Pereira, Colombia - Edición: 13.424-1004

Fecha: Jueves 27-02-2025

 

 COLUMNISTA

 

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Comienzos del acabose

Por: Jotamario Arbeláez

 

A estas alturas de la vida, con toda la noche por delante, no hay nada mejor que prenderse uno de esas páginas de borradores regadas por los cajones, para hacer la evocación de lo que cree que fue uno y de lo que hizo que no fue tan poco como lo refieren los críticos pero que se hizo con toda la pasión de quienes llamaríamos “enviados” o “autoelegidos”.

Mi primera relación verdadera con la poesía se operó el día en que el profeta Gonzalo Arango, recién llegado a Cali a corromper a la juventud predicándole el nadaísmo en 1959, procedió a romperme uno a uno los poemas que había confeccionado de los 15 a los 18 años, siguiendo los nutrientes de la poesía convencional en boga: Silva, Barba, Valencia, Carranza, en lo nacional, y Bécquer, Geraldy, Leopardi, Nervo, Santos Chocano y Bernárdez, en lo universal. Era por tanto la mía una poesía primeriza y almibarada, apenas levemente tocada por el avizoramiento siniestro de Lautréamont, Baudelaire, Verlaine y Rimbaud. En realidad, a pesar de tener la sensibilidad del poeta, no

 

 

 

había ingresado a ese nuevo mundo que nos descubrieron los monstruos.

 

Me dejé romper la obra completa que para lo único que me había servido hasta ese momento era para romper rabos, pues comencé a escribir poemas a raíz de unas calabazas que me diera Gloria Sánchez, una chica muy linda de un barrio marginal donde iba a visitarla todas las noches en bicicleta, y tuvimos la ilusión durante varios meses de ser novios hasta que un compañero me preguntó si me le había declarado y le dije que claro que no, entonces cómo pueden ser novios si no han oficializado, por lo cual organicé mis palabras para manifestarle mi amor, que sería punto menos que eterno, pues era la mujer más bella y más pura que habían tocado mis ojos, si a partir de ese momento me daba el sí, y naturalmente me dijo no, pues según me comentó más tarde, la sola mención de la palabra eternidad le hacía doler la cabeza.

Por poco me tiro esa noche con todo y bicicleta al paso del tren. No era posible que una mujer rechazara a semejante hombre como entonces yo era, inteligente y pinta y buen billarista y buen bailarín. Un poeta joven y según trazas muy interesado por esa escuela del demonio, como consideraba por entonces la beatería las pistas de baile. Camaján por añadidura. ¿Sabe usted lo que era un camaján de la época? Era un bailarín arrebatado de la música mexicana y caribeña de los años cincuenta. Su atuendo consistía de pantalones de gabardina de

 

 

 

 

bota angostísima con doblés estilo tarro y chaqueta de paño por lo general de cuadros con solapas anchas —como ancha era la pretina del pantalón por encima de la correa bien angosta— y cuyos bordes daban hasta cuatro dedos más abajo del largo de la mano. Zapatos combinados y con puntera punteada, más una rodaja extra de suela en los tacones por aquello de la estatura. El cabello, que formaba una bomba sobre la frente llamada “mota”, se apretaba con gomina en los parietales y se entrecruzaba en la perpendicular del occipital. Al caminar, oscilaba sus brazos por detrás del cuerpo y las puntas de los zapatos apuntaban hacia los lados. Su ídolo era Daniel Santos, quien en Cali tuvo un sosías, el cantante Tito Cortés, introductor de la yerba en el tablado de los artistas del ritmo. El camaján, también llamado “pachuco”, era el preferido como chulo por las prostitutas de postín. Cada vez que se encontraba con alguien lo primero que expresaba era “uy, hermano”, oración heredada de los tristes cómicos mexicanos Resortes y Clavillazo, que marcaban la tónica gracias a los Laboratorios Churubusco Azteca. Su jerga impuso la palabra “legal” como sinónimo de bueno, disfrutable, agradable. De allí armé en un arrebato iluminado esa frase famosa que me condujo a la publicidad hasta jubilarme: “¿Qué necesidad hay de legalizar la marihuana, si la marihuana es ‘legal’?”, utilizada después por Ernesto Samper para su campaña hacia la presidencia de la república, que se le andaba trabando.

Bogotá, febrero 26-20

 

 

 

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