Mis cuatro elementos

Por: Jotamario Arbeláez
A Claudia Jaramillo,
mi más bello elemento.
Después
de pasar 33 días postrado en una clínica bogotana y en el cuarto de
huéspedes de mi hija, a consecuencia de un ataque de pancreatitis
aguda causada seguramente por la ingesta del vino que me inspira
este tipo de frases, que obligó a una urgente cirugía de la vesícula
puesto que era la que envenenaba al otro órgano, retorno a mi
Montaña mágica, casa que me cayó del cielo en Villa de Leyva, que es
otro cielo, con mi biblioteca borgiana que es otro, si cabe, la
pinacoteca que trepa por las paredes, la musicoteca rocanrolera, más
mis dos perros Dina y Monje que laten noche tras noche a la luna en
menguante o creciente, nueva o llena, facilitando mi sueño.

Regreso
conducido por mi mujer, que no solo maneja briosa la camioneta, las
finanzas con su fineza, la escoba que barre por parejo piso, paredes
y techo, cada objeto sagrado, reliquioso o popartístico que se mueve
en la estancia porque aquí hasta lo inanimado tiene alma, el fluir
de la vida en las matas que crecen y las horas precisas de mi
pastillaje, pues contra todo enemigo malo de la salud tengo el
preventivo. Si no fuera por ella dónde estaría, como me pregunto
cada vez que salgo de viaje.
El éter no
Pues bien, aquí estoy, dispuesto a retomar posesión de esos cuatro
elementos de los que están constituidos el mundo de afuera y este de
adentro, en la hectárea cuadrada reforzada por tanto cedro y
corpúsculo vegetal gigantesco que todavía no sé nombrar. No soy
Humbold. Elementos que
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desde Platón y
Aristóteles nos vienen llenando el espacio sensible: tierra, aire, agua y fuego.
Y pare de nombrar, porque el éter, que en principio hacía parte del complejo,
aquello inmaterial que rodea la tierra, alma de todo lo que es según los
filósofos, la quintaesencia, fue desbancado por la teoría general de la
relatividad einsteniana. Y de paso perdieron los dioses mitológicos su sustento
respiratorio. Pero bueno, mis cuatro elementos son suficiente para besar la vida
por los cuatro costados.
Tierra
Lo primero que hago es pisar la tierra de la que brotan tantas hojas de hierba
que exceden a las de Whitman, salpicadas por esos dientes de león que tanto me
exaltan. Esta tierra tan buena que pondría fin a nuestra pena –como cantara el
vecino–, si la tuviéramos. Pasa que de tanto cantarle a la muerte desde que
llegué a este paraíso se me ha hecho que soy un habitante del cielo. El tema se
me impuso en vista de que nunca lo había tocado, como sí lo habían hecho otros
compañeros de mesa, tales Gonzalo Arango con su cuento Muerte no seas mujer,
Jaime Jaramillo Escobar con sus Coplas de la muerte y Jaime Espinel con su libro
Esta y mis otras muertes. Hoy cada uno en su respectivo sarcófago. Si no fuera
por la tierra por dónde echaría a caminar la vida.
Cada tema con su loco
Y lo bueno fue que la pelona se espabiló. Revisando lo que he escrito en los
últimos seis o siete años encuentro casi cien textos de coqueteos deletéreos
que, en virtud de la falsa muerte que me aplicaron por error los medios
comunicantes, seguramente punzados por la huesuda para hacerse sentir sin
exagerar, ahora el editor de Planeta Diego Garzón quiere que los saquemos a
flote. Nadie sabe para quién trabaja, ni siquiera la muerte, con la que sigo de
migas. Uña y mugre nos hemos vuelto. Yo soy la mugre. Acepto que de vueltas por
la casa, en tanto no se pase de lista.
Aire
Alzo los ojos con todo y nariz al cielo para recibir el aire que se cuela por
mis pulmones a cada respiración reiterada. Es un aire mucho más holgado que el
de la ciudad de donde regreso. Es un aire que huele a nada, que es lo único puro
porque hasta los perfumes están viciados. Siento no sólo el nitrógeno y el
oxígeno, sino el dióxido de carbono, el neón y el helio que me refrescan |
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el aparato. Aspiro
repetido hasta lo más profundo que alcanzo, ensayando a la vez la aspiración
abdominal, la torácica y la clavicular que me enseñó en la clínica una de las
enfermeras yoguis y siento como si una iluminación oriental me alcanzara, casi
un satori. Habría que reconocer que el aire es el aliento de vida insuflado en
el Génesis.
Agua
Una vez vuelto a tierra abro las llaves de los aspersores para bañarla después
de rociar el aire, veo que mi mujer esgrime la manguera para darle brillo a
nuestro infatigable batimovil, agua discurrida de las lagunas sagradas, y me
sumerjo en la tina donde abro al tiempo los grifos de agua caliente y perfumada,
y enjabono mi anguila todavía plena de voltios. De la pequeña biblioteca que la
circunda tomo el tomo de exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica,
El río, de Wade Davis, traducido por Nicolás Suescún, otro amigo que se llevó la
barca que no regresa. Y leo hasta sentir que soy devorado por las pirañas. Salgo
a cerrar los aspersores y en ese momento se desploma la nubamenta en una
borrasca tronada que irriga cada una de las hojas de los árboles milenarios y
filtra una goterita imprevista sobre mi cabeza en el escritorio. Es la lluvia
que estrena el clemente invierno, que bien se estaba necesitando, puntúa madame
entrando los perros. La fuente de la vida es el agua.

Fuego
Al llegar la noche en puntillas lleno la chimenea de troncos fornidos y ramas
menudas. Y auxiliado por un periódico viejo les prendo fuego con un fosforito de
palo. Disfruto del alegre chisporroteo y de las llamas que se empinan y me
imagino el humo que sale a esparcirse en el aguacero. Del sol a la chimenea
extraemos calor y luz. En el fuego se cocinan los alimentos que nos mantienen
con vida. Apagamos la luz eléctrica. Como no queda más qué hacer, y a escondidas
de la muerte que debe estar en el baño, mi mujer y yo nos damos un beso.
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