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Por Rafael Cano Giraldo -1948-1981

Publisher: Zahur Klemath Zapata - 1981 –

 

 

 

Las opiniones expresadas por los columnista son de su exclusiva responsabilidad y no comprometen el pensamiento de El Imparcial

 
 

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EDITORIAL

 

Pereira, Colombia - Edición: 13.808-1388

Fecha: Jueves 23-04-2026

 

Colombia: una encrucijada desde los años cincuenta

 

Por: Zahur Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com

 

Colombia no está en crisis. Colombia está en una encrucijada. Y lo más grave no es estar en ella, sino no haber logrado salir en más de setenta años.

Desde mediados del siglo XX, el país tomó una ruta institucional que, en su momento, parecía suficiente para organizar la economía, el trabajo y la vida social. En ese contexto nació el Código Sustantivo del Trabajo de Colombia, junto con un conjunto de instituciones que buscaban dar estabilidad a una sociedad que apenas comenzaba a estructurarse.

Pero el tiempo no se detuvo.

La economía cambió. La forma de trabajar cambió. La tecnología transformó la producción. El mundo se integró. Colombia, sin embargo, mantuvo gran parte de su arquitectura institucional anclada en esa misma lógica de origen.

Ahí está la encrucijada.

El país avanza en la realidad, pero se queda atrás en sus reglas. Y cuando la norma no acompaña el cambio, se produce una fractura: lo formal deja de representar lo real.

Eso es exactamente lo que ocurre hoy.

El sistema laboral protege un tipo de empleo que cada vez es menos común, mientras millones de colombianos trabajan en condiciones que la ley no reconoce plenamente. El empresario, por su parte, enfrenta un entorno donde contratar implica asumir riesgos que no siempre son previsibles. Y el Estado observa una economía que no logra ordenar ni integrar.

 

 

 

No se trata de una falla aislada. Es un problema estructural.

 

Durante décadas, el país ha intentado resolver esta situación mediante reformas parciales. Ajustes aquí, modificaciones allá. Pero ninguna de esas intervenciones ha tocado el fondo del problema: la incompatibilidad entre el sistema vigente y la realidad contemporánea.

 

La consecuencia es clara: Colombia vive en una especie de equilibrio inestable. Ni logra consolidar un modelo moderno, ni abandona completamente el anterior.

 

Y en ese punto intermedio, todo se debilita.

La protección laboral pierde efectividad. La formalidad se reduce. La productividad no despega. La desigualdad se mantiene. Y el debate público se limita a discutir síntomas, no causas.

Mientras tanto, el mundo avanza hacia sistemas laborales más flexibles, integrados y centrados en la persona. Modelos donde la protección no depende de un contrato específico, sino de la trayectoria del trabajador a lo largo de su vida.

 

Colombia aún no toma esa decisión.

 

Salir de esta encrucijada exige algo más que voluntad política. Requiere reconocer que el problema no es de ajustes, sino de estructura. Que no basta con reformar lo existente, sino que es necesario repensarlo.

Porque un país no se transforma corrigiendo sus bordes, sino rediseñando su centro.

Y ese centro, en Colombia, sigue estando en el pasado.

La verdadera pregunta no es si el país necesita cambios. Eso ya es evidente.


La pregunta es si está dispuesto a hacerlos en serio.

Porque seguir en la encrucijada también es una decisión. 

 

 

 

 

LEYENDO ENTRE LÍNEAS

 

Crónica #1338

 


Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Audio: https://www.spreaker.com/episode/leyendo-entre-lineas-cronica-1338-de-gardeazabal--71551732

 

No es fácil entender la verdadera motivación de las controvertidas determinaciones de Petro. Para mi generación leer entre líneas era una habilidad que se usaba para interpretar los pensamientos e intenciones ocultas de quien escribía. Cuando El Tiempo estaba en manos de don Eduardo Santos y ejercía como dueño de la voluntad de este país, muchos colombianos de provincia aguzaron su herencia de zorros y se fueron convenciendo que una cosa era lo que decía el ejemplar impreso que llegaba hasta sus remotas regiones, y otra la verdadera intencionalidad de la noticia o de la columna de opinión.

En otras palabras, el país le creía a El Tiempo, pero desconfiaba de sus verdaderas intenciones. El paso de los años, los giros que dio la política y la masiva alfabetización de colombianos fueron difuminando esa prevención sobre el periódico de los Santos, pero quedó la semilla y por estos días de redes, IA y Petro, la desconfianza ha vuelto a germinar. El ejemplo es fresco y lleva a preguntarse qué hay detrás del nombramiento del exalcalde Quintero a la Supersalud. Parecería que a Quintero le están dando un premio por haber desbaratado el espíritu ideal de la consulta de la izquierda y facilitado con su halo fantasmagórico la renuncia del grupo más representativo de los zurdos que aspiraba a esa candidatura propiciando la entronización de Cepeda, hígado y cerebro del mamertismo estalinista, contra las opciones progresistas que enarbolaban los que tuvieron que irse cuando Quintero llegó como ave agorera.

Los colombianos curtidos no creemos a estas horas de la vida que la gratitud rija las conciencias de Petro o de Cepeda por lo que damos pábulo a pensar que la verdadera razón está entre líneas y que debe haber a lo menos una batalla que de sorda ha pasado a ardiente y que los inteligentes malabares políticos de Petro son para que no lo llamen esquirol. ¿O será mejor preguntarle a Roy…?
 

 

 

EDITORIAL

 

 

El Grito del Sur: ¿Para quién trabaja la ONU?

 

En un mundo que parece moverse a la velocidad de la fibra óptica, las instituciones que deberían velar por nuestra estabilidad parecen haberse quedado ancladas en el siglo pasado. El reciente y apasionado llamado del presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, no es solo un discurso político más; es un síntoma de una desconexión profunda entre el poder global y la realidad cotidiana de los ciudadanos, especialmente en regiones como América Latina.

Lula ha puesto el dedo en la llaga: la parálisis de las Naciones Unidas ante los conflictos internacionales no es un concepto abstracto. Cuando se toman decisiones de guerra o se ignoran las tensiones en Oriente Medio, el efecto mariposa no tarda en llegar a las mesas de las familias en Bogotá, Ciudad de México o São Paulo. El aumento en los precios del maíz o la gasolina no es una casualidad económica, es el costo directo de la inoperancia diplomática. Es, como bien dice el mandatario, una factura que siempre terminan pagando los más vulnerables por guerras que nadie pidió.

Desde una perspectiva tecnológica y de actualidad, resulta irónico que vivamos en la era de la transparencia absoluta y la comunicación instantánea, mientras que el Consejo de Seguridad de la ONU opera con una opacidad y una rigidez que recuerdan a la Guerra Fría. La exigencia es clara: o la Carta de la ONU se cumple y se actualiza para reflejar el mundo multipolar de hoy, o los responsables deberían dar un paso al costado.

Para Colombia, este debate es vital. Como país que busca consolidar su infraestructura y su economía digital, la estabilidad global es el suelo sobre el que construimos. No podemos permitir que la gobernanza mundial siga siendo un club exclusivo donde las reglas solo se aplican cuando conviene a los poderosos. La invitación de Lula a leer la Carta de las Naciones Unidas es un llamado a la alfabetización política global. Es hora de que la arquitectura internacional se rediseñe con la misma agilidad con la que transformamos nuestras industrias. Si las instituciones no sirven al propósito de proteger a los más débiles, entonces su existencia pierde toda legitimidad. El cambio no es una opción, es una necesidad de supervivencia.

 

   

The Cry of the South: Who Does the UN Really Work For?

 

In a world that seems to move at the speed of fiber optics, the institutions that should safeguard our stability appear to be stuck in the last century. The recent and passionate call by Brazilian President Luiz Inácio Lula da Silva is not just another political speech; it is a symptom of a profound disconnect between global power and the daily reality of citizens, especially in regions like Latin America.

Lula has hit a nerve: the paralysis of the United Nations in the face of international conflicts is not an abstract concept. When decisions of war are made or tensions in the Middle East are ignored, the butterfly effect quickly reaches the tables of families in Bogota, Mexico City, or São Paulo. The rise in prices for corn or gasoline is not an economic coincidence; it is the direct cost of diplomatic failure. It is, as the leader rightly says, a bill that the most vulnerable always end up paying for wars that nobody asked for.

 

From a technological and current affairs perspective, it is ironic that we live in an era of absolute transparency and instant communication, while the UN Security Council operates with an opacity and rigidity reminiscent of the Cold War. The demand is clear: either the UN Charter is upheld and updated to reflect today's multipolar world, or those responsible should step aside.

For Colombia, this debate is vital. As a country seeking to consolidate its infrastructure and digital economy, global stability is the ground upon which we build. We cannot allow global governance to remain an exclusive club where rules are only applied when they suit the powerful. Lula's invitation to read the United Nations Charter is a call for global political literacy. It is time for the international architecture to be redesigned with the same agility with which we transform our industries. If institutions do not serve the purpose of protecting the weakest, then their existence loses all legitimacy. Change is not an option; it is a necessity for survival.

 

 

Pulisher
Zahur Klemath Zapata

Director

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Gerente
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Gerente Operativo
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Editor

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Jefe de Redacción

Brahian Stiven Castaño Navales

 

 

 

Diagramación

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Consejeros

Luis Enrique Arango Jiménez

Cecilia Caicedo Jurado

Soporte Tecnológico
Aurooj Ali Khan

Jawaad Malik

 

Colaboradores

Jotamario Arbeláez
Gustavo Álvarez Gardeazábal

Edgar Cabezas

 

 

 

Gustavo Pérez González

Guillermo Navarrete Hernández
Iván Pulido

Agustin Peroz

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