Pereira, Colombia - Edición: 13.392-972

Fecha: Martes 31-12-2024

 

 COLUMNISTAS

 

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Navidad con mis tres jesuses

Por: Jotamario Arbeláez

 

A Salomé y Salvador

 

Don Jesús Ordóñez, generoso fundador y propietario de la Librería Nacional de Cali, donde a pesar de mis reticencias laborales acababa de engancharme como relacionista, el 24 de diciembre de 1966 me regaló una edición de lujo del guion de la película La pasión según San Mateo, un suculento pernil de cordero, una botella de vino chileno, me hizo un adelanto del sueldo y me palmeó feliz navidad. Con este trofeo a cuestas, urgido de compartirlo, me dirigí al apartamento de la Avenida Sexta donde me daba cobijo mi recién cobrada amante modelo de Bellas Artes. Quien no estaría muy satisfecha de verme hasta el momento colaborar con nada.

Aunque en realidad casi nada necesitábamos porque su esposo y vecino de piso el pintor Kat -por entonces hijo de rico y que terminaría como un pobre cristo-, corría con todos los gastos. De lo único que requeríamos era de fogosidad interior, y de eso sí que disponía yo de sobra en la faltriquera. Como no la encontré y ni siquiera una nota que me indicara sus planes –a lo mejor había decidido irse de celebración con alguno de sus morrocotudos admiradores–, le dejé sobre su mesa de noche la versión del exegeta Passolini con una apasionada dedicatoria, y decidí avanzar con paso de ganso a la casa de las agujas en el barrio obrero, a compartir carne y vino con papá y mamá.

A los 25 años uno es el rey del mundo -sin ser necesariamente Satán-, así no disponga de un peso para ejercer. La juventud es la corona y la capa la poesía. Se aprende a vivir del aire, que por entonces es poco contaminado, y en él flotan esas aves del campo que viven de las dádivas del Señor y que suelen ser un buen plato. Había asimilado de mi secta nadaísta que no se debía trabajar para no quemar cerebro empujando la rueda del capital, y más aún, que si se precisaba emprender una acción, era prostituirla percibir un pago por ella. Pero don Jesús me convenció de que trabajar en su librería, para un poeta, era la prerrogativa providencial de instalarse en una de las alas del paraíso. Y si no me bastare, el próximo año me pondría galería de arte para que celebrara festivales de vanguardia con mis amigos. Espero fraguar algún día una oración de gratitud y plena de gracia para glorificar a esta alma que propició mis primeros pasos de seda por este áspero mundo.

 

El Profeta me había instruido, amén, de mantenerme lo más alejado de la divinidad posible. Mientras la iglesia hiciera uso de ella para soportar el poder temporal de Roma, que falsificaba el rostro de Cristo, nuestra misión estaría en otra parte. Sin embargo, a pesar de mi ateísmo natural y del impartido, en forma reiterada recibía signos que me ponían en evidencia al Señor por estas calles de Dios y de La Sultana, que requerían de mí gestos de caridad, los cuales asumiría mientras pudiera. No sin dejar de preguntarme, como el terrible Rimbaud en su infernal temporada: “¿La caridad será para mí hermana de la muerte?”

 

Avancé caminando por un mar de triquitraques, totes, diablitos y buscaniguas. Surqué media ciudad de entonces pasando por San Nicolás, el barrio donde naciera y de donde habíamos salido a las volandas por la explosión del 7 de Agosto. Del Bar de Cuco bajé por la calle 19 que iba a dar a

 

 

 

Acapulco, donde comenzaba la zona de tolerancia. Pasé por la casa de citas de Janeth, donde esa noche no había servicio, pues las mujeres de vida alegre como por entonces se las definía, se dedicaban a cantar villancicos alrededor de un pesebre coqueto del que eché de menos la Virgen. Ni siquiera me saludaron cuando las oteé por la ventanilla.

Como apenas rayaban las 11 cuando llegué a la carrera décima, decidí hacer escala y tomarme un ron con coca en un bar de tangos diagonal del teatro Belalcázar, enseguida de la bailable Terraza. Yira sonaba en la pianola. Yo me miraba de reojo en el espejo de la pared y retocaba las espinas de mi copete, en tanto pasaban por la acera gentes cada vez más apresuradas con sus añorados paquetes.

 

De pronto la divisé, tendría 16 años, la doble imagen de la inocencia y el desamparo, con una leve bata clara que le forraba cómplice las flacas curvas de sus senos y su cadera. Me recordó la foto de Lewis Carroll que había visto esa tarde en la librería, y que representaba a Alice Liddell, la misma del país de las maravillas, como “pequeña mendiga”, frisando los 12. La armonía y frescura de su rostro eran desusadas para la cuadra. Las muchachas que circulaban iban plenas de afeites y con sugestivos atuendos. Acostumbrado a fáciles levantes de barrio, no siempre con el propósito de terminar encamado, obedecí al arco reflejo de levantarme y hacerle una seña, a lo cual ella, con cierta timidez, respondió acompañándome. Le ofrecí lo que quisiera tomar y ella a duras penas me aceptó “un vaso con agua”. El obsequioso mesero se ofreció a conseguirle un champús y una galleta negra que ella, después de mucho vacilar, aceptó.

 

Antes de preguntarle quién era y qué hacía sola por allí a estas horas, le dije que era amigo del enviado de Dios -como se hacía llamar mi inenarrable maestro-, pero que no creía en nada que tuviera que ver con el cielo y a veces ni con la tierra. Quería lucirme. Cuando la dejé hablar contó que venía huyendo de una matazón en El Dovio -ese pueblo del Valle donde la violencia dio tanto azote-, que acababa de parir un niño que había dejado al cuidado del padre en un hospedaje de mala muerte, que había salido a buscar con algún alma caritativa algo para comer y activar su seno. Un resbaloso trató de alzar con la chuspa que contenía la pierna y el vino pero lo detecté y encuellé y mandé lejos. Ahora en el ambiente se desempeñaba Garufa.

Me permití dudar de su duelo. Cada vez hay cuentos más reforzados en los anales del amor cortés callejero. Una punzada bajita me sugirió que podía ser más bien el reemplazo ocasional de mi inconstante modelo, que quién sabe dónde y a quién le estaría posando. Me dijo que si quería acompañarla. Tomé mi preciada bolsa y le seguí el juego. El jíbaro de la cuadra se me acercó a ofrecerme de su producto pero yo ya estaba en pleno delirio.

Llegamos a la peor olla del barrio. Estanco de marihuanos. Madriguera de atracadores. Dormidero de putas y maricas sin cliente. Una nube de zancudos entonaba un zumbido raro en forma de coro en el cielorraso del cuarto caliente. Me condujo hasta el fondo y allí, entre las secas y humildes pajas de un jergón descosido, reposaba el niño reciente, que lloraba a moco tendido, ante la manifiesta impotencia y el gesto extraviado de un campesino de barba vieja. Con mi hijo y mi esposo necesito sobreaguar esta noche, me habló la niña. Al costo que sea. Espero que usted pueda tener la caridad de ayudarnos. Al pie del pequeño camastro -donde el recién nacido de repente cesó el berrinche- había

 

 

 

una especie de biombo que ocultaba un colchón astroso. El campesino se arrodilló hasta tocar con su frente el suelo y puso sus manos sobre la cabeza, en señal de haber desaparecido. “No nos culpe –me dijo señalándolo–, ni a él ni a mí, cada uno era para el otro lo único que le quedaba en el mundo. Fuimos de la ceca a la meca y en una de esas lo metí en este embrollo. El pobre ya ni siquiera me habla”. Debía tener más de 60 años, el vivo retrato del arrepentimiento y el desamparo. Ni siquiera tuvo el valor de mirarme. “Viejo puto”, susurré para mis adentros. El rictus de resignación de la niña la hacía patéticamente bella. No temas, le dije, impidiéndole que apagara la luz. Saqué la pierna del cordero y la botella de vino y las puse en sus manos puras. Los billetes de don Jesús los dejé sobre la mesita. Al viejo le acaricié la cabeza y al niño le piqué el ojo. Y me alejé entre sollozos en busca del hogar paterno.

 

Antes de tocar a la puerta, pues las llaves las había entregado cuando me fui detrás de la modelo de mis desvelos, quien también me habría de sacar lágrimas amargas por su inconstancia, pensé en mi hermano Jesús Antonio, quien por esa época fungía como Jesús de Kalí, quien debería andar en su túnica por los barrios de la ciudad acompañado por sus discípulos que portaban una inmensa bandera blanca con la palabra Castidad estampada en azul, en su función de asistente de moribundos y redentor de rameras.

 

Menos mal que Jesús mi padre también había traído a casa un pernil de cordero y una botella de vino, regalo condescendiente de don Jacobo Acherman, su patrono judío en la sastrería del pasaje Zamoraco, además de cancelarle la prima de Navidad. Las hermanas habían salido a cenar con sus novios. Mi hermano, en pleno período paranóico-crístico, estaría con sus doce amigos. Y esa noche me dijeron que, aunque deploraban no tanto la pérdida de la fe religiosa como mi incredulidad generalizada, lo que haría que ni en este mundo ni en el otro me hicieran caso, más aún deploraban lo que les acababa de referir por teléfono mi modelo de compañera, invitada a cenar por su esposo: que nunca trajera un centavo a casa por andar reparando en pretendidos ‘episodios providenciales de compasión’, que se me iban presentando y en los que dilapidaba lo poco que conseguía. Y que por lo tanto a ella le tocaba con mucha pena hacer lo que hacía. Claro que peor era el otro, quien ni siquiera le hacía poner bolsillos a los pantalones, tal era su repudio al billete; y así fueran ricos los que morían extremaungidos por su pulgar con oleo sagrado y querían dejarle alguna donación por allanarles el camino hacia el más allá, él nunca les recibía, y con las damiselas, por predicarles que el cuerpo no tenía precio pues era templo del Altísimo y que más bien se entregaran al Señor en busca de amparo, cada vez estaba más a punto de ganarse su garrotazo.

 

Después de un largo silencio de 12 campanadas, les conté lo que me acababa de suceder y, suspendiendo la cena y llena de unción, mi mamá, que era más bien agnóstica, se puso a rezar el Avemaría Purísima, e igual mi arrodillado papá, a quien antes le sugirió en voz baja que después de la cena quizá deberían ir en busca de esa sagrada familia a llevarle algo de la platica que don Jacobo le liquidara. Y si fuera del caso, traerlos a pasar la noche, así el aviso rezara “Sin niños”, en el cuarto de alquiler que estaba vacío. Papá sirvió las copas y dispuso del pernil a lo largo de la mesa. En ese momento llegó mi hermano Jesús con su túnica, justo para decir amén. Bendijo el vino y el cordero, que procedimos a consumir en silencio. Agnus dei qui tollis peccata mundi.

 

Contratiempo, 2000

 

 

 

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