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tenemos ahí. Los
estudios dicen que hay poco y de difícil extracción, pero la voracidad lleva a
aguas profundas", advierte Terrazas.
Esta "voracidad" ya ha tenido consecuencias devastadoras. En 1979, la
perforación del Ixtoc-I, en la Sonda de Campeche, provocó un derrame de 560
millones de litros de crudo durante 280 días. En 2010, una explosión en la
plataforma Deepwater Horizon liberó 4.9 millones de barriles de petróleo. "Y no
aprendimos", lamenta Terrazas, recordando que si bien se impusieron multas, "los
efectos se quedan en el Golfo de México por décadas. Se ha dañado la
reproducción de los delfines en el Golfo de México después del derrame de
Deepwater Horizon, y son temas que no estamos contando".
Respecto al incremento de incidentes mientras se va más profundo, Mariana Reyna
detalla que existe un goteo constante. "Ese derrame continuo lo tienen todas las
plataformas petroleras debido a las imperfecciones en el sellado de las
perforaciones”. Estos incidentes, además de la pérdida de vidas humanas, como en
el caso del Deepwater Horizon (11 muertes y 17 lesionados), "destrozan las
economías locales y limitan el desarrollo de las comunidades costeras del Golfo
de México", agrega Terrazas.

Al futuro de riesgos crecientes lo acompaña el declive del modelo de extracción
petrolera en el Golfo de México. Oceana precisa que, en 2008, los ingresos
petroleros representaban el 44.3% de las finanzas públicas de México; en 2020,
sus aportaciones a las arcas del Estado eran de solo el 11.4%. Entre 2018 y
2021, la producción de los 10 principales campos petroleros también disminuyó.
Un día antes de que Oceana presentara dicho informe, se cumplieron 87 años de la
expropiación petrolera en México. “Hace 87 años fue relevante para el
crecimiento económico del país, no necesariamente para el desarrollo”. Ante el
agotamiento de los yacimientos en aguas someras, la mirada de la industria se
dirige hacia las profundidades, “donde hay muchísimo sin explorar y no sabemos
qué vamos a matar con cada derrame”.
Terrazas recordó que Pemex no cuenta con la capacidad técnica, la
infraestructura ni los recursos para llevar a cabo esta exploración por sí solo.
Tras la reforma energética del presidente Enrique Peña Nieto, el Golfo de México
se abrió a la inversión privada, otorgando la capacidad de explotar las
profundidades. De los 28 contratos asignados en rondas petroleras para campos de
aguas profundas, 19 continuaban vigentes a febrero de 2025. El de campo Trion
está en fase de desarrollo y tres más permanecen en exploración. Los 15
restantes están "en proceso de terminación anticipada (total o parcial)", y
nueve contratos ya han sido cancelados porque las empresas no encontraron
recursos en los pozos exploratorios o porque su explotación no resulta
financieramente viable.
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"La forma en que se ha presentado la información
sobre el Golfo de México es que es abundante en petróleo y no en
vida", condena Renata Terrazas, directora ejecutiva de Oceana en
México. Reducir este mar a un depósito e ignorar su riqueza
biológica no es inocente: protege los intereses de las empresas
petroleras. "Se ha creado esa imagen social de que es un gran
desierto, cuando no lo es. El Golfo de México se mide por barriles
de petróleo, es terrible lo que hemos hecho ahí".
Ante esta situación, Oceana, la mayor organización internacional
dedicada a la conservación de los océanos, propone blindar las aguas
profundas del Golfo de México de la exploración y explotación
petrolera a través de una Zona de Salvaguarda. Su argumento es
claro: ir más profundo implica mayores riesgos para la vida marina y
para las comunidades costeras. Según un análisis de incidentes en
plataformas petroleras, citado por el informe de Oceana, la
evidencia estadística indica que por cada 30 metros de profundidad,
aumenta un 8.5% la probabilidad de un incidente.
Un lugar único para la vida
La iniciativa de científicas y ambientalistas plantea prohibir la
actividad extractiva en 346,000 kilómetros cuadrados de aguas
profundas, lo que equivale al 46% de la Zona Económica Exclusiva de
México en la región. La apuesta propone repensar cuál es la riqueza
de este mar.
El Golfo de México es un importante regulador del clima y para que
funcione como tal, se debe cuidar su salud. Es foco de
biodiversidad. Alberga 15,419 especies de vertebrados,
invertebrados, bacterias, virus y algas, de las cuales, 1,511 son
endémicas, es decir, no existen en ningún otro lugar. Es hogar de 28
especies de cetáceos y cuatro de las ocho especies de tortugas
marinas conocidas. "En un futuro encontraremos millones de especies
más", aventura Mariana Reyna, coordinadora de Ciencia de Oceana,
subrayando que apenas "conocemos el 5% de nuestros
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mares".

El golfo tiene arrecifes de coral, ecosistemas que cubren menos del 0.1% de los
océanos pero que sostienen una de cada cuatro especies marinas. También posee
pastos marinos, fundamentales para la reproducción de especies comerciales como
la langosta.
“Es un gran ecosistema marítimo, está conectado por sus corrientes marinas que
llevan vida desde las playas hasta las profundidades del Golfo de México, que
alcanza casi los 4,500 metros de profundidad”, dice Reyna. Ahí las condiciones
de alta presión y bajas temperaturas crean mundos extremos. Cerca de estos
sitios, donde la luz del sol apenas penetra, navega un gigante gentil: el
cachalote (Physeter macrocephalus), que puede sumergirse a más de 3,000 metros.
Su presencia indica la salud de los ecosistemas profundos.
Un amenaza insostenible

"Los pozos de aguas someras en el Golfo de México están por extinguirse. Creemos
que debemos ir por más, ir por más aguas profundas, aún sin saber qué tanto
petróleo
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