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Pereira, Colombia - Edición: 13.393-973 Fecha: Sábado 04-01-2025 |
COLUMNISTA |
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Amante latino del español
Por: Jotamario Arbeláez
Poeta nadaísta
No
recuerdo haber pasado un día de mi vida, desde que aprendí a leer y
escribir, en que no haya leído y escrito así sea una página. Como mi
abuela analfabeta me pagaba un centavo por cada hoja que le leyera
antes de dormirnos, me aprovisioné de los libros más copiosos de la
literatura, como Los miserables, de Víctor Hugo, Cumbres Borrascosas
de Emily Bronte y la saga de Alejandro Dumas, con lo que obtuve para
comprar esclava de plata y patines con freno. Pero cuando le hube
leído todos los libros, me tocó hacer la pantomima de que le leía
unas historias interminables de un tomo en blanco de los que papá
utilizaba en la sastrería para apuntar las medidas. Cuentos chimbos
de mi invención que la pobre viejecita me pagaba munífica. Y después
me tocó escribirlos, en el mismo cuaderno, para volverlos a leer, ya
en familia, ante los elocuentes comentarios acerca del escritor
fantasma por parte de la timada sexagenaria. |
Por eso nunca tuve el terror de la página en blanco, que ataca a tantos escritores, en especial de los medios de comunicación, que son los que tienen el compromiso de parir a una hora fija. Todo lo que uno ha leído vuelve a salir con otras palabras hacia otros ojos, como todo lo que uno vive ya lo vivieron en la ficción otros personajes.
Cuando comencé a
hacer frases celebres expresé que no practicaba la literatura como un oficio
sino como un ocio, no para sobrevivir a todo sino sobre todo para vivir, para
divertirme, para jugar. No se si las vueltas de la vida o los giros de la
literatura me han cobrado la paradoja. Ahora debo permanecer sentado tecleando
para pagar el agua y el pan y los boletos del circo y las zanahorias para el
conejo. Cuando a uno no le pagaban nada por escribir y escribía con toda
irresponsabilidad lo que le daba la gana ¡qué divertido era!, aunque a veces
corriera el riesgo de ir a parar a la cárcel. Porque tiempos hubo en que las
palabras mal combinadas para el régimen gubernamental, académico o religioso,
nos hacían reos de terrorismo verbal y objeto de consejo verbal de guerra. |
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iglesia para reivindicar la verdadera imagen de Cristo. Que no es la rubicunda del Corazón de Jesús, sino la que he recibido en forma de cristal en mi corazón.
Yo quiero tener un millón de libros, cantaba parafraseando a Roberto Carlos. Y por mi abuela que los tendría, si no fuera por todos los que me robaron. Pero no me hago mala sangre. Yo también me robé unos cuantos, y cuando tuve dinero me devolví a pagarlos a las librerías afectadas. Algunas no me lo recibieron, por darle mayor crédito a mi inmerecida fama de mitómano.
Ya no escribo contra Dios ni contra el tirano. Ni en loor del
bandido, del eterómano o del erotómano. Me contento con mirarme mover las manos
por sobre las teclas ya borrosas de mi escritorio, errantes por el silencio. Mis
manos transparentes de tocar todo lo que tenían que tocar, menos música.
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