Pereira, Colombia - Edición: 13.917-1497

Fecha: Domingo 23-08-2026

 

 AGROECOLOGÍA

 

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ALGO PRETENDE RECORDARNOS LA NATURALEZA

 

 

POR: IVÁN R. PULIDO G.
Ingeniero Agrónomo – Universidad del Tolima

 

“Una reflexión sobre los terremotos, nuestras intervenciones sobre la naturaleza y la responsabilidad de aprender a vivir con ella”

 

Hay momentos en que la naturaleza parece dejar de ser silenciosa, un terremoto estremece una ciudad, un tsunami transforma una costa en minutos o un río deja de correr, son fenómenos diferentes, con causas diferentes, pero todos pueden conducirnos a una misma pregunta, ¿qué está ocurriendo en nuestra relación con la Tierra?


Los terremotos no son nuevos, la Tierra es un planeta dinámico; sus placas tectónicas se desplazan lentamente y, a lo largo de las fallas geológicas, acumulan energía que puede liberarse súbitamente mediante ondas que atraviesan la corteza terrestre y nosotros sentimos como un terremoto, tiembla porque está viva y continúa transformándose.

Pero mientras la Tierra transforma naturalmente su interior, existe otra realidad que merece atención, también nosotros hemos comenzado a intervenir el subsuelo mediante la minería, la extracción de petróleo y gas, los grandes embalses y determinadas operaciones de extracción o inyección de fluidos, bajo condiciones específicas, estas actividades pueden modificar las presiones y esfuerzos existentes en las formaciones rocosas y favorecer el movimiento de fallas preexistentes, la ciencia denomina a este fenómeno sismicidad inducida.

Por ello, el fracking o fracturación hidráulica merece particular atención, es una técnica que utiliza fluidos a alta presión para crear fracturas en formaciones rocosas profundas y facilitar la extracción de hidrocarburos, los terremotos sentidos directamente asociados con la fracturación hidráulica son poco frecuentes; sin embargo, bajo determinadas condiciones, la actividad puede contribuir a la sismicidad inducida, el Servicio Geológico de los Estados Unidos ha señalado que la disposición profunda de aguas residuales asociadas a la producción de petróleo y gas es, en muchos contextos, más proclive a inducir terremotos que la propia fracturación hidráulica.

La pregunta sobre nuestra intervención en el subsuelo, entonces, no termina en la fracturación de las rocas, también nos obliga a preguntarnos qué hacemos con el agua que extraemos y utilizamos durante estos procesos, en determinados lugares, las aguas residuales de la explotación de hidrocarburos son inyectadas nuevamente a gran profundidad, esa inyección puede aumentar la presión de los fluidos dentro de las formaciones rocosas y cuando existe conexión con una falla sometida a esfuerzos, favorecer su movimiento.

Esto exige rigor, no podemos afirmar que el ser humano sea el provocador de los grandes terremotos tectónicos del planeta,

 

 

 

sí podemos preguntarnos hasta dónde determinadas actividades están modificando las condiciones naturales del subsuelo y generando, en algunos lugares, riesgos que antes no existían o intensificando los que ya estaban presentes.

 

Y aquí aparece una pregunta todavía más profunda, ¿qué estamos haciendo con aquello que no vemos?, enormes reservas naturales de agua, que alimentan manantiales, quebradas, ríos y ecosistemas, que incluso pueden sostener comunidades durante períodos extremos de sequía.

La Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos EPA, ha encontrado evidencia científica de que determinadas actividades del ciclo del fracking pueden afectar los recursos de agua potable bajo ciertas circunstancias, entre ellas los derrames, problemas en la integridad de los pozos, la gestión correcta de las aguas producidas, determinadas formas de almacenamiento, disposición o tratamiento de las aguas residuales, la propia EPA reconoce, que existen incertidumbres y vacíos de información que dificultan evaluar completamente estos impactos a escala local y nacional.

Esto no significa que inevitablemente toda operación de fracking contamine un acuífero; se plantea algo mucho más profundo, al intervenir sistemas naturales cuya dinámica aún no podemos observar ni comprender por completo, la responsabilidad debería comenzar antes de que ocurra el daño y la prevención anticiparse al riesgo.

La pregunta va más allá del hidrocarburo que queremos extraer, ¿cuánto estamos dispuestos a arriesgar de las reservas de agua que necesitarán quienes todavía no han nacido?, quizá una de las contradicciones de nuestra época sea esa, valorar aquello que podemos extraer rápidamente, pero no siempre aquello que la naturaleza tardó siglos o milenios en construir.

Y el problema adquiere entonces una dimensión mucho mayor que un terremoto, mientras intervenimos el subsuelo, también transformamos aceleradamente la superficie que sostiene nuestra vida, deforestamos, degradamos suelos, agotamos acuíferos, alteramos ríos, perdemos humedales y manglares, y enfrentamos períodos de sequía que presionan nuestras reservas de agua.

No significa que la deforestación provoque terremotos, que una sequía active una falla o que la pérdida de un glaciar genere por sí misma un gran sismo, son procesos científicos diferentes que debemos respetar, pero si nos hablan de algo que todos tenemos en común, nuestra creciente vulnerabilidad frente a una naturaleza que hemos modificado profundamente.

Los ecosistemas no son solamente paisajes que debemos conservar por su belleza; son parte de nuestra infraestructura natural de seguridad, los bosques protegen los suelos y ayudan a regular el agua; los humedales almacenan y depuran; los manglares ayudan a proteger las costas; y los acuíferos sostienen comunidades durante los períodos secos, la naturaleza no solamente necesita que la protejamos; nosotros necesitamos aquello que ella protege.

Por eso, prepararnos también es una forma de conciencia, no podemos detener terremotos ni tsunamis, pero sí podemos reducir considerablemente sus consecuencias y una de nuestras mayores responsabilidades como ciudadanos comienza con algo aparentemente sencillo,

 

 

 

 

¿cómo construir nuestras viviendas y ciudades?, en Colombia aún existe la peligrosa idea de que una vivienda pequeña puede construirse sin conocimiento especializado, sin embargo, los terremotos nos han demostrado que las edificaciones pueden convertirse en el eslabón más vulnerable frente a las fuerzas de la naturaleza, especialmente aquellas construidas sin criterios adecuados de diseño y seguridad sismorresistente.

 

Construir no es simplemente levantar paredes; significa depositar dentro de una estructura la vida, los sueños y el patrimonio de una familia, por eso, conocer el terreno, respetar las normas de construcción sismorresistente y contar desde el comienzo con profesionales competentes no debería considerarse un gasto innecesario, sino una inversión en vida; no podemos impedir que la Tierra se mueva; pero sí podemos aprender a construir conscientemente para cuando vuelva a hacerlo.

Sin embargo, nuestra responsabilidad como ciudadanos ha de ir mucho más allá de construir viviendas seguras, cada uno obligarse a recuperar la resiliencia de su territorio, a proteger un bosque, a recuperar una quebrada, a conservar un nacimiento de agua, a restaurar un suelo, a evitar la ocupación de zonas de riesgo, a participar activamente en la prevención y enseñar a las nuevas generaciones a respetar y comprender la naturaleza.

 

 

Acciones que pueden parecer pequeñas frente a la inmensidad de un terremoto o un tsunami, sin embargo, las grandes transformaciones no siempre comienzan con grandes decisiones; comienzan cuando millones de pequeños actos nacen de una misma conciencia y se convierten, juntos, en una fuerza capaz de ampliar nuestro futuro.

Tal vez la Tierra no nos esté hablando solo cuando tiembla, puede estar haciéndolo cuando: un río deja de correr, un acuífero se agota, un bosque desaparece o una comunidad queda expuesta a un desastre que pudo haberse prevenido; frente a un terremoto descubrimos nuestra fragilidad; frente a la pérdida de la naturaleza descubrimos algo más profundo, nuestra total dependencia de ella.

Quizá el gran error de nuestra época haya sido creer que la naturaleza es solamente el escenario donde ocurre nuestra vida, no lo es; la naturaleza es la condición que hace posible nuestra vida, por eso, no es tratar de detener el progreso, ni condenar una tecnología o señalar culpables, es algo mucho más profundo, aprender a preguntar antes de intervenir, conocer antes de transformar y prevenir antes de reparar.

No podemos detener las fuerzas de la Tierra, pero sí podemos decidir cómo construir sobre ella, cómo utilizar sus recursos en forma sostenible, cómo proteger sus aguas, cómo restaurar sus bosques y cómo entregar a las próximas generaciones un territorio que todavía tenga capacidad para sostenerlas, tal vez la Tierra no nos esté anunciando el final, sino simplemente nos esté recordando que la continuidad de la vida depende de nuestra capacidad para escucharla.

No se trata de dominar la naturaleza para sobrevivir en ella, sino de aprender a vivir de tal manera que la Tierra pueda seguir sosteniendo nuestra vida.

 

 

 

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