Pereira, Colombia - Edición: 13.427-1007 Fecha: Martes 04-03-2025 |
COLUMNISTA |
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Brazos de Reina I
Por: Jotamario Arbeláez
He contemplado tanto la belleza
1)
1995. Noviembre 9
Hace diez años un alud de lodo procedente de un volcán derretido sepultó a Armero con todos sus laboriosos habitantes y numerosos animales. Algunos de los sobrevivientes de esta tragedia aún no tienen dónde reclinar la cabeza. Lo siento por ellos. No puede haber algo más triste que ver desaparecer un pueblo de la faz de la tierra bajo la misma tierra. Pero si se deja un resquicio para la alegría, celebremos que exista en nuestro país la ciudad más bella del mundo, Cartagena de Indias, y que a sus 30 grados de calor a la sombra estén reunidas las 20 mujeres más apetecibles de la geografía nacional en busca de un cetro. Porque si en Colombia ha fracasado la democracia, desde hace muchos años que marcha viento en popa la monarquía.
Se supone que soy un intelectual puro, y los intelectuales no tienen que ver con el sol ni con las pieles bronceadas. Un escritor contestatario con gorra de capitán en un yate rumbo a las islas del Rosario al amanecer, repugna al espíritu. La función del intelectual debe ser -se dice- denunciar, hasta que le tapen la boca, los oprobios contra los infelices condenados de la tierra. ¡Cómo no! A ese paso vamos a terminar más bizcos que Sartre y sin Nobel qué rechazar. Al escritor público nunca le ha hecho caso el Gobierno. Por más que le cante la tabla acompañado por el clavicémbalo de Puyana. Mandemos entonces al poeta a freír espárragos, bien freídos en Cartagena.
Un poeta, y por lo demás recién premiado por Colcultura entre más de 300 poetas contrincantes y con trinchantes, ¿accediendo a la superficialidad de cubrir un reinado todo vaselina y cosmético? ¿Habrase visto impudor más grande con el lenguaje de Castilla y Sor Juana Inés? Así truenan mis críticos derrocados, dándose golpes de pecho con una piedra... Serían capaces de acusarme de liviandad mental y oportunismo social crónico ante el Tribunal de las Musas, si no vieran que ya es un hecho que me encuentro en las playas de Bolívar con un scotch, un libro de Deleuze acerca del Antiedipo bajo el sobaco, y saludando de beso a esta gentil Afrodita emergiendo de entre las olas de la playa del Hilton que es María Fernanda Villamarín Samur, la reina anfitriona.
En estas cosas tan pulcras y exigentes de la poesía, alguien tiene que hacer el trabajo
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sucio. Perrito
faldero entre reinas, no se demerita el poeta por roer una pantorrilla. Es bueno
que el sol que sale sobre justos y pecadores también le tueste las espaldas,
bien masajeadas de antemano. Harto de muertes y desastres, como todos los
colombianos, traslada al mar sus restos dotados de una firme animación cavernosa
en busca de la oquedad soñada, para ensayar la tecla con la belleza. Al fin y al
cabo la belleza es la materia prima del arte, de la mujer y de la poesía y el
caballito de batalla del erotismo. No mira un hombre una mujer bella sin pecar
en su corazón. Y aquí encuentro la posibilidad de revolucionar los sentidos,
como pedía Rimbaud, mirando en 20 sentidos diferentes las galas de la especie en
traje de mar.
Las mujeres son sólo ojos para percibir la mínima cicatriz de una liposucción a la que
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elevan a la categoría de clandestina cesárea, o el morado en una pierna que puede ser generado por el choque contra la pata bien torneada de una mesa mal colocada, o los tres puntos imperceptibles del respingue de una nariz, o la mancha de ozono en la melanina de Miss cabello más bello. Admiten que nunca han visto cola más paradita pero que está soportada en par de silbidos llamando a Pluto. Y cuando se levantan de la sala de su criticadera, queda sobre la poltrona el sumido de su tonelada de banalidad con lentejuelas.
Los hombres, en cambio, es más lo que ponderan que lo que censuran. Tienen prefijado un prototipo onírico de busto, de cola o de cabellera, y plantan en la candidata que rellene esos atributos. Eso si, de dientes para afuera, y en sus reuniones de machos proclaman la ridiculez del evento, y le echan la culpa de la hipnosis colectiva en que se convierte este certamen que proviene del juicio de París cuando tuvo el mal tino de premiar el palo de a Afrodita, a los medios de comunicación masivos que pretenden embadurnarnos de afeites, e implantarnos un reloj de marca para vivir más tiempo. Pero en la intimidad de su corazón los hombres son los que más gozan con esta farsa. Mirando a la derecha de su cama lo que les ha tocado en suerte, no les queda más que soñar con esa fémina ideal que fabrican los maquilladores y las luces artificiales de la televisión en colores. Además, como en el fútbol, hay el sentimiento de la región, la guerra del federalismo que heredamos de Santander.
El portero del hotel
a quien le presté ayer el libro de Cioran no vino a trabajar hoy.
4) 1995.
Noviembre 12
Los mamagallistas insignes se quedaron sin credencial. Así como el poeta Junior Fajardo escribía (en sus tiempos) Del Presidente no se burla nadie, el nuevo amo del Reinado, ño Raimundo para todo el mundo, decidió que de las reinitas no se mofa ningún meta humorista utópico. Si supo poner a raya a los narcos, con mayor razón a los anarcos de Chapinero. Karl Troller, Santiago Moure, Martín de Francisco, Rafael Noguera y Alberto Velilla no clasificaron, pues, para el gran baile de coronación. Todo esto es una conspiración, declaran los integrantes de La Tele, quienes se sienten vulnerados en sus derechos fundamentales, el principal de los cuales es el de disentir, con humor un tanto pesado, de las reglas del juego. Trataremos de comportarnos.
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