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COLUMNISTA

 

Pereira, Colombia - Edición:13.098-678

Fecha: Martes-27-06-2023

 

Satori de un nadaísta en Praga

 

Por: Jotamario Arbeláez


Parte2

 

Le presento a Wenceslao. Le agradece por haberme salvado. Él, mientras conversamos, se ha leído medio libro

y me dice que soy la persona por quien había estado esperando toda la vida.

Nos declaramos amistad eterna en los dos idiomas.

Cecilia me deposita en el piso 21 del Interhotel Panorama y me dice que nos veremos mañana en la legación.

 

Hotel Panorama, de Praga

 

Al otro día entrego las frutas diplomáticas y Cecilia encarga a su compañera Milena, una checa blondina que habla español, para que me acompañe a recorrer la ciudad. Le digo que en primer lugar me lleve al Castillo.

Y vamos al Castillo, que en vez del misterioso caserón kafkiano me resulta la sede del presidente del país, pero no digo nada para no posar de ignorante. Lo recorremos de pé a pá, y como no me dan las cuentas le pregunto que tiene qué ver toda esta fastuosa edificación con la novela de Kafka y ella me dice que shhhh.

 

El Castillo. Palacio de Gobierno checo.

 

Me extasío en lo gótico de la Catedral de San Vito y deposito un beso sobre el catafalco de Wenceslao.

Al pie de la Fuente Cantarina pido a Milena que me permita darle a ella otro beso, ritual, como todo lo que yo hago, pues, como entenderá, ese gesto en mí es una manifestación de veneración.

Ella me dice que bueno, pero que me limpie primero los labios del contacto mortuorio,

con unas gotas de agua de la fuente que me alcanza con sus dedos virtuosos.

Aunque el ósculo es superficial y diplomático, cuando se contactan los bordes bermellones de nuestros labios superiores vuelvo a mi infancia cuando mastiqué el primer trozo de higo.

A renglón seguido le ruego que me conduzca a conocer la casa de Kafka, en la Callejón de los Alquimistas.

Se pone furiosa, pero no porque considere impertinente un beso ante un surtidor donde las gotas de agua interpretan al caer canciones de amor,

sino porque Kafka es proscrito en su sociedad. Es mal oído hablar de él en público. El Partido lo ve como un decadente

 

 

 

sospechoso.

 

Pero para que vea que ella es valiente me conduce al barrio judío, a la vía que también se llama Callejuela de oro, por donde bajaba el Gólem.

Es una casita color ladrillo marcada con el número 22, custodiada por un guardián de malas pulgas.

 

La Calle de los Alquimistas

 

Nos permite ingresar a regañadientes.


Son sólo dos cuartos, uno en cada piso, donde no hay sino unos cuantos manuscritos en una vitrina y casi nadie visita.

En el segundo piso, luego de susurrarle al oído como mía la frase de Franz: “Entre el mundo y tú, elijo el mundo en segundo lugar”,

logro besar a Milena, esta vez con una leve introducción de la punta de la lengua. Pero no más, cuidado, que el comisario está alerta.

La moral socialista me impide terminar el proceso.

Por la calle Nerudova llegamos a la iglesia de San Nicolás, donde quitándome la gorra le reporto al santo que ya llegué.

Y por la Mostecká desembocamos al Puente de Carlos, al célebre puente de rey Karol. Son algo así como las tres de la tarde. El Moldava pasa risueño ante mi corazón palpitante.

Hay 30 estatuas barrocas de santos de 5 metros, una frente a la otra. Comienzo a mirarlas y a leer sus nombres. Llegando a la mitad me encuentro con la de Agustín de Hipona. Me erizo.

Me corro hacia atrás para contemplarla con más perspectiva y en los riñones se me clavan unas sandalias de piedra. Me vuelvo a mirar y es la estatua de Nicolás de Tolentino.

Me arrodillo en medio del puente entre mis dos santos y, la cabeza tocando el piso y los labios osculando el mosaico, me echo a llorar.

 

Imágenes de San Nicolas de Tolentino y Agustín de Hipona, frente a frente.

 

Preside la escena un Cristo gigante que parece recibirme con los brazos abiertos. Milena, un poco abochornada por mi desmedido fervor me atiende como si hubiera sido víctima de un malaire, poniéndome los dedos en el occipucio.

Para terminar el paseo descendemos por la Vaclavske nameski hacia la estatua ecuestre del héroe nacional checo, Vaclav, el mismísimo Wenceslao, santo y noble con cara de ferroviario.

 

Terminamos tomándonos unas cerveza en la cervecería del Convento de santo Tomás,

 

 

 

fundada por los frailes agustinos pero que ahora regentan particulares.

 

Y luego del último beso extenuante, donde mi lengua se confunde con la Bohemia, ella se va a tomar el metro, no sin antes señalarme cómo llegar al hotel.

 

Imagen de San Wenceslao


“Adios, Milenka, que es, en checo, el verdadero diminutivo de Milena y quiere decir “querida”. Te guste o no te guste, así lo dice la filología .”

En el vestíbulo del hotel, pleno de gente de mundo en confortables poltronas, conozco a una muñeca como salida de play boy. La invito a un vodka. Le pregunto su nombre y contesta Laika. “Como la otra perra famosa” pienso en voz alta.

“No sea usted insolente, poeta,”, y ante mi asombro, continúa, “lo vi en una revista fotografiado con García Márquez.”. Precisamente la foto con la que viajo y que acostumbro fijar en el envés de la puerta de cada hotel.

Habla varios idiomas y, luego de una charla sobre alta literatura, en la que me informa que su extensión de servicios con la venia administrativa sólo es posible con turistas pudientes, la invito a la suite.

 

Leika Holikova en la tina del Hotel Panorama

 

Llenamos la tina y, entre la espuma y el infinito, damos rienda suelta a la conquista de un cielo de quinientos dólares. Me confiesa que nunca pensó conocer un poeta con billetera. Y mucho menos que terminara orando por lo que acababa de pasar. Eres un ciclón con piernas de equilibrista, querida Lenka Holikova.

Cecilia pasa por mí para llevarme a la estación porque Milena está triste.

Compro unos bombones para mis damas vienesas y, como no hay nada en qué más gastar, me sobra una sensible cantidad de coronas.

Se me ocurre buscar al bueno de Wenceslao para dejárselas, como una colaboración a su viaje a España. Nos acercamos al cuarto de maquinistas a preguntar por él.

El encargado le dice a Milena que allí no trabaja ningún Wenceslao. Le señalamos entonces el escritorio del fondo.

Él le contesta que allí si trabajaba hace muchos años un supervisor que aprendía español, que un día había tenido un encuentro con una persona enigmática, que al día siguiente se había fugado hacia España y que ahora era un fugitivo del régimen. Callamos.

Queridos Nicolás y Agustín, ustedes que están más allá del tiempo, llévenlo con bien, y alejado de todo mal y peligro, como a mí.

 

 

 

 

  

 

 

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