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Pereira, Colombia - Edición: 13.395-975 Fecha: Martes 07-01-2025 |
COLUMNISTA |
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¡MATARON A GAITÁN!
Por: Jotamario Arbeláez
Estamos sentados a la mesa del comedor Jorge y Adelfa, mi papá y mi mamá, mi tío Emilio y yo que acabo de llegar del partido de fútbol en el pasaje Sardi, luego de las clases de la mañana. La abuela nos sirve arroz y fríjoles con chicharrón y carne molida. En el cuarto de la tía, donde Arnulfo está ordenando los cartuchos de la escopeta de cacería de Picuenigua, por Radio Pacífico están transmitiendo el radioperiódico. Como perdimos el partido, no tengo apetito y he corrido el plato hacia el centro de la mesa, ante lo que mi mamá me hace abrir la boca a la fuerza apretándome los carrillos y tomando por su cuenta la cuchara me la introduce hasta el gaznate. Mi pataleta no deja escuchar la radio. Arnulfo el mudo se acerca con los ojos desorbitados y señalándose la oreja para que nosotros callemos. La abuela se acerca al radio y grita: ¡Hijueputas! ¡Mataron a Gaitán!
Todos se levantan al tiempo volcando los trastos de la mesa. Jorge corre a su cuarto por la escopeta. Papá está lívido. Por la radio se dice que el pueblo se ha sublevado. A la abuela le da un soponcio. Adelfa corre a prender una veladora que coloca en el suelo, al frente del retrato de hombre del
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brazo en alto que ha
colgado papá en el corredor al lado del mono Olaya.
Con Víctor Mario Martínez y Luís Alfonso Ramírez -yo de pantalón corto- caminamos por entre la turbamulta enfurecida que del parque San Nicolás sube a la ferretería Torres y Torres donde el mismo propietario grita en la puerta de su negocio blandiendo machetes y hoces: “Liberales, ¿quieren armas? ¡Tomen armas!”, y las reparte al populacho para evitar el saqueo. Nos corresponde un yatagán con el que casi no puedo.
La turba armada se
dirige a tumbar al gobernador Oscar Colmenares y pone en su lugar a un amigo de
casa, a Jordán Mazuera. Nos devolvemos para el barrio pero en el camino vemos
que la marabunta amotinada ataca La Voz del Valle y el diario del Pacífico.
Tratamos de integrarnos, enardecidos por la ira popular que sin entender
compartimos, pero echamos a correr cuando escuchamos que allí viene el |
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ejército con severas instrucciones del coronel Rojas Pinilla de disparar a matar.
Una vez salvado su amigo, Picuenigua azuza a mi papá, quien trata
de disuadirlo, para que marchen a caza de ‘pájaros’ y chulavitas -como ya se les
dice a ciertos conservadores sectarios, por extensión de la atroz policía
política surgida de una vereda boyacense-, pero donde piensan hallarlos ya no
encuentran a nadie. Debe ser que los otros liberales han hecho lo propio con sus
amigotes azules.
Rifamos el yatagán y me toca a mí. Cuando llegó a la casa
escabulléndome de los franco-tiradores de la torre de la iglesia, mi abuela -que
ha prendido una vela bajo la lluvia- me agarra de la oreja, me quita el arma y
le pide a mi tío Emilio que la esconda en el desván oculto en lo alto de la
cocina.
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