Pereira, Colombia - Edición: 13.409-989 Fecha: Sábado 01-02-2025 |
COLUMNISTA |
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La suerte del feo
Por: Jotamario Arbeláez
Si la suerte de la fea la bonita la desea, nadie va a
desear la suerte del hombre feo, ahora que un reciente estudio
norteamericano concluye que los mal parecidos tienen marcadas
tendencias al delito. La razón es aún más peregrina que la
sentencia: porque tienen menos oportunidades de conseguir trabajo. Porque como la naturaleza es sabia en recursos para que ningún despintado la lleve perdida en este mundo ha repartido otras cualidades que compensan in crescendo la
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inexistente y en este caso serían tener dinero, ser inteligente o buen polvo. Tendría que disponer por lo menos de dos de estas adicionales para compensar la falta de pinta.
En uno de los pocos piropos públicos que expresaron los terroristas del idioma a una mujer —a expensas, claro, de una cicutada a otra—, en el Manifiesto bisiesto a los intelectuales colombianos, de 1960, se le susurra a la crítica de arte argentina Marta Traba: “¿Cómo puede ser a la vez tan linda y tan inteligente? Usted sabe lo feo que era Sócrates, y lo bruta que es Luz Marina Zuluaga”. En referencia a la hermosa manizalita que había accedido al trono de Miss Universo. Y al feotón filósofo griego bebedor de cicuta.
Cuando comencé mi actividad laboral en una transnacional productora de llantas —hoy reventada—, allá por el año 60, reparaban dos veces en la foto de la solicitud de empleo, y analizaban con alguna desconfianza a las mujeres bonitas, por cuanto todo podría írseles en fashion y coqueteo, y a los hombres agraciados por cuanto podrían ser maricuecas, y por ende menos productivos con el trabajo pesado.
La tía Matilde me miraba ante el espejo peinándome el copete a lo
Elvis Presley para salir de levante por los bailaderos del barrio Obrero y,
luego de regañarme tildándome de “amerengado”, sentenciaba que “el hombre, como
el oso, mientras más feo más hermoso”. Desde entonces asumí una actitud
desmañada, me puse bluyines rotos, enflaquecí más de la cuenta, me agencié una
ligera cicatriz en el pómulo, me fui dejando caer el pelo, corté con la
afeitadora, me bañé con menos frecuencia. Y, como dicen en la televisión:
¡Mejoré! |
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atributos del perfecto timador. Una tez agraciada abre, con las piernas, los bolsos y las cuentas corrientes de acaudaladas ingenuas, como lo denunció una actriz tumbada recientemente. Ergo, detrás de cada caribonito hay un tumbalocas o estafador en potencia.
Con la publicación del informe, firmado por Naci Mocan, profesor de economía del Instituto de Investigaciones de Denver, y avalado por la Universidad de Colorado, ¿qué suerte laboral espera —ahora sí— a los feos? ¿Quién les va a dar trabajo a estos potenciales malhechores, si no levantan primero para la plástica cirugía? ¿No podría la Asociación Universal de Feos elevar una demanda contra la pretendida universidad por premisa tan perniciosa?
No sólo en lo laboral. Ahora va a resultar imposible para la
gente linda estar en algún sitio tranquilo. Si ve aparecer a un malencarado, va
a pensar que viene a atracarlo; ese adefesio es un violador y aquel esperpento
un secuestrador. Pero en el mundo ya se salió de tales estereotipos y hoy los
monstruos de antaño, aquellos que provocaban pesadillas inespantables, son los
cómicos por excelencia de la pantalla chica. Hoy el ideal social es hacer parte
de la familia Monster.
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