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Pereira, Colombia - Edición: 13.422-1002 Fecha: Domingo 23-02-2025 |
COLUMNISTA |
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Contratiempo
Por: Jotamario Arbeláez
El infierno y sus maravillas
Voy a visitar al amigo de
los días que agoniza con parsimonia en un cuarto alquilado que da a
la calle. Vive solo. Mantiene la puerta sin seguro para que en
cualquier momento puedan entrar sin tocar, ya que le es imposible
levantarse. Además, no tiene nada que le puedan robar. La casera le
trae la comida una vez al día y le administra sus medicinas.
Hablamos un rato de lo de siempre, de lo que nos tocó en suerte, de
lo realizado y de lo imposible, de los sueños cumplidos y de los que
se quedaron en el tintero. Ambos quisimos ser escritores. Pero tal
vez nos faltó estar más despiertos. No soñar tanto. Tiene clara
consciencia de que está en las últimas pero lo consuela sentir que
en esas anduvo toda la vida.
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Borges. Pienso que ya mi amigo no va a llegar hasta ese sitio y no va a echar de menos la ausencia del tomo. Lo meto bajo el brazo y salgo con él.
Una vez en mi confortable habitación de soltero preparo mi cama para leer, me pongo la piyama, enciendo el calentador y la lámpara, y al abrir el libro veo que frente a la portadilla hay una calcomanía de aspecto macabro que reza: “Maldición eterna a quien robe este libro”.
A pesar de que me asusto en
principio, me interno en sus páginas, deslumbrado por lo que narra, la
conformación de las estancias de los habitantes celestes, las costumbres entre
los ángeles, el espacio espiritual por donde pasan los muertos antes de decidir
su eterna morada, convertidos en ángeles o demonios. Me prometo no posar los
ojos sobre el tema infernal. Cuando voy a apagar la lámpara el foco se apaga
solo, se ha fundido. También yo me fundo, con el libro sobre mi pecho.
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Me dirijo a la habitación de mi
amigo. Me dice que me estaba esperando, para comunicarme que se encuentra en el
mundo de los espíritus, decidiendo si toma el camino del infierno o del cielo.
“Cuídate de las maldiciones”, agrega. “Yo estoy pagando por una. Por un robo
insignificante. Tenía la esperanza de que tú me libraras de ella.
Heredándotela.”
Al salir, y ver sobre la mesita el libro de Swedenborg, vacilo entre llevármelo o dejarlo, puesto que ya el robo no opera. Es mi herencia. Como sigo impresionado con el mensaje de mi amigo, prefiero dejarlo.
Al llegar a mi confortable habitación, veo el libro sobre mi almohada. Me pongo la piyama, enciendo el calentador y la lámpara a la que he cambiado de foco, y con el libro entre las manos dudo en seguir leyéndolo. Me decido cuando al abrir la primera página veo que no existe la calcomanía con la leyenda: “Maldición eterna a quien robe este libro.” Lo leo entero durante toda la noche. Incluso la parte referida al Infierno. Dice que sólo los espíritus muy puros se deciden por él. Y dice que esa noche ha llegado uno, el más puro. Y que está esperando que lo visite.
El calentador se dispara. Siento que ardo.
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