Pereira, Colombia - Edición: 13.863-1443

Fecha: Miércoles 17-06-2026

 

 POLÍTICA Y ECONOMÍA GLOBAL

 

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El Dilema del Tendero y el Costo de la Inocencia Política

 

 

 

not a polite greeting or a neutral act of commerce. A vote is a co-authorship contract over the collective future of a nation. If the chosen leader uses that power to erode institutions, persecute minorities, or concentrate command, the citizen who gave them the mandate cannot wash their hands like the shopkeeper in the example. They inevitably become the foundation that sustains that structure.

 

To understand the magnitude of this miscalculation, it is not necessary to imagine fictional scenarios; one only needs to look into the mirror of European history from the last century. There is a widespread tendency to think that humanity’s most devastating totalitarian regimes were imposed exclusively by the force of bayonets and the terror of fanatical minorities. The reality is far more uncomfortable and closer to the psychology of the common citizen. In Germany during the 1930s, the ballot boxes reflected the desires of millions of good, hardworking, and honest people who decided to vote for an extremist option. Those voters were not, for the most part, ideologues thirsty for war or mass destruction. They were parents, professionals, and merchants devastated by hyperinflation, unemployment, and disillusionment with a Weimar Republic they perceived as weak and inefficient. They saw in radical rhetoric a promise of order, jobs, and national pride, and they decided that the candidate’s darkest stances were mere campaign exaggerations that would be moderated upon reaching government. They voted thinking they were buying "bread and stability," applying the same pragmatic logic of a customer entering a shop regardless of the shopkeeper's background.

The real problem with that naive delegation of power was not the day of the election, but the day after. Historical drama demonstrates that entering an authoritarian regime through democratic mechanisms is a legal process, relatively simple, and applauded by masses hungry for quick fixes. The true ordeal is getting out of it. Once a leadership with absolutist overtones captures institutions, colonizes the judiciary, weakens the free press, and alters the rules of the electoral game, the democratic window is locked from the inside. The same honest citizens who thought they were merely choosing an efficient administrator to overcome the crisis discovered, too late, that they had surrendered total control of the state to a mechanism that no longer responded to their votes. Dismantling that mistake cost a world war, the destruction of a continent, and generations of trauma and oppression. History does not repeat itself identically, but its rhymes are evident when observing today's global political landscape, where institutional disenchantment once again paves the way for discourses that promise order at the expense of essential freedoms.

In the contemporary context, the debate acquires a particular urgency due to the speed with which technology and algorithms shape public opinion. Polarization is no longer cooked up solely in public square debates or on the editorial pages of traditional newspapers; it is optimized on digital platforms designed to amplify fear, resentment, and the desire for radical solutions. Figures who adopt far-right discourses exploit these tools to present themselves as saviors in the face of chaos, using provocation and charisma to connect with the legitimate malaise of a population weary of state inefficiency. When a citizen decides to support these options under the premise that their conversational excesses do not concern them or that politics is a matter alien to their personal ethics, they commit the same miscalculation as the voter of the last century. Political support for extremist discourses cannot be isolated in a bubble of moral indifference; it has real consequences for the erosion of the social fabric and the legitimization of stances that despise democratic pluralism.

 

 

Democratic responsibility is not a burden that can be evaded through commercial analogies. Being a citizen implies assuming that our individual decisions at the ballot box have a direct impact on the lives of others. One cannot claim innocence when politically financing a project that seeks to weaken the institutional checks and balances that guarantee everyone's freedom. Coexistence with people of diverse opinions is fundamental for civil peace, but political complicity with authoritarian projects is a conscious choice. A vote is neither bread nor milk; it is the trust placed in the hands of someone who will have the capacity to transform the laws that govern our existence. For this reason, historical memory remains the most valuable tool to remind us that democracy is a fragile construction, easy to surrender in moments of desperation or indifference, but immensely costly to recover once authoritarianism has been allowed to take root in power.

 

Por: Gongpa Rabsel Rinpoché
Subdirector de El Imparcial

 

El argumento parece lógico a primera vista, envuelto en una capa de pragmatismo cotidiano que resulta difícil de cuestionar en una conversación informal. "Yo he sido amigo y conocido de gente de todas las tendencias y eso no me hace cómplice de ellos; cada uno es cómplice de sus propios triunfos o delitos", afirma un ciudadano promedio mientras se toma un café en una tarde cualquiera en Bogotá. Luego, remata con una analogía que busca cerrar el debate de forma definitiva: "Es como obligar al tendero a que no le venda leche y pan al que venga a comprarlo por su prontuario". Es una postura cómoda, un escudo ético que busca separar la convivencia social y las decisiones políticas de las consecuencias morales de los líderes a quienes se apoya. Sin embargo, cuando esta lógica del libre mercado se traslada al terreno del voto, especialmente en tiempos de polarización extrema y el ascenso de figuras de la ultraderecha radical, la analogía se desmorona y revela un vacío peligroso. Equiparar la elección de un gobernante con la venta de una barra de pan no solo es un error conceptual profundo, sino una ceguera histórica que ignora cómo las sociedades democráticas entregan voluntariamente las llaves de su propia reclusión.

 

 

La falacia del tendero radica en la naturaleza misma del acto. El comerciante de barrio realiza una transacción económica horizontal: intercambia un bien básico por dinero, un acto mecánico que no altera el orden institucional ni otorga al comprador la facultad de legislar o usar la fuerza pública. El votante, por el contrario, realiza un acto de delegación vertical de soberanía. Al depositar la papeleta, no está vendiendo un insumo de supervivencia; está otorgando poder legítimo, el control del presupuesto nacional y el monopolio de la violencia estatal. La amistad personal con personas de distintas ideologías puede ser una muestra de tolerancia civil, pero el voto no es un saludo de cortesía ni un acto de comercio neutral. El voto es un contrato de coautoría sobre el futuro colectivo de una nación. Si el líder elegido utiliza ese poder para erosionar las instituciones, perseguir minorías o concentrar el mando, el ciudadano que le dio el mandato no puede lavarse las manos como el tendero del ejemplo. Se convierte, de manera inevitable, en el cimiento que sostiene esa estructura.

 

Para entender la magnitud de este error de cálculo, no es necesario imaginar escenarios ficticios; basta con mirar el espejo de la historia europea del siglo pasado. Existe una tendencia generalizada a pensar que los regímenes totalitarios más devastadores de la humanidad fueron impuestos exclusivamente por la fuerza de las bayonetas y el terror de minorías fanáticas. La realidad es mucho más incómoda y cercana a la psicología del ciudadano común. En la Alemania de los años treinta, las urnas reflejaron el deseo de millones de personas buenas, trabajadoras y honestas que decidieron votar por una opción extremista. Aquellos votantes no eran, en su gran mayoría, ideólogos sedientos de guerra o destrucción masiva. Eran padres de familia, profesionales y comerciantes devastados por la hiperinflación, el desempleo y el desencanto hacia una República de Weimar que percibían como débil e ineficiente. Vieron en la retórica radical una promesa de orden, empleo y orgullo nacional, y decidieron que las posturas más oscuras del candidato eran simples exageraciones de campaña que se moderarían al llegar al gobierno. Votaron pensando que compraban "pan y estabilidad", aplicando la misma lógica pragmática del cliente que entra a la tienda sin importar el historial de quien atiende.

El verdadero problema de esa delegación ingenua de poder no fue el día de la elección, sino el día después. El drama histórico demuestra que entrar a un régimen autoritario a través de los mecanismos democráticos es un proceso legal, relativamente sencillo y aplaudido por las masas sedientas de soluciones rápidas. El verdadero calvario es salir de él. Una vez que un liderazgo de tintes absolutistas captura las instituciones, coloniza el poder judicial, debilita a la prensa libre y altera las reglas del juego electoral, la ventana democrática se cierra por dentro. Los mismos ciudadanos honestos que pensaron que solo elegían a un administrador eficiente para salir de la crisis descubrieron, demasiado tarde, que habían entregado el control total del Estado a un mecanismo que ya no respondía a sus votos. Desmantelar ese error costó una guerra mundial, la destrucción del continente y generaciones de trauma y opresión. La historia no se repite de forma idéntica, pero sus rimas son evidentes cuando se observa el panorama

 

político global actual, donde el desencanto institucional vuelve a pavimentar el camino para discursos que prometen orden a cambio de libertades esenciales.

 

En el contexto contemporáneo, el debate adquiere una urgencia particular debido a la velocidad con la que la tecnología y los algoritmos moldean la opinión pública. La polarización ya no se cocina únicamente en los debates de plaza pública o en las páginas editoriales de los diarios tradicionales; se optimiza en plataformas digitales diseñadas para amplificar el miedo, el resentimiento y el deseo de soluciones radicales. Las figuras que adoptan discursos de ultraderecha aprovechan estas herramientas para presentarse como salvadores frente al caos, utilizando la provocación y el carisma para conectar con el malestar legítimo de una población cansada de la ineficacia estatal. Cuando un ciudadano decide apoyar estas opciones bajo la premisa de que sus excesos discursivos no le conciernen o que la política es un asunto ajeno a su ética personal, comete el mismo error de cálculo del votante del siglo pasado. El apoyo político a discursos extremistas no puede aislarse en una burbuja de indiferencia moral; tiene consecuencias reales en la erosión del tejido social y en la legitimación de posturas que desprecian el pluralismo democrático.

 

La responsabilidad democrática no es una carga que se pueda evadir mediante analogías comerciales. Ser ciudadano implica asumir que nuestras decisiones individuales en las urnas tienen un impacto directo en la vida de los demás. No se puede reclamar inocencia cuando se financia políticamente un proyecto que busca debilitar los contrapesos institucionales que garantizan la libertad de todos. La convivencia con personas de opiniones diversas es fundamental para la paz civil, pero la complicidad política con proyectos de corte autoritario es una elección consciente. El voto no es pan ni leche; es la confianza depositada en las manos de alguien que tendrá la capacidad de transformar las leyes que rigen nuestra existencia. Por ello, la memoria histórica sigue siendo la herramienta más valiosa para recordar que la democracia es una construcción frágil, fácil de entregar en momentos de desesperación o indiferencia, pero inmensamente costosa de recuperar cuando se ha permitido que el autoritarismo eche raíces en el poder.

 

The Shopkeeper’s Dilemma and the True Cost of Political Innocence

 

The argument seems logical at first glance, wrapped in a layer of everyday pragmatism that is difficult to challenge in a casual conversation. "I have been a friend and acquaintance of people of all tendencies and that does not make me their accomplice; everyone is an accomplice to their own triumphs or crimes," asserts an average citizen while sipping coffee on a regular afternoon in Bogotá. Then, he delivers an analogy intended to close the debate definitively: "It is like forcing a shopkeeper not to sell milk and bread to someone who comes to buy it just because of their criminal record." It is a comfortable stance, an ethical shield that seeks to separate social coexistence and political choices from the moral consequences of the leaders being supported. However, when this free-market logic is transferred to the realm of voting, especially in times of extreme polarization and the rise of the radical far-right, the analogy crumbles, revealing a dangerous void. Equipping the election of a ruler with the sale of a loaf of bread is not only a profound conceptual error but also a historical blindness that ignores how democratic societies voluntarily hand over the keys to their own confinement.

The fallacy of the shopkeeper lies in the very nature of the act. The neighborhood merchant performs a horizontal economic transaction: exchanging a basic good for money, a mechanical act that does not alter the institutional order nor grant the buyer the power to legislate or use public force. The voter, on the contrary, performs an act of vertical delegation of sovereignty. By casting a ballot, they are not selling a survival supply; they are granting legitimate power, control over the national budget, and the monopoly on state violence. Personal friendship with people of different ideologies can be a sign of civil tolerance, but a vote is
 

 

 

 

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