Pereira, Colombia - Edición: 13.407-987 Fecha: Martes 28-01-2025 |
COLUMNISTA |
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Contratiempo
Por: Jotamario Arbeláez
El infierno y sus maravillas
Voy a
visitar al amigo de los días que agoniza con parsimonia en un cuarto
alquilado que da a la calle. Vive solo. Mantiene la puerta sin
seguro para que en cualquier momento puedan entrar sin tocar, ya que
le es imposible levantarse. Además, no tiene nada que le puedan
robar. La casera le trae la comida una vez al día y le administra
sus medicinas. Hablamos un rato de lo de siempre, de lo que nos tocó
en suerte, de lo realizado y de lo imposible, de los sueños
cumplidos y de los que se quedaron en el tintero. Ambos quisimos ser
escritores. Pero tal vez nos faltó estar más despiertos. No soñar
tanto. Tiene clara consciencia de que está en las últimas pero lo
consuela sentir que en esas anduvo toda la vida.
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Borges. Pienso que ya mi amigo no va a llegar hasta ese sitio y no va a echar de menos la ausencia del tomo. Lo meto bajo el brazo y salgo con él.
Una vez en mi confortable habitación de soltero preparo mi cama para leer, me pongo la piyama, enciendo el calentador y la lámpara, y al abrir el libro veo que frente a la portadilla hay una calcomanía de aspecto macabro que reza: “Maldición eterna a quien robe este libro”.
A pesar de que me
asusto en principio, me interno en sus páginas, deslumbrado por lo que narra, la
conformación de las estancias de los habitantes celestes, las costumbres entre
los ángeles, el espacio espiritual por donde pasan los muertos antes de decidir
su eterna morada, convertidos en ángeles o demonios. Me prometo no posar los
ojos sobre el tema infernal. Cuando voy a apagar la lámpara el foco se apaga
solo, se ha fundido. También yo me fundo, con el libro sobre mi pecho.
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Me dirijo a la habitación de mi amigo. Me dice que me estaba
esperando, para comunicarme que se encuentra en el mundo de los espíritus,
decidiendo si toma el camino del infierno o del cielo. “Cuídate de las
maldiciones”, agrega. “Yo estoy pagando por una. Por un robo insignificante.
Tenía la esperanza de que tú me libraras de ella. Heredándotela.”
Al salir, y ver sobre la mesita el libro de Swedenborg, vacilo
entre llevármelo o dejarlo, puesto que ya el robo no opera. Es mi herencia. Como
sigo impresionado con el mensaje de mi amigo, prefiero dejarlo.
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