El derecho
a la ignorancia

Por: Jotamario
Arbeláez
Es regocijante
encontrar uno en las redes único lugar de paseo seguro en los
actuales momentos-, aparte de los coqueteos políticos, laborales,
amorosos y familiares, párrafos certeramente analíticos acerca de la
realidad del país y del mundo.
Entiendo que cuando se dice certeramente es porque uno está de
acuerdo con ellos, y desde luego muchas personas que militan en la
otra orilla de la razón estarán en contra. Pero bueno, seguirán
siendo motivo de sana confrontación, sin desconocer los inevitables
epítetos enconosos.
Me refiero a los escritos de circulación virtual de Teresa Consuelo
Cardona.
Tuve el don de conocerla y escucharla en un reciente festival
cultural. Y francamente que quedé capturado.
Es una mujer de armas tomar, pero no para disparar, sino para
quitarles las balas.
Es cucuteña, vive en Palmira, y se dice que aspira a ser alcaldesa,
lo cual sería una redención para esa ciudad.
Ha sido docente
universitaria, como periodista ahora sostiene su columna Baukará, en
la que trata temas que conciernen a todos quienes buscan salidas a
los embrollos sociales.
Perspicaz investigadora y conferencista. Y como si ello fuera poco,
autora de sugestivos poemas. Tiene todos los valores de la activista
humanista.
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He leído por Facebook sus reflexiones acerca de los derechos
humanos, la matanza de líderes, los abusos sexuales, los problemas
de educación, la ignorancia acumulada en el tiempo, el patrioterismo
inútil, el poder de la juventud.
Todo un programa de gobierno, dirían los prevenidos. Ojalá con esa
firmeza lo hicieran algunos de los que pretenden llegar al solio.

Me llamó la
atención entre sus apuntes cáusticos el siguiente:
“Estaba en una reunión explicando cómo nos expropian la educación y
condenan a la gente a la ignorancia, cuando un hombre levantó su voz
amenazante y me dijo: "Deje de joder, yo tengo derecho a mi
ignorancia".
Esa reivindicación de "su derecho" no es sólo
sorprendente, ni triste, ni superficial. ¡Es aterradora! Sobre todo,
porque a algunas personas les pareció
que el señor tenía razón.
La ignorancia, entendida como un derecho que se defiende, es la
cicatriz imborrable en la piel de la conciencia ciudadana y es,
además, la dolorosa cita con la prehistoria.
Es el resultado de un proceso de decadencia que retiró la educación
humanística del pensum, que empobreció a los ciudadanos, que marginó
a los pobres, que exterminó la resistencia y que pretende borrar de
la faz de la tierra los derechos de las personas.
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Un proceso tan
discreto e hipócrita, que termina acusando a la gente de su propia
ignorancia. Y lo que es peor, termina haciendo que la gente defienda
su "derecho a la ignorancia".
Bravo doña Teresa Consuelo. Es lo que se llama poner el dedo en la
llaga.
Cuando los
huérfanos del conocimiento son víctimas de sí mismos, y cantan su
carencia como victoria.
Lo patético no es sólo la frase del ignaro insigne, sino que parte
del público se levantara a aplaudirlo.
Que alguien proclame “su derecho a la ignorancia”, tal vez invocando
el libre desarrollo de la personalidad, como si esta pudiera
desarrollarse desde el desconocimiento, le da validez a ese
pronunciamiento de Darío Echandía:
“Vivimos en un país de cafres”, es decir de ignorantes y a la vez
atrevidos.
Frases como esa hacen recordar la que se atribuye al ministro de
educación nazi Joseph Goebbels: “Cuando oigo la palabra cultura saco
mi pistola”.
Y la del general falangista Millán Astray, en presencia de Unamuno a
quien quería destruir: “Muera la inteligencia. Viva la muerte”.
Alegarán que el sabio de los sabios, Sócrates, declaró: “Sólo sé que
nada sé”.
Ello tal vez en el interrogatorio por sus presuntos delitos, pero lo
divulgó Platón que era el que escribía, fuera del contexto.
Pudo ser también
humildad ante su propia sabiduría e ironía a la de los
otros.
Cierra el capítulo Domingo Faustino Sarmiento con la lapidaria
consigna: “La ignorancia es atrevida”.
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