Pereira, Colombia - Edición: 13.424-1004 Fecha: Jueves 27-02-2025 |
COLUMNISTA |
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Comienzos del acabose
Por: Jotamario Arbeláez
A estas
alturas de la vida, con toda la noche por delante, no hay nada mejor
que prenderse uno de esas páginas de borradores regadas por los
cajones, para hacer la evocación de lo que cree que fue uno y de lo
que hizo que no fue tan poco como lo refieren los críticos pero que
se hizo con toda la pasión de quienes llamaríamos “enviados” o “autoelegidos”.
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había ingresado a ese nuevo mundo que nos descubrieron los monstruos.
Me dejé romper la
obra completa que para lo único que me había servido hasta ese momento era para
romper rabos, pues comencé a escribir poemas a raíz de unas calabazas que me
diera Gloria Sánchez, una chica muy linda de un barrio marginal donde iba a
visitarla todas las noches en bicicleta, y tuvimos la ilusión durante varios
meses de ser novios hasta que un compañero me preguntó si me le había declarado
y le dije que claro que no, entonces cómo pueden ser novios si no han
oficializado, por lo cual organicé mis palabras para manifestarle mi amor, que
sería punto menos que eterno, pues era la mujer más bella y más pura que habían
tocado mis ojos, si a partir de ese momento me daba el sí, y naturalmente me
dijo no, pues según me comentó más tarde, la sola mención de la palabra
eternidad le hacía doler la cabeza.
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bota angostísima con
doblés estilo tarro y chaqueta de paño por lo general de cuadros con solapas
anchas —como ancha era la pretina del pantalón por encima de la correa bien
angosta— y cuyos bordes daban hasta cuatro dedos más abajo del largo de la mano.
Zapatos combinados y con puntera punteada, más una rodaja extra de suela en los
tacones por aquello de la estatura. El cabello, que formaba una bomba sobre la
frente llamada “mota”, se apretaba con gomina en los parietales y se
entrecruzaba en la perpendicular del occipital. Al caminar, oscilaba sus brazos
por detrás del cuerpo y las puntas de los zapatos apuntaban hacia los lados. Su
ídolo era Daniel Santos, quien en Cali tuvo un sosías, el cantante Tito Cortés,
introductor de la yerba en el tablado de los artistas del ritmo. El camaján,
también llamado “pachuco”, era el preferido como chulo por las prostitutas de
postín. Cada vez que se encontraba con alguien lo primero que expresaba era “uy,
hermano”, oración heredada de los tristes cómicos mexicanos Resortes y
Clavillazo, que marcaban la tónica gracias a los Laboratorios Churubusco Azteca.
Su jerga impuso la palabra “legal” como sinónimo de bueno, disfrutable,
agradable. De allí armé en un arrebato iluminado esa frase famosa que me condujo
a la publicidad hasta jubilarme: “¿Qué necesidad hay de legalizar la marihuana,
si la marihuana es ‘legal’?”, utilizada después por Ernesto Samper para su
campaña hacia la presidencia de la república, que se le andaba trabando.
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