Retrato
del nadaísta cachorro

Por: Jotamario
Arbeláez
Mi primera
salvada
No es que la
muerte venga por uno, sino que uno se va con ella. Es, más que un
rapto, una entrega.
En ese sentido, casi siempre morimos de suicidio, por involuntario
que sea. El enfermo se deja ir, el muy viejo alcanza el paradero,
timbra y se baja. El asesinado no tiene nada qué hacer.
Sólo en los accidentes ocurre el hecho fortuito, lo súbito
inesperado,
pero cuántos accidentes no son preparados por uno mismo, al conducir
pasado de copas, al escampar de una tempestad bajo un árbol, al
pasar por debajo de una escalera.
La muerte no es una sola, no tiene un solo sexo, una sola edad ni
una sola cara. La muerte tiene el sexo y la edad y la cara del que
se rejunta con ella. Podría decirse que la muerte no es otra que el
que se muere.
En los doce de mi niñez la vi acercarse de frente como un espejo,
cuando acostumbraba —para ir al centro desde el parque de San
Nicolás, por la carrera sexta enfrente del salón social Moroco,
lateral del teatro—, aferrarme con las dos manos del borde de una de
las ventanillas del bus.
Era un paseo por demás venteado y reconfortante,
una muestra de valentía ante los condiscípulos, uno bien agarrado
del filo del vidrio bajado de la ventanilla, con las
piernas flexionadas en L para mayor equilibrio,
los cuadernos bajo la pretina
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sobre el
estómago.
En una de esas
ocasiones me vi cadáver, cuando el chofer del bus resultó un atarbán
que, al mirar mi peripecia por el retrovisor, de la pura piedra
homicida aceleró la marcha a 80 y enfiló la carrocería hacia el
borde del andén de la izquierda, donde a 50 metros estaba apostado
un poste de luz.
Fue la primera vez que me encomendé al Señor de los cielos y de la
tierra a través de San Nicolás, quien me recomendó estirar las
piernas verticalmente, hacerme lo más flaco posible contra el flanco
del bus, y en vez de exclamar ¡mierda! decir ¡bendito! al pasar
rozando el poste nefando.
Milagrosamente un
ángel tocó el timbre con insistencia y el conductor paró de un
frenazo en seco en el mismo momento en que me soltaba del borde la
ventanilla y caía de pie, impertérrito.
Ni qué decir que estallaron en aplausos los pasajeros que habían
sido testigos de la fuerza de mis garfios manuales y del manejo del
cuerpo frente al aleve intento de asesinato.
Me devolví corriendo a la iglesia, más pálido que el cirio que
alumbraba a San Roque, y busqué confesión con el párroco Lamberto
Muermann, el cura belga con el mentón partido como Kirk Douglas,
a quien le espeté todos mis pecados comenzando por no creer en Dios
ni en su Santo Nombre, pero aclarándole que a partir de ese milagro
salvador aceptaba su permanencia en mi corazón.
El padre me dijo, en medio de una concentración profunda, que ese
gesto del Señor era el signo de que me llevaría por la vida libre de
todo mal y peligro,
a salvo de la muerte y sus acechanzas e, incluso, así pareciera
absurdo, daba trazas de que iba a ser inmortal.
Para celebrar ese pasar insólito y esa divina
promesa, me sirvió
una copa de vino sin consagrar, al que quedé adicto.
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Es por eso que
desde entonces no le corro a nada ni a nadie, hago parapente sin
casco, atravieso el Cauca nadando, monto confiado en aviones de poco
alaje,
me lío con mujeres
en carnavales, participo sin chaleco a prueba de balas en concursos
de poesía,
e incluso he llegado a injuriar con garbo a los ases del tiro al
blanco y a practicar la ruleta rusa sin nada qué lamentar.
Me considero eso que llaman eufemísticamente un “rezao”.
Lo único que me da miedo ahora es incursionar por el barrio de San
Nicolás, ni siquiera para llevarle al santo su limosnita.
Mis familiares me lo impiden alegando inseguridad. Podría ser objeto
de atraco dada mi pinta de lechuguino. Pero insegura es toda ciudad,
todo país, todo el mundo.
Si uno camina lleno de fe y de confianza en sí mismo y en la mano de
Dios, no le debe temer ni a Mandrake ni a Mancuso .
Hay que exorcizar del barrio ese sambenito.
Bendito sea por siempre el barrio de mi nacimiento,
la iglesia de San Nicolás donde la mano poderosa tomó la mía,
la escuela San Nicolás donde aprendí a contar lo que no sabía,
el teatro San Nicolás donde conocí a María Félix,
el parque de San Nicolás donde me levanté la primera novia un
domingo
y la estatua de San Nicolás que vi descender desde un helicóptero.
Y hasta los seis relojes alemanes de la torre de la iglesia, que
desde el 7 de Agosto de 1956 se quedaron parados en la una de la
mañana.
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