Satori de
un nadaísta en Praga

Por: Jotamario
Arbeláez
Parte2
Le presento a
Wenceslao. Le agradece por haberme salvado. Él, mientras
conversamos, se ha leído medio libro
y me dice que soy la persona por quien había estado esperando toda
la vida.
Nos declaramos amistad eterna en los dos idiomas.
Cecilia me deposita en el piso 21 del Interhotel Panorama y me dice
que nos veremos mañana en la legación.

Hotel
Panorama, de Praga
Al otro día
entrego las frutas diplomáticas y Cecilia encarga a su compañera
Milena, una checa blondina que habla español, para que me acompañe a
recorrer la ciudad. Le digo que en primer lugar me lleve al
Castillo.
Y vamos al Castillo, que en vez del misterioso caserón kafkiano me
resulta la sede del presidente del país, pero no digo nada para no
posar de ignorante. Lo recorremos de pé a pá, y como no me dan las
cuentas le pregunto que tiene qué ver toda esta fastuosa edificación
con la novela de Kafka y ella me dice que shhhh.

El
Castillo. Palacio de Gobierno checo.
Me extasío en lo
gótico de la Catedral de San Vito y deposito un beso sobre el
catafalco de Wenceslao.
Al pie de la Fuente Cantarina pido a Milena que me permita darle a
ella otro beso, ritual, como todo lo que yo hago, pues, como
entenderá, ese gesto en mí es una manifestación de veneración.
Ella me dice que bueno, pero que me limpie primero los labios del
contacto mortuorio,
con unas gotas de agua de la fuente que me alcanza con sus dedos
virtuosos.
Aunque el ósculo es superficial y diplomático, cuando se contactan
los bordes bermellones de nuestros labios superiores vuelvo a mi
infancia cuando mastiqué el primer trozo de higo.
A renglón seguido le ruego que me conduzca a conocer la casa de
Kafka, en la Callejón de los Alquimistas.
Se pone furiosa, pero no porque considere impertinente un beso ante
un surtidor donde las gotas de agua interpretan al caer canciones de
amor,
sino porque Kafka es proscrito en su sociedad. Es mal oído hablar de
él en público. El Partido lo ve como un decadente
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sospechoso.
Pero para que vea
que ella es valiente me conduce al barrio judío, a la vía que
también se llama Callejuela de oro, por donde bajaba el Gólem.
Es una casita color ladrillo marcada con el número 22, custodiada
por un guardián de malas pulgas.

La Calle
de los Alquimistas
Nos permite
ingresar a regañadientes.
Son sólo dos cuartos, uno en cada piso, donde no hay sino unos
cuantos manuscritos en una vitrina y casi nadie visita.
En el segundo piso, luego de susurrarle al oído como mía la frase de
Franz: “Entre el mundo y tú, elijo el mundo en segundo lugar”,
logro besar a Milena, esta vez con una leve introducción de la punta
de la lengua. Pero no más, cuidado, que el comisario está alerta.
La moral socialista me impide terminar el proceso.
Por la calle Nerudova llegamos a la iglesia de San Nicolás, donde
quitándome la gorra le reporto al santo que ya llegué.
Y por la Mostecká desembocamos al Puente de Carlos, al célebre
puente de rey Karol. Son algo así como las tres de la tarde. El
Moldava pasa risueño ante mi corazón palpitante.
Hay 30 estatuas barrocas de santos de 5 metros, una frente a la
otra. Comienzo a mirarlas y a leer sus nombres. Llegando a la mitad
me encuentro con la de Agustín de Hipona. Me erizo.
Me corro hacia atrás para contemplarla con más perspectiva y en los
riñones se me clavan unas sandalias de piedra. Me vuelvo a mirar y
es la estatua de Nicolás de Tolentino.
Me arrodillo en medio del puente entre mis dos santos y, la cabeza
tocando el piso y los labios osculando el mosaico, me echo a llorar.

Imágenes
de San Nicolas de Tolentino y Agustín de Hipona, frente a frente.
Preside la escena
un Cristo gigante que parece recibirme con los brazos abiertos.
Milena, un poco abochornada por mi desmedido fervor me atiende como
si hubiera sido víctima de un malaire, poniéndome los dedos en el
occipucio.
Para terminar el paseo descendemos por la Vaclavske nameski hacia la
estatua ecuestre del héroe nacional checo, Vaclav, el mismísimo
Wenceslao, santo y noble con cara de ferroviario.
Terminamos
tomándonos unas cerveza en la cervecería del Convento de santo
Tomás,
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fundada por los
frailes agustinos pero que ahora regentan particulares.
Y luego del último
beso extenuante, donde mi lengua se confunde con la Bohemia, ella se
va a tomar el metro, no sin antes señalarme cómo llegar al hotel.

Imagen de
San Wenceslao
“Adios, Milenka, que es, en checo, el verdadero diminutivo de Milena
y quiere decir “querida”. Te guste o no te guste, así lo dice la
filología .”
En el vestíbulo del hotel, pleno de gente de mundo en confortables
poltronas, conozco a una muñeca como salida de play boy. La invito a
un vodka. Le pregunto su nombre y contesta Laika. “Como la otra
perra famosa” pienso en voz alta.
“No sea usted insolente, poeta,”, y ante mi asombro, continúa, “lo
vi en una revista fotografiado con García Márquez.”. Precisamente la
foto con la que viajo y que acostumbro fijar en el envés de la
puerta de cada hotel.
Habla varios idiomas y, luego de una charla sobre alta literatura,
en la que me informa que su extensión de servicios con la venia
administrativa sólo es posible con turistas pudientes, la invito a
la suite.

Leika
Holikova en la tina del Hotel Panorama
Llenamos la tina
y, entre la espuma y el infinito, damos rienda suelta a la conquista
de un cielo de quinientos dólares. Me confiesa que nunca pensó
conocer un poeta con billetera. Y mucho menos que terminara orando
por lo que acababa de pasar. Eres un ciclón con piernas de
equilibrista, querida Lenka Holikova.
Cecilia pasa por mí para llevarme a la estación porque Milena está
triste.
Compro unos bombones para mis damas vienesas y, como no hay nada en
qué más gastar, me sobra una sensible cantidad de coronas.
Se me ocurre buscar al bueno de Wenceslao para dejárselas, como una
colaboración a su viaje a España. Nos acercamos al cuarto de
maquinistas a preguntar por él.
El encargado le dice a Milena que allí no trabaja ningún Wenceslao.
Le señalamos entonces el escritorio del fondo.
Él le contesta que allí si trabajaba hace muchos años un supervisor
que aprendía español, que un día había tenido un encuentro con una
persona enigmática, que al día siguiente se había fugado hacia
España y que ahora era un fugitivo del régimen. Callamos.
Queridos Nicolás y Agustín, ustedes que están más allá del tiempo,
llévenlo con bien, y alejado de todo mal y peligro, como a mí.
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