Pereira, Colombia - Edición: 13.937-1517

Fecha: Martes 15-09-2026

 

 POLÍTICA Y ECONOMÍA GLOBAL

 

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TRUMP BAJO EL FUEGO EN MEDIO ORIENTE

 

 

 

 infrastructures across the region—a  logistical blow of historical proportions that fundamentally challenges the geopolitical doctrine championed by the Trump administration.

 

The undeniable tipping point of this crisis is illustrated by the sustained direct strikes against the United States naval installation in Bahrain, the primary operational hub for the Fifth Fleet. In this critical enclave, essential for projecting maritime power across the Strait of Hormuz and securing global oil transit routes, the U.S. Navy has been forced to acknowledge severe structural damage. Confirmed accounts report the complete destruction of primary satellite communications terminals, direct hits on vital command and control facilities, and extensive damage to multiple core operational buildings. As a direct consequence of this sustained drone and ballistic barrage attributed to Iranian forces, the supercarrier USS Abraham Lincoln was deprived of its customary berthing docks. This disruption forced the massive strike group into a prolonged nine-month operational deployment without secure regional port calls, culminating in an unprecedented temporary retreat toward Southeast Asian harbors. Such forced displacement exposes an unprecedented strategic vulnerability in modern American naval history.

 

 

The damage inflicted upon the air component has been equally severe and costly. Despite multi-billion-dollar defense investments designed to guarantee air superiority, adversary counter-measures and combat attrition have relentlessly battered the military fleet. Confirmed losses include F-15E Strike Eagles shot down or heavily damaged, KC-135 aerial refueling tankers critical for long-range strike capabilities, and over a dozen MQ-9 Reaper reconnaissance drones, each valued in the tens of millions of dollars. Furthermore, the temporary operational incapacitation of key airborne early warning assets, such as the E-3 Sentry, has left tactical command centers grappling with dangerous intelligence blind spots. Beyond the immediate battlefield, the shockwaves of this campaign are reverberating deeply within Washington politics. Congressional committees and an increasingly skeptical public are demanding transparent accounting for what many observers now characterize as a deeply entrenched military quagmire lacking a clear exit strategy or achievable victory.

 

Por: Gongpa Rabsel Rinpoché
Director de El Imparcial

 

En los pasillos de las cancillerías continentales y los cuarteles generales del Pentágono, la narrativa de la invulnerabilidad militar norteamericana ha comenzado a desmoronarse tras siete meses de una conflagración desgastante en Medio Oriente. Las proyecciones iniciales del gobierno en Washington, que prometían una intervención relámpago y un control absoluto sobre los corredores estratégicos del Golfo Pérsico, se han estampado de frente contra una realidad sangrienta y costosa. Según informes recientes que circulan en fuentes militares y analistas independientes, las fuerzas armadas estadounidenses habrían registrado una cifra catastrófica que supera los 3.200 efectivos entre muertos y heridos, además de la inutilización de 46 aeronaves de combate, más de 150 sistemas defensivos avanzadas y cerca de 23 baterías de misiles Patriot. A este sombrío panorama operativo se suma la devastación o inutilización severa de 45 infraestructuras clave en toda la región, un impacto logístico de proporciones históricas que cuestiona de fondo la estrategia geopolítica impulsada por la administración de Donald Trump.

 

 

El punto de inflexión de esta crisis se evidencia en el ataque directo sostenido contra la base naval estadounidense en Baréin, sede neurálgica de la Quinta Flota. En ese enclave, vital para la proyección de poder sobre el Estrecho de Ormuz y la protección de las rutas globales de hidrocarburos, la Armada de los Estados Unidos ha tenido que admitir daños estructurales severos. Reportes confirmados señalan la destrucción total de instalaciones satelitales estratégicas, impactos directos sobre centros de mando y control, y el deterioro de dos edificios operativos clave. Como consecuencia directa de este asedio con drones y misiles balísticos atribuido a las fuerzas iraníes, el portaaviones USS Abraham Lincoln se vio privado de su punto habitual de atraque, obligando a la flota a vagar durante nueve meses sin escalas logísticas seguras hasta terminar refugiándose temporalmente en puertos del sudeste asiático. Este desplazamiento forzado pone al descubierto una vulnerabilidad estratégica inédita en la historia naval reciente del Pentágono.

 

El impacto sobre el componente aéreo no ha sido menos severo. A pesar de los multimillonarios presupuestos destinados a la supremacía tecnológica, las defensas

 

 

enemigas y los incidentes operativos derivados del desgaste continuado han golpeado de manera sistemática a la aviación militar. Entre las pérdidas contabilizadas destacan cazas F-15E derribados o gravemente averiados, aeronaves cisterna KC-135 esenciales para el reabastecimiento en vuelo y una docena de aviones no tripulados MQ-9 Reaper, cuyos costos unitarios superan decenas de millones de dólares. La inoperatividad transitoria de plataformas clave como el sistema de alerta temprana E-3 Sentry ha dejado a los puestos de mando con severas cegueras tácticas, socavando la capacidad de respuesta rápida de la aviación norteamericana. Las repercusiones de estos sucesos se extienden directo a la política interna en Washington, donde sectores parlamentarios y la opinión pública exigen explicaciones transparentes frente a lo que muchos ya califican como un atolladero militar sin salida fácil ni victoria clara.

 

TRUMP UNDER FIRE IN THE MIDDLE EAST

 

In the corridors of continental foreign ministries and the headquarters of the Pentagon, the long-standing narrative of American military invulnerability has begun to fracture after seven months of a punishing conflagration in the Middle East. Initial projections from Washington, which promised a swift, surgical intervention and absolute control over the strategic corridors of the Persian Gulf, have crashed headlong into a bloody and financially devastating reality. According to recent reports circulating among military analysts and regional observers, U.S. armed forces have reportedly suffered a catastrophic toll exceeding 3,200 casualties between dead and wounded. Furthermore, operational records highlight the loss or severe impairment of 46 military aircraft, over 150 advanced defensive systems, and approximately 23 Patriot missile batteries. Compounding this grim operational assessment is the destruction or severe incapacitation of nearly 45 strategic military

 

 

 

 

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