which we
build. We cannot allow global governance to remain an exclusive club where rules
are only applied when they suit the powerful. Lula's invitation to read the
United Nations Charter is a call for global political literacy. It is time for
the international architecture to be redesigned with the same agility with which
we transform our industries. If institutions do not serve the purpose of
protecting the weakest, then their existence loses all legitimacy. Change is not
an option; it is a necessity for survival.
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Pulisher
Zahur Klemath Zapata
Director
Gongpa Rabsel Rinpoché
Gerente
Laurie Agront
Gerente Operativo
Alba Lucia Arenas V.
Editor
Janier Ándres Aristizábal Calle
Jefe de Redacción
Brahian Stiven Castaño Navales
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Consejeros
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Cecilia Caicedo Jurado
Soporte Tecnológico
Aurooj Ali Khan
Jawaad Malik
Colaboradores
Jotamario Arbeláez
Gustavo Álvarez Gardeazábal
Edgar Cabezas
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Guillermo Navarrete Hernández
Iván Pulido
Agustin Peroz
Cesar Augusto Valencia
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