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Pereira, Colombia - Edición: 13.808-1388 Fecha: Jueves 23-04-2026 |
COLUMNISTA |
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El sol de los últimos días
Por: Jotamario Arbeláez
1
Casto y vegetariano, el amor de la casa, soy todo lo que queda del rabioso cantor de la podredumbre, el hoy pacífico oceánico rompeolas de ayer en el maremágnum. No recomiendo al anarquista las drogas del amor con que está haciéndose presente la divinidad químicamente pura. Los dedos de mis manos no paran de contar satánicos conversos devolviendo en loas los poemas con que injuriaron al Señor y volviendo a la Madre Naturaleza sus miradas y parabienes. Ya no vienen por casa los terroristas.
Pero vienen los ángeles de verdad —gentes no de este mundo ni del otro sino del verdadero mundo en que nos crearon inocentes como el manzano— con sus propios pies pobres realizando el camino, y trayéndome los presentes que el espíritu precia: conocimiento, conos de incienso bengalí, flautas aéreas, pétalos pasos de rosas en miel, útiles túnicas consútiles, piedras lunares, de mares, estampitas alucinantes, alucinógenos, poporos, cueritos trabajados, lotus, zohares, himalayas.
Con esos seres ya no se habla, caminantes que no viajeros —lo contrario al turista—, ni se indaga siquiera por el mundo de amados por el mundo desparramados. Ellos traen la energía de los santos lugares, Machu Pichu, San Agustín, Providencia, La Miel, la Sierra Nevada, los sitios de la tierra que están siendo apuntados desde sistemas paralelos de diferentes soles por potencias de luz que si bien no registran nuestras pantallas son entidades familiares al avanzado perceptor cuya antena es la fe que mueve planetas.
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Una vez me trajeron hongos. Hoy bendigo el pasto rumiado, los
séptuples procesos digestivos de los vacunos, la boñiga caliente
entrando en la atmósfera, las esporas que la fecundan, el flechazo
solar del que brota la amanita muscaria con su carga posible al
contacto de la conciencia de universos más convincentes que el
adánico perpetuado a que el hombre resigna sus potenciales.
El vecino mantiene sus tres pelos de punta a punta de verme cada día recibiendo
pelos más lagos. Y contertulios de su gremio me bombardean, cada que consideran
fin de semana, de atroces músicas costeñas y borrachos acentos el aparato
auditivo. Peluqueados sistemáticamente y con los nudos aflojados de la corbata
juegan plata a lo que da el tejo, ríen de sus chistes genitales, baten a la
salida a mis silenciosos. Y cuando el mundo se serena, cuando el alcohol funde a
los muertos y el sueño a los agonizantes, estos nómadas restituyen al reino de
la noche la noción de la permanencia. No hay policía posible que detenga lo
inevitable: este sol es el último que veremos; el que salga mañana será el mismo
de ayer mas tú serás otro.
Ayer cerré tejado de La montaña mágica, la casa que los ángeles me construyen en las afueras de Villa de Leyva, al frente de la colina en cuya cima la laguna de Iguaque contempla el cielo.
Han pasado 60 años desde que un profeta sin pies ni cabeza pero pensador y
andariego me reclutó para que con él predicara ‘el evangelio de la nueva
oscuridad’ que era el
descreimiento. Se trataba de
limpiar la conciencia del mundo de supercherías y |
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fetiches. De “no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio”. Creo que lo logramos, con la sorpresa de que ahora los que creemos somos nosotros, por lo menos yo siguiendo el ejemplo del profeta que se nos fue exclamando en lugar de mierda Dios mío, cuando un bólido le toteó la cabeza en la carretera hacia Villa de Leyva. Nadie sabe para quién trabaja, ni en esta vida ni desde la otra.
3
No es estar muerto alcanzar la tranquilidad. No hay descanso mayor que entregar las armas. Quien rechaza la paz se hace responsable de las víctimas de la guerra. Acalla los insultos que te terminarán pudriendo la lengua. Ríete de ti mismo cuando sientas que estás muy serio. Haz a los otros lo que quieras que te hagan a ti. Si alguien te pega una palmada en una nalga, pon también la otra. Abstente de predicar lo que no puedas practicar.
Comencé mi misión como un profeta apocalíptico anunciando el fin de los tiempos pero parece que los tiempos no tienen tiempo de acabarse y los que se van acabando son aquellos a quienes les ha tocado medir y vivir el tiempo. Y yo que tenía compradas boletas para la función del Apocalipsis.
Los que amamos la paz pedimos a Su Santidad que excomulgue a todo colombiano que
empuñe un arma. Porque el mandamiento dice: No matarás. |
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