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Pereira, Colombia - Edición: 13.391-971 Fecha: Domingo 29-12-2024 |
COLUMNISTAS |
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Contratiempo
Por: Jotamario Arbeláez
Qué tiempos aquellos
Días pasados Poncho Rentería hizo el aspaviento de que llevaba 35 años como tripulante de El Tiempo. Lo incrustó en el periódico Santos Calderón, Enriquito, compañero de farras que no con Fawcetts. Pues bien, a mí no es que me guste sobrevalorar mi fortuna, para que no sufran los infortunados, pero en esta ocasión cantaré que a mí me pasó lo mismo por la misma época, gracias a la simpatía por el nadaísmo de todos los Santos, en especial de Pacho, quien una tarde llegó al apartamento de nuestro más logrado cinematografista Diego León Giraldo, donde Eduardo Escobar y yo, más Patricia Ariza, departíamos. Venía emocionado por su nuevo papel como jefe de redacción en El Tiempo, a cuyo paginaje había introducido notorias mejoras. “¿Qué creen ustedes que aún le falte al periódico?”, preguntó. Y, señalando al poeta de Medellín con el meñique y a mí con el pulgar de la diestra, le contesté: “Pues nosotros”. Él abrió desmesuradamente los ojos, aspiró hondo, y nos dijo: “Los invito a almorzar mañana en el Mr. Ribs”, restaurante donde el M-19 devolvió días después sin mochila a Álvaro Gómez con una gorra, un bigote postizo y sin un peso para costearse el whisky de la
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libertad, que le obsequió el propietario cuando lo vio sin el bozo marcándole a Margarita. “Son ustedes mi cuota de opinadores en el periódico”, exclamó Pachito levantando el vaso, que chocamos entusiasmados. Eduardo escogió para su espacio el nombre de Contravía; a mí me pareció pertinente Contratiempo. Y así arrancamos.
Antecedentes había. Desde años atrás Gonzalo Arango, el profeta que nos fundara y desenfundara, había sostenido su columna en El Tiempo que dirigía don Roberto García-Peña. Aquí me permito citar el trozo de una columna muy posterior del amigo D’Artagnan: “Recuerdo como si fuera hoy que cuando el hombre llegó a la Luna, el 20 de julio de 1969, mi abuelo, Roberto García-Peña, publicó la columna habitual de Gonzalo Arango, sin reparar previamente en su lectura. Se trataba en dicha ocasión de un poema breve, del cual reproduzco lo que dice de Armstrong: ‘Lo embargaba una emoción tan tremenda / que no pudo evitarlo y soltó un pedo…/ que resonó por toda la superficie selénica / Fue un pedo sublime. / ¡Nadie lo niega!’. Pedo sublime que le costó al maestro la inmediata expulsión de las páginas editoriales, por orden perentoria del doctor Eduardo Santos”-
Pasado algún tiempo, ya desvanecido el olor, volvió el columnista al periódico a hacer de las suyas, vale decir, a seguir denunciando a los enemigos de la dignidad humana. Que, como podemos ver, siguen tan campantes defecándose en el país.
Desde principios de los años 60 el director de Lecturas Dominicales, Eduardo Mendoza Varela, nos había abierto las páginas de
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Lecturas
dominicales a los nadaístas, entre ellos Gonzalo, X-504, Elmo Valencia, Eduardo
Escobar, Álvaro Medina, Jotamario y la niña prodigio María de las Estrellas.
Gabela que nos sostuvo Enrique Santos Calderon cuando heredó el cargo. O sea que
hemos sido colaboradores por más de 60 años, con nuestro estilo jovial, rijoso,
insolente y cantalatabla.
Son los
enemigos de antaño quienes hoy me reclaman por escribir en primera persona como
paradigma del ego. Todo porque confieso lo bien que voy, hacia la tumba será,
pero a paso lento y chupando piña. No era ego cuando escribía contando de mis
penurias, en “esa columna par lui meme que usté escribe”, como me espetó
Cobo-Borda cuando empezaba. El ego solo fastidia cuando genera la envidia.
Cuando ven que se me van acabando los contratiempos.
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