Pereira, Colombia - Edición: 13.433-1013

Fecha: Martes 11-03-2025

 

 COLUMNISTA

 

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Declaración de encoñamiento

Por: Jotamario Arbeláez

 

Mi mujer no está. Es una modelillo de Bellas Artes que me ha abierto posada mientras la bese y le lea, en mi torpe francés, a los poetas malditos, en especial al bretón Corbière. “Murió mirándose vivir, y por no saber acabar, vivió dejándose morir”. La levanté en una mesa farandulera componiéndole la canción Ámame o bájate, que me interpretaron Los Ámpex y grabaron en Medellín, en Codiscos, cuando Eduardo Escobar me acogiera en su casa de recién casado.

En la pared que da al sanitario hay un cuadro del pintor Kat, su esposo, también de 20 como ella y yo, que la estampa sobre la tela en decúbito prono azul con la zanja generosamente dispuesta. Me la presta y admite que no me le despegue, pero él tampoco se nos despega, obsequioso. Se me hace que al personaje le hace falta un tornillo, sobre todo cuando a medianoche desde el apartamento contiguo viene y nos toca la puerta con una corona de velas prendidas en busca de un bastidor.

Ella es menuda, rubia, coqueta, con un tic nervioso bajo la ropa, usa gafas para disimular un ojito bizco, tiene pecas y un lunar
de sangre debajo de la mama derecha, que le chupo como un chinche mientras dormimos. Ya metí un par de calzoncillos y de medias en su ropero. Vaselina en su mesa de noche. Y mi loción Old Spice en su gabinete.

 

 

 

Nos reflejamos imponentes en los ojos profundos del uno al otro, perdonándonos las ojeras. Ella me masajea la espalda con los senos erguidos y me sube el periódico. Yo le corto las uñas de los pies y le pulo los talones con piedra pómez.

Un domingo subió de la calle muerta de la risa con el periódico donde un indignado lector me tildaba de poetastro. No te rías tanto, le dije, que me podría dar un infarto. Y me empeñé vanamente en convencerla con el mediocre calambur de que algún día sería un astro entre los poetas.

 

Mientras ella se baña escucho la banda sonora de Zorba el griego. Pego en un álbum los recortes de los periódicos. Y ojeo tarjetas postales del Océano Índico. A esta mujer sí no me la pierdo ni la voy a perder con nadie, así me toque amarrarla a la pata de la cama. Aunque cuántas se han ido con todo y cama. La quiero para hacer el amor, y la quiero para hacerle el amor al amor hasta que se acabe. Esta mujer es mía así sea del otro mundo. Con múltiples poemas honraré sus orgasmos múltiples. Es mi segunda oportunidad. Después de la primera, todas las mujeres son la segunda.

 

Le confié que desconfiaba del cáliz femenino, de la rosa entreabierta, por una precoz sorpresa venérea que me dejó viendo un chispero. Me tranquilizó dando un giro de ciento ochenta grados, que convirtió nuestro agudo romance en algo todavía más profundo. ¡Mi reino por la redondez de estas nalgas!

 

Aún así, vino a manifestarse el otro problema higiénico de las relaciones que es la preñez, pero para eso se parieron las comadronas.

 

 

 

 

Me tapé los ojos, la nariz y la boca, y el necrosado se perdió por la alcantarilla.

 

Ya tengo el proyecto del poema que nos va a hacer inmortales, con perdón de los golosos gusanos: para empezar, simularé que está muerta, que falleció en mis brazos por una sobredosis de sexo extremo, que incapaz con la vida sin ella me propuse buscarla hasta el fin del mundo y del otro mundo, que guiado por un maestro de literatura portátil, como bien podría ser mi amigo el Monje Loco descendería a los círculos infernales, purgatoriales y celestiales hasta encontrarla y lograr el permiso de Nuestra Señora de retrotraerla a mi cuarto, donde nos dedicaríamos a la continencia y a las obras piadosas. Tal vez el argumento no fuera muy original, pero yo sabría adobarlo con mi estilachuda terminología vanguardista, y lograr colocarlo en una editorial especializada en lo trascendente.

 

Jotamario y Marlén Campo. Cali 1965.
Foto: Efraín LLano Largo.

 

En fin. Por encima de todo, por encima de las nubes y de las lunas versátiles, del Sputnik y del Thor Able, estamos mi máquina de escribir y yo, vigilantes, mientras nos duren los bosques.

 

 

 

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